venerdì 21 giugno 2013

Hay tres categorías de sacerdotes.


Confidencias de Jesús a un Sacerdote





Mons. Ottavio Michelini
20 de Octubre de 1975 

SACERDOTES   SANTOS 
Hijo mío, escribe.
Hay tres categorías de sacerdotes.

Hay sacerdotes santos. Sacerdotes buenos, verdaderamente buenos que viven, en unión Conmigo, la Vida mía divina.
Están iluminados por la Sabiduría, guiados en sus fatigas pastorales por el Espiritu Santo. Siguen mis enseñanzas comunicadas a ellos por mi Vicario en la tierra, el Papa.
Están animados y vivificados por el amor que es fuego que purifica, que ilumina y calienta, que los transforma y los une a Mí como Yo estoy unido al Padre.
Cumplen con diligencia su ministerio sacerdotal, trayendo las almas a Mí con la oración, con el ofrecimiento y con el sufrimiento.
San queridos de mi Corazón misericordioso y de mi Madre y vuestra también; son objeto de mi predilección. La humildad que los anima ha atraído sobre ellas la mirada misericordiosa mía, Verbo de Dios, del Padre y del Espíritu Santo.
Por ellos, por su piedad, se les han evitado muchos padecimientos a los hombres; han asegurado mi protección. Les espera un lugar y una corona en el Paraíso.

Sacerdotes  desviados 
La segunda categoría es la de los desviados, de los desorientados.
Son los que toman a pecho mucho más las cosas del mundo, que no las  de Dios.  Y son tantos, hijo mío.
Tienen tiempo para todo, para sus afectos humanos; tienen tiempo para sus diversiones, para lecturas nocivas a su alma que acrecientan las sombras. Ningún tiempo para rezar, para meditar. Su vida no es vida de unión con Dios.
Están faltos del don de sabiduría, no ven, no entienden;  en fin, tienen oídos y no oyen, tienen ojos y no ven. Su formalismo asemeja una práctica de vida cristiana, vacía de un espíritu verdadero, sin vida de Gracia.
Entre esos las deserciones han sido muchas. Muchísimas serán las fugas, las apostasías verdaderas y propias en la no lejana hora de la Justicia. Muchos en esa hora revelarán ante el mundo su identidad de Judas. He dicho ante el mundo, porque Yo los conozco desde siempre.
El Padre los espera 
Yo los amo igualmente, quiero su conversión, el Padre los espera.
No tengo sino un deseo, decir a cada uno: "¡Ven hijo mío, todo está olvidado, todas las escorias de tu alma son abrasadas por mi Amor!"
Pero exactamente porque te amo, no puedo ocultarte qué tremenda responsabilidad  es resistir a Dios que te espera, a Dios que te ama hasta tal punto de haber derramado su Sangre preciosa por ti.
El enfermo que rechaza al médico y  las medicinas está destinado a perecer. He aquí  por qué he querido llegar hasta ti por todos los medios, no termino esta invitación a la conversión antes de que sea demasiado tarde.
El instrumento del que me he servido ha tenido la orden de gritar fuertemente a todos: "Convertíos, al Señor vuestro Dios antes que sea demasiado tarde".
Os lo repito, la hora de la misericordia está para ceder a la hora de la justicia. No protestéis contra mi insistencia, no digáis: es siempre la misma canción.
Soy vuestro Dios, vuestro Padre, soy vuestro Hermano, soy vuestro Salvador. Sólo el amor inspira e impele a Dios a rogaros, a suplicaros: "Convertíos antes que sea demasiado tarde, de otro modo pereceréis".
"Deus non irridetur" (De Dios nadie se ríe).  Es astucia de vuestro enemigo, Satanás, haceros creer muerta la Justicia divina. Misericordia y Justicia son en Mí una sola cosa. ¿Es posible tanta ceguera? 


El veneno de Satanás 
La tercera categoría, está formada por los sacerdotes que, íntimamente, se auto consideran buenos.
Viven como si fueran buenos pero un velo los envuelve, el velo de su presunción por la que no ven su realidad interior que, aunque frecuentemente pasa desapercibida para los hombres, pero no para Mí, Dios.
En otras palabras: les falta la verdadera y sincera humildad, esa humildad que debe hacer de cada uno de vosotros un niño; les falta la simplicidad de la humildad y a ellos mi Padre no les revela nada.
Es difícil su conversión; su soberbia es refinada, revestida de humildad. Pero bajo aquella pseudo ‑ humildad está el veneno de Satanás, exactamente como ciertas joyas de apariencia preciosas, pero bajo el recubrimiento de oro está el metal vil.
No creen sino en sí mismos, desdeñan y no aguantan que algún otro vea un poco más lejos que ellos.
Satanás en muchos modos tiende sus lazos a mis sacerdotes. También por estos se necesita rezar y sufrir, porque es ardua su conversión.
Ahora basta hijo mío, veo que estás cansado. Te Bendigo y Conmigo te bendicen Mi Madre y San José. 
 (Confidencias de Jesús a un Sacerdote – P. Ottavio Michelini)


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