martedì 20 novembre 2012

ORAR POR LOS... NICODEMUS: "Es un bien que les hago a mis sacerdotes el señalarles lo que me hiere, lo que me punza, lo que lastima la finura y delicadeza y ternura de mi Corazón".




"A MIS SACERDOTES" De Concepción Cabrera de Armida. CAPITULO XXXI: Respeto humano.

MENSAJES DE NUESTRO SEÑOR
JESUCRISTO PARA SUS PREDILECTOS.

(“A mis Sacerdotes” de Concepción Cabrera de Armida)

XXXI
                                                                                                                

RESPETO HUMANO

“Muy común es el respeto humano en algunos de mis sacerdotes; respeto humano que mancha la pureza de intención que deben tener todos sus actos.

Este gran defecto, les impide mucho fruto en el desempeño de su misión en la tierra: viene generalmente de la soberbia y del burlarse a si mismos y no a Mí en todas las cosas. Y cuando el respeto humano mueve al sacerdote, todo se va al traste en el sentido espiritual, porque ese vicio empaña y mancha la pureza de sus acciones, las cuales deben ser siempre sencillas y llanas, todas de caridad sin móviles mundanos.

No solo es el respeto humano defecto que opaca las obras de celo en los sacerdotes, sino que también mancha y se infiltra hasta lo más hondo de alma hasta llevarla al pecado. Es un vicio de cobardía en mi servicio, de cierta dolorosa vergüenza de pertenecerme, que quita la libertad con que todos los sacerdotes deben defender mi causa ante pobres y ricos, magnates o plebeyos, y ante el mundo entero.

Y si este odioso respeto humano en mis fieles me lastima, ¡cuánto más en el corazón cobarde de algunos sacerdotes que llegan a avergonzarse de pertenecerme ante los mundanos y los grandes de la tierra! Esto existe por desgracia en corazones ruines, apocados que nadan entre dos aguas, que quieren servir a dos señores, que quisieran combinar las máximas del Evangelio con las doctrinas del mundo, que les falta valor para confesar a la faz del cielo y de la tierra mi Nombre bendito.

En ninguna circunstancia de la vida del sacerdote debe renunciar a serlo, retando al vicio y ensalzando la virtud; en ninguna ocasión debe darle la razón a lo malo, a lo injusto, a lo pecaminoso, a lo no recto, venga de quien viniere; sino que la rectitud debe llevarlo siempre a defender mi doctrina. El papel de Nicodemus no, no es del sacerdote fiel que debe gloriarse ante todas las miradas humanas de serlo y honrarse en pertenecerme.

A veces flaquean algunos en circunstancias especiales, por no malquistarse, por respetos sociales, por conveniencias propias, por contemporizar con ciertas personas y criterios no rectos; y esto de ninguna manera –él, menos que nadie-, debe hacerlo el sacerdote que me representa.

Y digo esto, porque los hay, y me lastiman; porque desgraciadamente el mundo también se infiltra en el corazón del sacerdote; porque el valor del apóstol, de discípulo fiel y aun de mártir suele faltar a muchos.
Estos puntos dolorosos e íntimos que parecen nada, contristan mi Corazón de amor, su delicadeza y ternura; y mi pasión en muchos de sus pasos se renueva moralmente en las fibras de mi alma, y me veo azotado, ultrajado, escarnecido, abandonado de los míos, indefenso, expuesto a burlas, traicionado y pospuesto, como entonces, a Barrabás.

Parece poco una falta de respeto humano en mis sacerdotes, y no lo es; porque lastima mi honra y mi doctrina y la santidad de mi Iglesia, invulnerable en sus principios, inconmovible en su moral y en su verdad. Y si a los míos les falta valor para sostenerla y defenderla aun con su propia sangre y vida ¿qué espero de los demás?

No quiero cobardías en mi servicio; no componendas imposibles entre el mundo y el Evangelio.
Con pretextos de prudencia se cometen en este punto muchas faltas y errores que traen dolorosas consecuencias a mi Corazón. Un sacerdote, más que nadie, debe estar firmísimo en su fe e impartirla y comunicarla hasta el heroísmo.

******

Sin duda que muchas de estas cosas las saben ya mis sacerdotes: pero, ¿qué no tengo Yo derecho a recordarles sus deberes, a impulsarlos a su práctica, a ahondar en sus procederes, a quejarme en su corazón de mis espinas, a pedirles el remedio?

Es un bien que les hago a mis sacerdotes el señalarles lo que me hiere, lo que me punza, lo que lastima la finura y delicadeza y ternura de mi Corazón.

Quiero conmoverlos; quiero su perfección y santificación; y en todas mis acciones llevo siempre un fin de caridad; porque Yo no me puedo mover sin derramar perdones, luz, misericordias; y es un favor extensivo a otros el que hago al desahogar mi pecho en su alma.”


Lilium candidum sanctae Trinitatis
ora pro nobis

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