giovedì 13 settembre 2012

San Giovanni Crisostomo. Il Sacerdozio.


LOS SEIS LIBROS
DE S. JUAN CRISÓSTOMO
SOBRE EL SACERDOCIO

TRADUCIDOS EN LENGUA VULGAR,
E ILUSTRADOS CON NOTAS CRÍTICAS
POR EL PADRE FELIPE SCIO DE SAN MIGUEL
DE LAS ESCUELAS PÍAS
CON LAS LICENCIAS NECESARIAS
EN MADRID:
EN LA IMPRENTA DE PEDRO MARÍN
AÑO DE MDCCLXXIII


AL SER. MONSEÑOR INFANTE DON GABRIEL DE BORBÓN.
SEÑOR.
La dificultad de una buena traducción es conocida solamente por aquéllos que saben hacerla. Y como es muy corto el número de los que traducen bien, por esto son muy pocos los que no desprecian este género de aplicación. V.A. acaba de dar una muestra del último primor en el primero de los historiadores latinos, con la que ha manifestado, que conoce la dificultad del traducir, y al mismo tiempo, que aprecia este género de trabajo. Yo no dejo de conocer la dificultad; pero aspiro aún a la perfección: me contemplo en el pie de la subida; y V.A. se halla ya en lo más encumbrado, vencida toda la aspereza. Por lo que no será extraño, que yo llegue a V.A. a suplicarle rendido, se digne alargar benignamente su mano, para que pueda subir tan arriba, y poner a sus reales pies esta pequeña traducción. Con esto no pretendo otra cosa, sino oír sus doctas animadversiones y dar un público testimonio de mi ánimo agradecido a las repetidas y particulares honras que debo a V.A.
SEÑOR,
A L.R.P. de V.A.
Su más favorecido y reconocido servidor,
Felipe Scio de San Miguel

ADVERTENCIA
Los libros que escribió San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio han sido mirados siempre como la obra más sobresaliente entre todas las que nos han quedado suyas, y que no dejan que añadir a los que han tratado después esta materia. Dispuestos en forma de diálogo, nos ponen delante las graves razones y fundamentos que tuvo el santo para huir de la dignidad episcopal; y al mismo tiempo, una pintura muy acabada, en la que se registra la perfección altísima que pide el estado sacerdotal, y el gravísimo peso, que ponen sobre sus hombros, los que se encargan del gobierno de las almas. A la vista pues de esta, será sin duda muy grande nuestra confusión, si para poner un velo a nuestros descuidos pretendemos recurrir a que el santo la hizo siguiendo las trazas de una exageración retórica, y sin ser penetrado de los mismos sentimientos. Pero el que atendiere a lo que ejecutó después de promovido al sacerdocio, y al modo con que desempeñó el ministerio episcopal, hallará que sus acciones fueron en todo conformes a lo que dejó escrito y que debían practicarse por los buenos eclesiásticos y prelados; y por consiguiente, que no nos queda pretexto alguno con qué poder dar color a nuestra desidia. Dignos son, por tanto, de que continuamente los registremos, y de que por ellos observemos qué es lo que tenemos y qué nos falta para formar en nuestras almas una imagen digna del celestial Esposo; dignos de que no los pierdan de vista los que han de dar cuenta a Dios de su ministerio y empleo, por las obligaciones que aquí se representan; dignos de que todos los prelados de la Iglesia se apliquen con el mayor desvelo a que con la continua meditación los conviertan en jugo y sangre los que han de responder a los cargos de un ministerio temible aun a las mismas angélicas potestades; dignos, finalmente, de que con la más atenta y seria reflexión los revuelvan y pesen aquéllos a quienes está confiado el proveer la Iglesia de sujetos útiles, estando asegurados de que encontrarán aquí notados por menor, como en una cumplida, y exacta carta de navegar, todos los escollos en que pueden tropezar; y al mismo tiempo, los rumbos y dirección que deben seguir para su elección, y aprobación. Que la reforma de una comunidad, de un pueblo, de un reino, y de todo el mundo dependa de la bondad, y rectitud de costumbres que se noten en las personas de los prelados y eclesiásticos destinados para su instrucción es doctrina común entre todos los Padres y Doctores de la Iglesia; porque mirándose todos en ellos, como en un ejemplar, según el cual han de dirigir sus acciones, creen lícitas aquéllas que ven practicadas, aplaudidas y aun disimuladas por estos. Igualmente lo es que para la reforma del clero y del estado eclesiástico, contribuyen únicamente el discernimiento y rectitud de los que proponen, consultan, y hacen la elección para las prelacías, prebendas y beneficios eclesiásticos. El prelado (dice admirablemente nuestro santo), por cuya culpa se perdiere el rebaño de Jesucristo, responderá por los pecados de aquéllos que se perdieron por su causa; pero los electores responderán por los de éstos, y no menos por las culpas, y errores del prelado. Un mal eclesiástico, que con sus procederes indignos y vida licenciosa escandaliza a los otros, dará cuenta de los escándalos y de la ruina que ocasiona con su mal ejemplo; pero el prelado queda sujeto a la pena que corresponde a todos aquellos escándalos, y también a la de haber elegido y ordenado a un indigno. Para todos proporciona remedio nuestro santo ofreciendo una pauta por la cual deban arreglar sus pensamientos y acciones, tanto los electores, para que conozcan y examinen bien las costumbres de los que$han de elegir, como los elegidos, para que entren en el conocimiento de sí mismos; y haciendo prueba de sus fuerzas, vean si pueden mantener, o no, tan grave peso.
De lo que acabo de decir, se comprenderá fácilmente que mi principal designio en traducir y publicar este tratado ha sido contribuir, cuanto esté de mi parte, a que Dios sea glorificado y a que todos conozcamos el grave peso de nuestras obligaciones; de lo que resultando la reforma de nuestras acciones, se derive al pueblo cristiano el fruto del buen ejemplo. He seguido en esto las pisadas de otros muchos, que movidos de la misma consideración, lo tradujeron en varias lenguas, y publicaron separadamente; de lo que para instrucción tuya daré aquí una breve noticia. La primera edición, que se hizo de sólo el texto, fue en Lovaina por el Clenardo, el año 1529 y el de 1544 lo tradujo en latín Jano Cornario, y publicó en Basilea. El Hoeschelio lo imprimió en Augusta en 1599 quien después de todo el texto, puso la versión latina de Jacobo Ceratino a los dos primeros libros, y la de Germano Brixio a los cuatro restantes, añadiendo algunas observaciones. Juan Hugues la dio al público en Cantabrigia el año 1710 enriqueciendo su edición de algunas disertaciones sobre la dignidad sacerdotal; pero con otra versión diversa de la de Ceratino, y la de Brixio. Esta se renovó en Londres en 1712 por Styano Thirlby, con una apología de la fuga del Nacianceno. Stutgardo Alberto Bengelio hizo otra edición en 1725 acompañada de una nueva interpretación y continuas notas. Ricardo Le Blanc la tradujo en francés, e imprimió en París en 1553 y el Lami la publicó en el mismo idioma en 1650. Se encuentran también varias traducciones italianas, y últimamente, la que hizo Miguel Ángel Giacomelli, impresa en Roma en 1757 con el texto griego y notas muy copiosas. De todas estas, yo solamente he podido tener presentes la latina de Germano Brixio, la del Montfaucon, que se halla en el cuerpo de todas las obras de san Juan Crisóstomo impresas en París, y la italiana de Giacomelli; a cuya fe dejo las citas que pongo de Bengelio, Hoeschelio, o algún otro que no he podido registrar, y consultar por mí mismo. Entre las que dejo apuntadas, se encuentra alguna de los protestantes, que sin duda se propusieron el poder alegar en defensa, y confirmación de sus errores la autoridad y patrocinio de nuestro santo en algunos lugares de este tratado. Por lo que muchos de los católicos lo han traducido con la mira también de refutar las opiniones de aquéllos y vindicar al santo en los pasos que torcían a su réprobo sentido: sustituyendo otras de sus obras, en donde no dejando duda de la pureza de su doctrina, ha tratado de propósito la materia. De esto se dará razón en sus respectivos lugares.
En vista, pues, de lo dicho, no puedo yo persuadirme de que será reprensible en mí lo que tantos ejecutaron con el mayor aplauso; antes bien estoy creyendo, que animados muchos con este ejemplo, se empeñarán en nuevos y mayores descubrimientos e ilustraciones. Sería, sin duda, utilísimo, que imitando la aplicación, e industria de los antiguos españoles, que apenas dejaron autor alguno profano, particularmente griego que no tradujesen, se aplicasen a entresacar aquellos lugares y tratados más señalados de los primeros padres y los ofreciese al público en un traje, por el que pudiesen ser conocidos de todos y hacerse familiares aun a los menos instruidos. Pero por cuanto parecerá tal vez a alguno de poca consideración, y aun despreciable semejante especie de trabajo, no será fuera del intento el dar aquí brevemente una idea de la dificultad que en sí encierra. Ya desde luego se descubre esta por el corto número de buenas versiones que hay, entre muchas que tenemos de varias lenguas, al paso que publicándose muchas obras de invención propia, son generalmente más bien recibidas, y aplaudidas. Porque la invención es hija de un entendimiento fecundo; y la buena versión, sólo puede provenir de una madurez de juicio consumada; aquélla, teniendo muchos caminos que puedas seguir, te da lugar para la elección; pero ésta sólo te ofrece uno, de donde no es lícito apartarte; por aquélla hacemos patentes nuestros pensamientos; por esta descubrimos lo que pensaron otros. Ya se ve la gran diferencia que hay entre manifestar los propios sentimientos, o penetrar en el fondo de los ajenos. Crece la dificultad, cuando se trata de haber de traducir de lenguas muertas, en donde no nos queda otro recurso, que el consultar los libros, y el cotejo de otros pasos, que puedan tener alguna alusión, con cuyo auxilio podamos revestirnos de los verdaderos pensamientos de su autor: en lo que ya se deja ver, cuánta fatiga, y cuánto juicio se requiere. A lo que se junta ser esto más necesario en la lengua griega, cuya copia increíble, y expresión muchas veces inexplicable de sus compuestos, adverbios, participios, partículas, ofrece a cada paso dificultades infinitas. Pero todo esto toca en general a la versión. ¿Pues qué, si quisiéramos poner aquí por menor las calidades que la hacen buena? En ella se han de explicar claramente, y como son en sí, todos los sentimientos del autor, sin añadir, ni quitar; pero sin perder de vista el estilo, y aun el número de las cláusulas. ¿Quién podrá seguir este camino sin tropezar en un extremo? ¿Quién atenderá al número, y estilo, sin añadir, o quitar a los pensamientos del autor? ¿Y quién explicará bien estos, conservando la igualdad, armonía y pureza en el estilo? De aquí es, que divididas las inclinaciones de los hombres, unos son admiradores perpetuos de la paráfrasis, en donde cabe toda la belleza de las voces, y torneo, o número de las cláusulas; pero estos no pueden menos de reconocer que están sujetas a expresiones inútiles, y a quedar deformadas con muchos pensamientos ajenos, y despojadas de los originales y legítimos. A esta clase puede reducirse la de Germano Brixio, y que por esta causa fue desechada por el Montfaucon. Hay otros, por el contrario, tan escrupulosos, que llegan a hacerse fastidiosos, y viles esclavos de la letra, dejando por esta atención tan descarnadas sus versiones que no pueden leerse sin fastidio. Sin embargo, son estas preferibles a las primeras, particularmente cuando se trata de traducir de lenguas muertas. Yo, evitando los dos extremos, siento, que la mejor traducción, es la que mejor explica el sentido del autor; y por consiguiente, la que se acerca más a lo literal, no perdiendo de vista, cuanto sea posible, la pureza del estilo. De esta clase son las que admiramos, y que se equivocan con sus originales, de un Villegas, de un Gonzalo Pérez, de un Oliva, de un Marinerio, a quien parece haber destinado la divina providencia para agotar los tesoros de toda la Grecia; finalmente, las de otros infinitos españoles. He añadido el texto griego, atendiendo al adelantamiento de los que se aplican al conocimiento nobilísimo y utilísimo de esta lengua, para que con sus principios, y con una reflexión atenta, puedan penetrar por sí la fuerza que tienen las voces en su origen; y al mismo tiempo a la satisfacción de los que la poseen, los cuales hallan un gusto particular en poder confrontar las versiones, teniendo a la vista los originales. Había concebido el designio de publicarla, acompañada de otra versión latina, por parecerme poco ajustadas las que he visto de esta clase; y con esta mira tenía ya traducidos los dos primeros libros; pero habiendo leído con atención la que hizo el Montfaucon, me parece que no deja que desear, ni que hacer, porque sin perder de vista la pureza de la frase, se acerca más a lo literal, y explica con mayor claridad los sentimientos del santo. Esta consideración, y la de no abultar demasiado este volumen, me han hecho desistir de mi primer intento. He añadido algunas observaciones críticas, que puedan servir de mayor ilustración, omitiendo el confirmar lo doctrinal con otros lugares de los Padres, por creer que la autoridad del nuestro, sin otro apoyo, es suficiente para confirmación de lo que enseña; pero sin pasar por alto algunos puntos de disciplina, que me han parecido dignos de ponerse en claro, y también algunos dogmas combatidos por los protestantes, que se valieron para esto de la autoridad del santo. En estas observaciones me aparto, no pocas veces de la interpretación de Montfaucon: pero no por esto crea alguno que yo pretendo igualar, ni defraudar en la menor parte al mérito de un escritor, por tantos títulos señalado, y recomendable. Y esto es lo que principalmente tenía que avisarte.
Ahora, para conclusión de esta advertencia, quiero que entiendas, que éste, y los demás frutos de mis tareas, se deben únicamente al celo de mi católico, y piadoso monarca, que con tanto empeño atiende a renovar el buen gusto de las ciencias, y de las lenguas más útiles: y no menos a la aplicación continua, e infatigable de sus ministros, para llevar a su perfección las plausibles intenciones del monarca. Pretendo yo, congratulándome de esto con la nación española, sentar desde un rincón una pequeña piedra para la construcción de tan noble, y majestuosa fábrica; pero protestando al mismo tiempo, que hay en mi ciertas esperanzas, de que serán en gran número los que concurran a poner de su parte otras de mayor primor, artificio, y grandeza: y de que veremos prontamente, levantado y renovado este hermoso edificio, que arrebatará la admiración de todos los que nos miraban como incultos, y bien hallados, con las heces que nos quedaron de los árabes y godos.


LIBRO I

I.
Muchos amigos he tenido sencillos, y verdaderos, que entendieron, y guardan escrupulosamente las leyes de la amistad; pero uno entre estos muchos ha sido, el que señalándose en amarme, ha procurado dejarlos tan atrás, como estos dejaron a los que sólo tenían conmigo una vulgar correspondencia. Era éste uno de aquéllos, que jamás se apartó de mi lado; porque habiéndose aplicado a unos mismos estudios, y tenido unos mismos maestros, era siempre una nuestra inclinación, y cuidado en las ciencias a que nos aplicábamos, y no diferente el deseo de ambos, porque procedía de unos mismos principios. Ni duró esto sólo aquel tiempo que frecuentábamos las escuelas; continuó también, cuando habiéndolas dejado, fue necesario deliberar sobre el estado más conveniente de vida que debíamos abrazar; aun en este lance fueron muy conformes nuestros sentimientos.


II.
Fuera de éstas, había otras muchas causas, por las que se conservaba entre nosotros invariable, y constante esta uniformidad. Ninguno de los dos podía vanagloriarse sobre el otro por la nobleza de su patria; ni a mí me sobraban conveniencias, ni él se veía acosado de una extremada pobreza; sino que a la proporción de nuestros haberes correspondía la uniformidad de nuestras voluntades; era igualmente honrada nuestra familia. Finalmente, no había cosa que no conspirase a formar la unión estrecha de nuestros ánimos.

III.
Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
Pero luego que comencé yo también, poco a poco, a sacar la cabeza de entre las tempestades de la vida, me recibió en esta ocasión con los brazos abiertos; pero ni aun así pudimos conservar nuestra primera igualdad: porque habiéndome prevenido en el tiempo, y manifestado un ardor de ánimo increíble, se levantaba todavía sobre mí, llegando a tocar un punto de elevación muy grande.

IV.
Sin embargo, siendo él de una índole muy buena, y haciendo gran aprecio de mi amistad, abandonó la compañía de todos los otros, por pasar en la mía todo el tiempo. Esto es lo que ya mucho tiempo antes vivamente había deseado, pero por mi desidia, como dije, habían quedado burlados sus deseos. ¿Cómo podía yo, asistiendo continuamente a los tribunales, y andando a caza de diversiones en el teatro, tener gusto en conversar familiarmente con aquél, cuyo pensamiento estaba fijo sobre los libros, y que no se dejaba ver jamás en público? De aquí es, que habiendo estado hasta entonces separados, luego que me admitió al mismo género, y método de vida, sin perder un instante de tiempo, me descubrió aquel deseo, que muy anticipadamente había concebido: y no apartándose de mi lado ni una brevísima parte del día, me exhortaba sin cesar, a que dejando cada uno su casa particular, eligiésemos una habitación común. Llegó a persuadirme, y quedamos determinados a ponerlo ya en ejecución.

V.[1]
Pero los continuos halagos de mi madre, fueron causa de que yo no le concediese esta gracia; mejor diré, que no recibiese de él este beneficio. Luego que ésta llegó a entender la deliberación que yo quería tomar, asiéndome de la mano, me introdujo en un cuarto retirado de la casa, y haciéndome sentar junto a la cama, en donde me había parido, prorrumpió en un mar de lágrimas, y añadiendo palabras, que movían más que su llanto, comenzó a lamentarse de esta suerte: «Hijo mío, dijo, no me fue permitido disfrutar largamente las virtudes de tu padre, porque Dios así o dispuso; a los dolores que yo tuve cuando te parí, sucedió su muerte, dejándote a ti huérfano y a mí viuda antes de tiempo y entre los males y trabajos de una viudez, que sólo pueden comprender las que los han experimentado.
¿Qué palabras pueden bastar para explicar aquella tempestad, y turbación que sufre una mujer joven, cuando apenas salida de la casa de su padre, y sin experiencia alguna de las cosas, repentinamente se halla en medio de un dolor insoportable, y se ve obligada a entrar en pensamientos superiores a su sexo, y a su edad? Porque debe, según yo pienso, atender a corregir el descuido de los domésticos, observando sus malos procederes, haciendo frente a las asechanzas de los parientes, y soportando con generosidad de ánimo las molestias de aquéllos que administran los intereses del público, y su dureza en exigir los tributos. Y si el que ha muerto deja sucesión, si es femenina, aun así, deja un cuidado no pequeño a la madre; pero libre de gasto, y de temores: mas si es varonil, cada día la aumenta nuevos sobresaltos, y mayores cuidados. Deja a un lado el consumo de dinero que se necesita hacer, si desea que tenga una educación correspondiente a su estado. Con todo, ninguna de estas cosas han podido inducirme a que yo abrazase un segundo matrimonio, y que introdujese otro esposo en la casa de tu padre; sino que he permanecido en esta tempestad, y torbellino, y no he rehusado el trabajoso ardor de la viudez, asistida principalmente de la gracia del Señor. Ni contribuyó poco para esto el gran consuelo que recibía, viendo continuamente tu semblante, en donde registraba vivamente copiada la imagen de tu difunto padre. De aquí es, que siendo tú niño, y que no sabías aun articular las palabras, que es cuando más gusto reciben los padres de los hijos, yo tenía en ti un grandísimo consuelo.
Ni tú podrás decirme, o culparme con verdad, que aunque generosamente haya soportado la viudez, no obstante por las incomodidades de ésta, te he disminuido el patrimonio, como sé que ha sucedido a muchos, que han tenido la desgracia de quedar huérfanos como tú. Pues yo te he conservado intacto todo lo que era tuyo; ni he perdonado a gastos en todo lo que pertenecía a tu decoro, gastando de lo que era mío, y de lo que tenía cuando salí de la casa de mi padre.
Ni te persuadas que te digo esto por sacarte los colores a la cara: solamente te pido por todo esto una gracia; y es, que no me envuelvas en una segunda viudez, despertándome un dolor, que está ya enteramente adormecido; sino que esperes mi muerte, que tal vez ya no tardará. Se puede esperar que los jóvenes lleguen a una larga vejez, pero nosotros, que hemos comenzado ya a envejecer, solo podemos esperar la muerte. Luego que me hayas enterrado, y puesto mis huesos junto a los de tu padre, puedes emprender largas peregrinaciones; entra en el mar que quisieres, pues no tendrás alguno que te lo impida; pero mientras que yo respiro, sufre el vivir en mi compañía. No quieras temerariamente, y sin consejo ofender a Dios, poniéndome en tan grandes trabajos, sin que de mi parte hayas tenido motivo para ello. Y si tú puedes culparme de que yo te arrastro a los cuidados de la vida, y de que te obligo a atender a tus cosas, niégate enhorabuena a las leyes de la naturaleza, a la educación que te he dado, a la compañía, y a todos los otros motivos: huye de mí, como de un enemigo que te pone asechanzas. Pero si no omito diligencia, para que te sea más fácil, y llevadero el camino de esta vida, ya que no otro respeto, a lo menos este lazo te detenga junto a mí. Pues aunque tú digas ser infinitos aquéllos que te aman; ninguno podrá hacer que goces de una libertad como ésta; porque ninguno hay que estime tu decoro como yo.
Éstas, y otras cosas me dijo mi madre, y yo se las repetí a aquel generoso varón, que no sólo no se movió de semejante discurso, sino que insistió con mayor tesón en su primera resolución e instancia.
[1] El eruditísimo Rollin en el tratado de la «Elocuencia de los Predicadores» propone, y con razón, el presente capítulo, por modelo de una perfecta elocuencia.

VI.
Hallándonos, pues, en estos términos, e instándome él continuamente a que condescendiese con sus súplicas, pero sin acabar yo de resolverme, nos puso a los dos en confusión un rumor que se esparció por la ciudad. Era éste, que seríamos promovidos a la dignidad episcopal.
Luego que yo oí semejante voz, quedé sorprendido de temor, y perplejidad: de temor porque no me obligasen a abrazar contra mi voluntad aquel estado; y de perplejidad, porque no acababa de entender cómo pudo venir al pensamiento de aquellos varones el resolver una cosa como ésta de mi persona; pues volviendo a mirar sobre mí mismo, no encontraba en mí cosa que fuese digna de tal honor.
Por lo que toca a aquel joven valeroso, vino a buscarme a solas; me dio parte de las voces que corrían y creyendo que yo las ignorase, me rogaba que en esta ocasión, como en todas las antecedentes, se viese que nuestras acciones y deliberaciones eran unas; que él por su parte estaba dispuesto a seguir con prontitud de ánimo, cualquier camino que yo le mostrase; ya conviniese rehusar, ya abrazar aquel estado.
Viendo, pues, una resolución tan noble, y creyendo que podría causar no pequeño daño a todo el común de la Iglesia, si por mi debilidad privaba al rebaño de Jesucristo de un joven tan bueno y tan útil para el gobierno de los hombres, no le descubrí lo que sentía de estas cosas; aunque hasta entonces, jamás había podido sufrir el ocultarle alguno de mis sentimientos. Y añadiéndole ser muy conveniente dejar para otro tiempo (por no ser cosa que urgiese mucho) el resolver sobre este negocio, lo persuadí sin dificultad a que dejase por entonces este pensamiento y a que confiase, que si llegaba el caso de abrazar aquel estado, yo le acompañaría en la determinación.
Pero no pasó mucho tiempo, cuando llegó allí el que nos había de ordenar: yo me oculté, y él, ignorante de lo que pasaba, fue con otro pretexto conducido a recibir el yugo, esperando, por lo que yo le había prometido, que sin dificultad lo seguiría, o que tal vez era él el que me seguía, pues algunos de los que se hallaban presentes,[2] viéndole inquieto por esta especie de violencia, lo engañaron diciendo que era cosa indigna, que aquél a quien todos tenían por atrevido, (señalándome a mí) hubiese cedido con tanta sumisión al juicio de los Padres; y que él, que era más modesto y prudente, se mostrase soberbio y amigo de vanagloria, rehusando, repugnando, y contradiciendo.
Habiendo cedido a estas razones, luego que supo que yo me había ocultado, fue a buscarme; y entrando en mi cuarto con un aire de semblante muy triste, se sienta junto a mí, quería decir alguna cosa. Pero impedido por la angustia, no podía manifestar con las palabras la violencia que padecía; luego que abría los labios para proferir alguna, la opresión interna se la cortaba antes que pasase de los labios.
Viéndolo tan afligido y tan lleno de turbación, y sabiendo yo la causa, no pude dejar de prorrumpir en risa por el gran gusto que sentía; y cogiéndolo de la mano, me arrojaba a abrazarle, glorificando a Dios, de que mis artificios hubiesen tenido el feliz suceso que yo siempre había deseado.
Luego que advirtió en mí una alegría tan extraordinaria, conociendo que yo hasta entonces lo había engañado, tanto más se inquietaba, y lo sentía.
[2] Esto es de los electores.


VII.
Finalmente, volviendo algún tanto sobre sí de aquella turbación de ánimo dijo: Ya que tú enteramente has abandonado mis intereses, y que tan poco caso haces de mí, sin que yo pueda entender el motivo, debías, a lo menos, atender a tu reputación. Tú al presente has abierto la boca a todos, y todos a una voz dicen, que llevado del amor de una gloria vana, has rehusado este ministerio; no hay alguno que te libre de este cargo. Yo no me atrevo a presentarme en público: tantos son los que vienen a encontrarme, y los que cada día me acusan. Luego que llegan a descubrirme en cualquier parte de la ciudad, tomándome separadamente los que tienen alguna familiaridad con nosotros, cargan sobre mí la mayor parte de esta culpa. "Sabiendo, me dicen, el ánimo de éste, (pues te eran patentes sus secretos) no convenía que nos lo hubieses ocultado, sino que debías haberlo comunicado con nosotros; pues no nos hubiera faltado modo de cogerle en sus mismas redes".
Yo por mi parte no me atrevo, antes me avergüenzo de responderles, que he ignorado la resolución, que tú ya mucho antes habías tomado, para que no crean que es pura ficción nuestra amistad. Pues aunque ello sea así, como verdaderamente lo es, lo que tú mismo no podrás negar, por lo que acabas de hacer conmigo; con todo, es bueno que se oculten nuestras faltas a los de afuera, que tienen de nosotros un mediano concepto. Yo no tengo cara para descubrirles la verdad del hecho, ni el estado de nuestras cosas; por lo que no me queda otro recurso, sino callar, fijar la vista en el suelo, y evitar, retirándome, el encuentro con los que me pueden preguntar. Y aun en el caso de que pueda librarme de la primera acusación, con todo es necesario que me convenzan de embustero. ¿Cómo podrán darme crédito, cuando me oigan decir, que tú has puesto a Basilio en el número de aquéllos a quienes conviene ocultar tus cosas?
Pero sobre esto no quiero alargarme más, porque tú así lo has querido. Paso a otras cosas, que de ningún modo podremos sufrir sin vergüenza, porque unos te acusan de arrogante, otros de vanaglorioso, y los que no son tan moderados en la censura, nos culpan de uno y otro; y añaden al mismo tiempo injurias contra los que nos han hecho este honor, diciendo que les está muy bien, aunque por nuestra causa tuvieran más que sufrir: porque habiendo despreciado a tales, y a tantos varones, han promovido de repente a una dignidad de tanto honor, que ni aun por sueños la hubieran podido esperar, a unos jovencillos, que no hace dos días que se hallaban envueltos en los cuidados de la vida, porque de poco tiempo a esta parte comenzaron a arrugar la frente, a vestir de negro, y a fingir tristeza en su semblante. Y que los que se han ejercitado en la vida ascética desde sus primeros años hasta la edad más decrépita, se ven obligados a obedecer, y a que los manden sus mismos hijos, que ignoran las leyes con que se debe administrar este empleo. Éstas y otras muchas cosas oigo continuamente de los que se acercan a mí. Ahora yo no sé qué he de responder a todos estos cargos: por lo que te ruego me sugieras alguna cosa. Pues yo no me puedo persuadir que, temerariamente y sin consejo hayas hecho esta fuga, y querido granjearte una enemistad tan grande con varones tan esclarecidos; sino que esto lo has hecho con toda reflexión y movido de alguna razón particular; por lo que conjeturo que tú las tendrás muy prontas para la defensa. Dime, pues, ¿qué excusa justa podremos dar a los que nos acusan?
De lo que tú me has ofendido no pido satisfacción, ni de que me has engañado, ni de haberme vendido, ni tampoco del bien que has disfrutado en el tiempo pasado. Yo por mi parte, por decirlo así, he llevado y puesto mi alma en tus manos: tú has usado conmigo de la misma cautela que pudieras con aquellos enemigos, de quienes debieras guardarte. Si sabías que era útil este tu consejo, no debías rehusar la utilidad que de él resultase; y si por el contrario lo conocías nocivo, podías librar también del daño a quien siempre decías estimar sobre los otros. Pero tú todo lo has dispuesto para que yo cayese en el lazo. ¿Necesitabas tú usar de engaños y de ficciones con aquél que ha acostumbrado decir y hacer todas sus cosas sin recelarse de ti, y con la mayor sencillez? Pero de nada de esto, como ya te he dicho, te acuso al presente, ni te doy en cara con la soledad en que me has dejado, habiendo cortado aquellos ratos de conversación, de que sacábamos tan gran utilidad, y entretenimiento. Dejo todo esto, y lo sufro con silencio, y con paciencia, no porque tú hayas faltado levemente contra mí; sino porque desde aquel día en que comencé a frecuentar tu amistad, me puse la ley de no ponerte en obligación de responder, ni defenderte de aquellas cosas, en que quisieras causarme sentimiento. Que no ha sido pequeño el que me has dado, tú mismo lo puedes conocer, si es que tienes presentes los discursos que frecuentemente hacían de nosotros los extraños, y los que pasaban también entre los dos. Éstos se reducían, a que nos sería muy útil el permanecer unidos de voluntades, y defendidos con una mutua amistad. Todos los otros decían que la concordia de nuestros ánimos traería no pequeña utilidad a otros muchos. Yo, por lo que toca a mí, estaba persuadido, que de ningún modo podría ser útil a alguno; pero decía que nos resultaría no poca ganancia de una tal concordia; esto es, la dificultad con que nos podrían vencer los que intentasen combatirnos. Yo no cesaba de traerte continuamente a la memoria estas cosas; ser los tiempos trabajosos; crecido el número de los que nos ponen asechanzas; haberse perdido la sinceridad en el amor, y haber entrado en su lugar la peste de la envidia; caminar nosotros en medio de los lazos y pasearnos sobre las almenas de las ciudades; ser muchos, y de muchos lugares, los que estaban prevenidos para alegrarse de nuestros males, si nos acaecía alguna cosa contraria; ninguno, o muy pocos los que se compadeciesen de nosotros. Mira, pues, no sea que nuestra desunión cause la risa de muchos, o algún mal mayor todavía que la risa:[3] Un hermano asistido por otro, es como una ciudad fuerte, y como un reino bien pertrechado. No quieras deshacer la sinceridad de esta hermandad, ni romper esta firmeza.
Éstas y otras muchas cosas te decía yo continuamente, no sospechando de ti una cosa semejante; sino que creyendo enteramente que tú me tuvieses un ánimo sincero, yo por un exceso de amor, quería curarte, aun estando sano; pero no reperaba, como he visto por experiencia, que aplicaba medicinas a un enfermo. Y ni aun así, ¡miserable de mí! he adelantado cosa alguna, ni he sacado algún fruto de esta tan exquisita providencia.
Porque tú, desechando enteramente todo esto, y no queriendo darle entrada en tu ánimo, me has entregado a un mar inmenso, como un navío sin lastre, y sin considerar la furia de las olas, que necesariamente había de padecer. Y si en lo sucesivo acaeciere que muevan contra mí una calumnia, o que me hagan alguna burla, afrenta, o algún otro daño (pues es necesario que sucedan estas cosas muchas veces) ¿a quién he de recurrir? ¿Con quién comunicaré yo mis turbaciones de ánimo? ¿Quién querrá defenderme? ¿Quién podrá contener a los que me den que sentir; o hará que no lo hagan en lo sucesivo? ¿Quién me dará consuelo, o me preparará para sufrir con paciencia las insolencias de otros? Ninguno por cierto, habiéndote apartado tú tan lejos de esta tan peligrosa guerra, que no podrás jamás oír, ni aun mis clamores. ¿Sabes tú, por ventura, el grande mal que has hecho? ¿Conoces siquiera, después de haberme herido, qué herida tan mortal es la que me has dado? Pero dejemos estas cosas, (pues no es posible deshacer lo que ya está hecho, ni hallar camino para lo que no le tiene) ¿qué diremos a los extraños? ¿qué responderemos a sus acusaciones?
[3] Prov. 18. c.

VIII.
Ten buen ánimo, le dije yo, porque no sólo estoy dispuesto a darte cuenta de estas cosas, sino que procuraré defenderme, en cuanto pueda, de todas aquéllas de que tú has querido dejarme libre. Y si lo quieres así, de la defensa de estas daré principio a mis razones; pues sería un hombre muy necio, y sin consideración, si haciendo caso de la opinión de los extraños, y no omitiendo diligencia para que dejasen de acusarme, no pudiera también persuadir de que en nada he ofendido al que entre todos estimo, y que conmigo usa tal respeto, que ni aun quiere acusarme de las ofensas que dice haber recibido de mí; y que descuidando enteramente sus intereses, sólo atiende a los míos; y al mismo tiempo, si se viese que yo he tenido con él más descuido, que el cuidado que él ha manifestado de mí.
¿Qué es, pues, en lo que yo te he ofendido? porque he determinado entrar desde aquí en el piélago de mi defensa. ¿Es acaso porque te he engañado, y te he ocultado mi determinación?
Pero esto lo he hecho atendiendo a tu utilidad, que has sido el engañado, y a la de aquéllos en cuyas manos te he puesto, engañándote. Y si, universalmente hablando, es malo todo engaño, y no es permitido usar de él alguna vez para una cosa útil, yo estoy pronto a sufrir la pena que tú quisieres darme; o mejor diré (pues no tendrás valor para tomar satisfacción de mí), yo mismo me condenaré a aquellas penas a que condenan los Jueces a los malhechores, cuando sus acusadores los convencen de algún delito.
Pero si éste no es siempre dañoso, sino que viene a ser bueno o malo, según el fin e intención de quien lo usa; dejando a un lado el que yo te haya engañado, me has de probar que lo haya hecho con fin malo. Y si nada de esto hay, justa cosa será, que los que pretenden parecer rectos en sus juicios no solamente no muevan acusaciones y cargos, sino que alaben al que usa semejantes artificios. Es tan grande la utilidad que resulta de un engaño de estos, hecho a tiempo, y con rectitud de intención, que muchos, por no haberlo usado, frecuentemente han pagado la pena.
Y si quieres buscar con diligencia los capitanes que han florecido en todos los siglos, hallarás que la mayor parte de sus trofeos son frutos de un ardid, y que han merecido mayor alabanza que los que vencieron en campo abierto. Pues éstos dan fin a las guerras con mayor dispendio de hombres y de dinero; de modo que no les queda alguna utilidad de la victoria, padeciendo los vencedores no menor pérdida que los vencidos, destruida la gente y agotados los erarios. Fuera de esto, los vencidos no los dejan disfrutar enteramente de la gloria de la victoria, no siendo pequeña la parte que toca a los que cayeron en el campo; porque quedando vencedores en los ánimos, sólo fueron vencidos en los cuerpos; de suerte, que si hubiera estado en su mano el no ser muertos, y la muerte que sobrevino no los hubiera hecho cesar de su ardor, de ningún modo hubieran desistido de él.
Pero aquél que ha podido vencer por alguna astucia, no solamente envuelve a sus enemigos en la miseria, sino que los expone a la risa del mundo. Pero así como en el primer caso no llevan los unos y los otros iguales alabanzas por su fortaleza, así tampoco aquí por su prudencia, sino que todo el premio es de los vencedores; y lo que no es menos apreciable que lo dicho, conservan entero a sus ciudades todo el gusto que resulta de la victoria. Ni pueden compararse de algún modo la abundancia de dineros, o el número de los cuerpos con la prudencia del ánimo; porque aquéllos, al paso que sin cesar se consumen en la guerra, se apuran, y faltan a sus poseedores; pero esta, cuanto más se ejercita, tanto más se aumenta naturalmente.
Y no solamente en la guerra, sino también en la paz se encontrará muy necesario, y conveniente el uso de los engaños: lo es en los negocios públicos, y en los domésticos; al marido respecto de la mujer, a la mujer respecto del marido; al padre con su hijo, al amigo con el amigo, y aun a los hijos con su mismo padre. La hija de Saúl[4]no hubiera podido librar de otra suerte a su marido[5]de las manos de Saúl, sino engañando a su padre. Ni el hermano de ésta,[6] que ya la había librado, viéndola en peligro nuevamente, y queriéndola salvar, uso de otras armas, que de las que se valió la mujer»[7].
[4] Esta fue Michol.
[5] David.
[6] Jonatás, hermano de Michol.
[7] Michol, mujer de David. Esta historia se halla en el lib. I de los Reyes en los cap. 19 y 20.

IX.
Pero nada de esto me toca a mí, dijo Basilio, pues yo no soy enemigo oculto, ni declarado, ni de aquéllos que intentan ofender a otro, sino todo lo contrario; pues he dejado siempre a tu arbitrio todas mis cosas, habiendo seguido por aquel camino, por donde tú me has mandado.
Juan: Por lo mismo, ¡oh varón bueno, y admirable!, con prevención te he dicho que no solamente en la guerra y con los enemigos, sino en la paz y con los más amigos, es bueno usar de la astucia. Y en prueba de que ésta sea útil, no sólo a los que engañan, sino también a los engañados, acércate a algunos de los médicos, y pregúntales cómo curan a los enfermos, y te dirán que no se contentan solamente con el arte sino que hay ocasiones, en que valiéndose del engaño, y acompañando su socorro, restituyen por este medio la salud a los enfermos. Cuando el hastío de éstos, y la gravedad de la dolencia no dan lugar a los consejos de los médicos, es necesario en tal caso ponerse la máscara del engaño para poder ocultar, como sucede en una escena, la verdad del hecho.

Y si quieres, yo te contaré uno de los muchos que acostumbran usar. Se vio uno en cierta ocasión acometido de calentura muy ardiente: crecía el ardor y el enfermo rehusaba tomar todo aquello que pudiese mitigar el fuego, y por el contrario apetecía, y hacía grandes instancias, pidiendo a todos los que entraban a visitarle, que le alargasen vino puro con abundancia y le diesen con qué saciar este mortal deseo. No hay duda que si alguno hubiera condescendido con su gusto, lejos de mitigarle el ardor, hubiera puesto fuera de sentido a aquel desgraciado. Viéndose, pues, el arte perplejo, y no encontrando algún otro medio, y quedando enteramente inútil, entró en su lugar el engaño, y dio tales pruebas de su virtud, y eficacia, como oirás ahora de mí. Tomando, pues, el médico una vasija de tierra que acababa de salir del horno, y habiéndola puesto en una buena cantidad de vino hasta empaparse, la sacó vacía, y llenándola de agua, mandó que oscureciesen el cuarto donde yacía el enfermo, poniendo muchas cortinas para que la luz no descubriese el artificio y se la alargó para que bebiese, como si estuviera llena de vino puro. El enfermo antes de tomarla en las manos, engañado luego del olor que salía del vaso, no se detuvo a indagar curiosamente qué era lo que se le había dado, sino que persuadido del olor, y deslumbrado por la oscuridad, agitado del deseo, tragó con gran ansia lo que le habían presentado, y saciándose, apagó en el punto aquel ardor, y evitó el peligro que le amenazaba.
¿No ves la utilidad de un engaño? Y si quisiera alguno reducir a número todas las astucias que usan los médicos, alargaría infinitamente su discurso. Se hallará también, que no solamente los que curan los cuerpos, sino también los que atienden a las enfermedades del alma, han aplicado frecuentemente esta medicina. De este modo redujo[8] el apóstol San Pablo aquellos tantos millares de judíos. Con este fin circuncidó a Timoteo,[9] el mismo que amenazó a los gálatas,[10] que Cristo nada aprovecharía a los que se circuncidasen. Por esto permanecía bajo el yugo de la Ley; bien, que juzgaba demérito, después de la fe en Jesucristo,[11]la justificación que proviene de la Ley.
Grande es la fuerza de un engaño, como este no sea con fin dañado. Ni se puede esto llamar engaño, sino una cierta economía, una sabiduría, y arte propia, para buscar camino donde no le hay, y para corregir los vicios del alma. Ni podré yo llamar homicida a Phinees, aunque de un solo golpe mató a dos;[12]ni tampoco a Elías después de los cien soldados[13]con sus oficiales, y después de aquel abundante arroyo de sangre[14]que hizo correr con la muerte de aquéllos que se habían consagrado a los demonios. Si esto concediéramos, y pretendiéramos examinar las cosas en sí mismas, y desnudas del fin e intención de los que las ejecutaron, podría cada uno, sin dificultad, condenar a Abraham de parricidio,[15] y del mismo modo acusará a su nieto y biznieto de malicia y engaño. Pues aquél se usurpó la primogenitura[16]y el otro[17] pasó al campo de los israelitas las riquezas de los egipcios.
Pero no es esto así, no. No permita Dios semejante atrevimiento. Pues no sólo no culpamos a estos tales, sino que por el contrario los admiramos por semejantes hechos; pues ellos por los mismos merecieron la aprobación divina. Será digno de ser llamado engañador, aquél que use del engaño con fin torcido; pero no el que lo hace con buena intención. Muchas veces es necesario usar de la astucia y por medio de este artificio ocasionar grandísimo bien. Aquél, pues, que camina sin esta cautela, ocasiona gravísimos daños a quien no ha querido engañar.
[8] Act. XXI. 26.
[9] Act. 16. 3.
[10]Galat.5. 2. it. Act. 15. 1.
[11] Philip. 3. 7.
[12] A Zambri y a Gozbi por haberse mezclado con los madianitas contra el precepto de Dios. Numer. 25. 8.
[13] Que le había enviado Ococías y que hizo morir con fuego bajado del cielo. IV. Reg. 1. 10.
[14] Fueron 850 los falsos profetas que mandó matar Elías. III Reg. 18. 40.
[15] Obedeciendo a Dios que le mandó sacrificar a su hijo. Genes. 22. 3.
[16] Jacob, hijo de Isaac, a quien su hermano Esaú vendió la primogenitura por un plato de lentejas. Genes. 27. 19.
[17] Moisés. Exod. 11. 2.

LIBRO II

I.
Pudiera detenerme a probar más largamente, que se puede usar para un fin honesto de la eficacia de la astucia; y que esta no debe llamarse engaño, sino una cierta admirable economía. Pero bastando lo expuesto hasta aquí para demostrarlo, sería una cosa molesta y enfadosa alargar superfluamente mi discurso. A ti sí que tocaría ahora el hacerme ver que yo no he usado de ésta, atendiendo únicamente a tu provecho.
A esto respondió Basilio: ¿Y qué utilidad me ha venido de esta tu economía, sabiduría, o como quieras llamarla? ¿Pretendes acaso persuadirme con esto, que no me has engañado?
Juan: Pues qué utilidad mayor, le dije yo, que practicar aquellas cosas que el mismo Cristo dijo ser las pruebas del amor hacia sí. Hablando, pues, al Príncipe de los Apóstoles, Pedro, le dijo, ¿me amas?[18]Y habiendo éste confesado que sí, añade: Si tú me amas, apacienta mis ovejas.
El Maestro pregunta al discípulo si lo amaba; no para saberlo: ¿qué necesidad tenía de esto, quien penetra los corazones de todos? sino para manifestarnos cuán grande es el cuidado que tiene de que se apacienten estos rebaños. Lo cual, siendo por sí tan claro, igualmente lo será también ser grande e inefable aquel premio que está reservado para los que trabajan en aquellas cosas que tanto aprecia Jesucristo.
Y si nosotros, cuando vemos que algunos miran con cariño a nuestros domésticos o bestias, contamos este cuidado como un testimonio del amor que nos tienen, aunque todas ellas sean cosas que se adquieren por dinero; el que no por dinero, ni por cosa semejante, sino que con su misma muerte compró este rebaño, dando por precio de él su misma sangre, ¿qué dones no tendrá preparados para los que se emplean en apacentarlo?
De aquí es que respondiendo el discípulo: «Tú sabes, Señor, que yo te amo», y poniendo por testigo de su amor al mismo que amaba, el Salvador no se paró aquí, sino que añadió la prueba del amor. No quería manifestar entonces, cuánto era lo que Pedro lo amaba; (porque esto ya se había conocido en muchos lances) sino que quiso, que Pedro, y todos nosotros supiésemos cuánto era lo que él amaba a su Iglesia, para que nos aplicásemos a esto con el mayor esmero.
¿Y cuál fue la causa de no haber perdonado Dios a su Hijo Unigénito,[19]sino que aun siendo único lo entregó? Para reconciliar a aquéllos que eran sus enemigos, y formarse un Pueblo escogido. ¿Y por qué derramó su Sangre? para tener la posesión de aquellas ovejas que encomendó a Pedro y a todos sus sucesores.
Justamente decía Cristo:[20] ¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto para gobernar su casa? He aquí por segunda vez palabras de uno que duda; y el que hablaba, las profería sin dudar. Si no que como cuando preguntando a Pedro, si lo amaba, no lo preguntaba porque necesitase saber el amor del discípulo, sino porque quería manifestar el exceso de su amor: así en nuestro caso, cuando dice: ¿Quién es el siervo fiel, y prudente? no dijo esto porque ignorase quien es este siervo fiel y prudente, sino que quería manifestar lo raro del ministerio, y la grandeza de este grado. Observa ahora cuán grande es el premio: le pondrá en la administración de todos sus bienes. Querrás acaso porfiar aún que yo no he hecho bien en engañarte, debiendo de ser puesto en la administración de los bienes de Dios y practicar aquellas cosas, que practicando Pedro, afirmó el Señor, había de sobresalir entre los demás Apóstoles, diciéndole: Pedro, ¿me amas más que estos? apacienta mis ovejas. Podía muy bien hablarle de esta suerte: si me amas, ayuna, duerme sobre la tierra desnuda, vela sin cesar, asiste a los que padecen injustamente, sé Padre de los huérfanos y sirve de marido a la madre de estos. Ahora, pues, dejadas a un lado todas estas cosas, que es lo que dice: Apacienta mis ovejas.
[18] Joann. XXI. 15.
[19] Rom. VII. 32. Joan. III. 16. Rom. V. 16. tit. II. 14.
[20] Mat. XXIV. 45.



II.
Todas las cosas que acabo de decir pueden fácilmente practicar muchos de aquéllos que son súbditos, y no solamente los hombres, sino también las mujeres; pero cuando se trata de gobernar la Iglesia, y de tomar a su cargo el cuidado de tantas almas, sepárese de la grandeza de este ministerio todo el sexo de aquéllas, y la mayor parte de los hombres, y sean presentados aquéllos que sobresalen entre todos con exceso, y que son tanto más altos que los otros en la virtud del ánimo, cuanto lo era Saúl sobre toda la nación de los hebreos en la altura del cuerpo, y aun mucho más. Ni se busque aquí solamente la medida de la estatura, sino que cuanta es la diferencia que hay de los brutos a las criaturas racionales, otra tanta distancia ha de haber entre el pastor y las ovejas, por no decir, que ha de ser aun mayor, pues el peligro es de cosas mucho mayores. Porque aquél que perdió las ovejas, o porque las cogieron los lobos, o asaltaron los ladrones, o las sorprendió la peste, o alguna otra desgracia de estas, podrá tal vez esperar algún disimulo del dueño del ganado; y cuando éste quiera pedirle satisfacción, el daño se recompensa con dinero. Pero aquél a quien están confiados los hombres, que son el rebaño racional de Cristo, padece en primer lugar el daño, no en el dinero, sino en su misma alma por la pérdida de las ovejas.
Le queda demás de esto una contienda mayor y más difícil: no son lobos a los que ha de hacer frente, ni tiene que recelarse de ladrones, ni que procurar apartar el contagio del rebaño. ¿Pues con quién tiene esta guerra? ¿Con quién debe pelear? Oye al bienaventurado Pablo, que dice:[21]«Nosotros no tenemos guerra con la sangre, y con la carne, sino con los principados, y con las potestades; con los mundanos rectores de las tinieblas de este siglo, contra las espirituales malicias en las partes celestiales». ¿No has visto la terrible muchedumbre de enemigos, los atroces escuadrones, no armados de hierro, sino que en lugar de toda la armadura, tienen bastante con su propia naturaleza? ¿Quieres ver aún otro ejército cruel y fiero que pone asechanzas a este rebaño? Este lo verás desde la misma atalaya. El mismo que habló de aquellas cosas nos muestra estos mismos enemigos, hablando de esta suerte:[22]«Son manifiestas las obras de la carne, las cuales son: la fornicación, el adulterio, la impureza, la deshonestidad, la idolatría, los maleficios, las enemistades, las riñas, los celos, las iras, las contiendas, las detracciones, los chismes, las hinchazones de ánimo, las sediciones, y otras muchas cosas». No las redujo todas a número, sino que dejó que de estas se comprendiesen las demás.
Y por lo que toca al pastor de los irracionales, los que quieren destruir el rebaño, si ven que huye el que lo cuida, no se detienen a combatir con él, sino que se contentan con llevarse el ganado; pero en nuestro caso, aun después de haber cogido todo el ganado, no dejan al que lo apacienta, sino que lo acometen con mayor furia y toman mayor ardor, no desistiendo de su empresa, hasta haberle derribado o quedar ellos vencidos. Se junta a todo esto que las enfermedades de las bestias se conocen fácilmente: ya sea hambre, ya peste, ya herida, o cualquiera otra cosa que las infeste; lo que no sirve de poco alivio para librarlas de los males que las molestan. Y aun se encuentra otra mayor ventaja que esta, la que hace que se apresure la curación del mal. ¿Y cuál es? Que los pastores, con gran potestad, obligan a las ovejas a recibir la curación, cuando de buena voluntad no la admiten: pues sin dificultad las atan cuando conviene aplicar el fuego, o el hierro; y las tienen cerradas mucho tiempo, y las conducen de un pasto a otro y alejan de las aguas, cuando todo esto les es conducente. Del mismo modo sin el menor trabajo aplican todas las otras cosas, que creen pueden conducir para su curación.
[21] Ephes. 6. 12.
[22] Galat. 5. 19. 2. Cor. 12. 20.

III.
Pero por lo que respecta a las enfermedades de los hombres, no es fácil al principio que un hombre las conozca:[23] «Porque ninguno conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está dentro de él». ¿Cómo, pues, podrá uno aplicar el remedio a una enfermedad, cuya condición no conoce, y que muchas veces, ni aun puede saber si está enfermo aquél a quien lo aplica? Aun cuando el mal se manifiesta, no es por eso menor la dificultad. Porque no se pueden curar todos los hombres con la misma facilidad con que cura el Pastor las ovejas. Se puede muy bien atar aquí, apartar del pasto, usar del hierro y del cauterio;[24]pero la libertad de recibir la curación está no en quien aplica la medicina, sino en el enfermo. Conociendo esto aquel varón admirable, decía a los de Corinto:[25]«Nosotros no dominamos vuestra fe, sino que somos cooperadores de vuestro gozo».
Principalmente a los cristianos, es a quienes entre todos es menos permitido el corregir con la fuerza las caídas de los pecadores. Los jueces externos,[26]cuando cogen a los delincuentes que han faltado contra las leyes, ejercitan su gran poder, y por fuerza los obligan a mudar de costumbres. Pero en nuestro caso, las persuasiones, y no la fuerza son las que han de mejorar a este hombre. Porque ni las leyes nos han dado facultad tan grande para reprimir a los delincuentes; y aunque nos la hubieran dado, no tendríamos ocasión en que emplear esta autoridad; porque Dios corona a aquéllos que se abstienen del pecado por elección, y no por necesidad.
De aquí es que se necesita una gran habilidad para que los que están enfermos puedan ser persuadidos a que voluntariamente se sujeten a la curación de los sacerdotes; y no solamente esto, sino que conozcan la gracia que reciben en curarlos. Y si alguno, estando atado, él mismo se golpea, (pues está en su mano el hacerlo) hará el mal más incurable; y si no hiciere caso de las palabras que cortan a semejanza de cuchillo, con este desprecio añadirá otra herida, y la ocasión de la cura vendrá a ser materia de enfermedad más difícil; pues no hay alguno que le obligue, ni que pueda contra su voluntad curarle.
[23] I Cor. 2. 11.
[24] Estas palabras se explican mas abajo y no perjudican a lo que sienta poco después.
[25] 2. Cor. I. 23.
[26] Esto es seculares.

IV.
¿Qué es, pues, lo que aquí se puede hacer? Si te portas con demasiada blandura con aquél que necesita de mucho rigor, y no dieres el corte profundo a quien tiene necesidad de esto, cortarás una parte de la herida, y dejarás otra: y si dieres sin misericordia un corte justo, sucederá muchas veces, que exasperado aquél de dolor, arrojándolo todo desconsideradamente, la medicina y la ligadura, se precipitará a sí mismo, haciendo pedazos el yugo y rompiendo las ataduras.
Pudiera contarte aquí muchos$que llegaron a los últimos males por haberles aplicado las penas que merecían sus delitos; porque no se debe aplicar sin consejo el castigo a proporción de las culpas, sino que es necesario explorar primero el ánimo de los que pecan, no sea que queriendo reparar lo que está roto, lo hagas más irreparable, y queriendo levantar lo caído des ocasión a otra mayor caída.
Los que son débiles, y relajados, y que por la mayor parte se hallan entregados a los placeres del mundo, y que pueden blasonar no poco por su nobleza y poder, reduciéndolos blandamente, y poco a poco, a que reconozcan sus pecados, podrán, ya que no en todo, a lo menos en parte, librarse de los males que los aprisionan; pero si alguno sin medida aplicare la corrección, los privará aun de aquella menor enmienda.
El ánimo, pues, cuando una vez ha sido obligado a pasar los límites de la vergüenza, cae en la indolencia, y después no cede a razones suaves, ni se dobla por amenazas, o mueve con los beneficios, sino que viene a hacerse peor que aquella ciudad, a quien reprobando el profeta, decía:[27] «Te has hecho semejante a una ramera; has perdido con todos la vergüenza».
De aquí es, que el pastor necesita de mucha prudencia y de mil ojos para considerar por todas partes el estado de un alma; porque así como muchos se inquietan hasta el extremo de una locura, y caen en una desesperación de su salud, por no poder sufrir los remedios ásperos; así también hay otros que, por no haber pagado el castigo correspondiente a sus delitos, se entregan al desprecio y descuido, y se hacen mucho peores, y son como llevados por la mano a cometer mayores excesos. Conviene, pues, no dejar cosa alguna de estas sin examen. Después de haberlas considerado todas con la mayor atención, ha de aplicar todo cuanto esté de su parte el Sacerdote, para que su cuidado no le salga inútil. Y no solamente para esto, sino para reunir los miembros que están separados de la Iglesia, conocerá cualquiera que tiene mucho que hacer; porque un pastor de ovejas tiene su rebaño, que le sigue por cualquier parte que lo guíe: y si algunas se extraviaren del camino recto, y dejados los pastos buenos, se apacientan en lugares estériles y escabrosos, le basta gritar con fuerza para reducir de nuevo, y hacer volver al rebaño la que se había separado. Pero si un hombre se apartare de la verdadera creencia necesita el pastor de mucha industria, constancia y paciencia; porque no podemos traerle por fuerza, ni obligarle con el temor, sino que es necesario con persuasiones hacer que vuelva a la verdad, de donde desde el principio se había extraviado. Se requiere, por tanto, un ánimo generoso para no desfallecer, ni desesperar de la salud de los que andan perdidos; de suerte, que continuamente vayan rumiando y diciendo aquéllo:[28]«Mira no sea que Dios les de arrepentimiento, para que conozcan la verdad, y queden libres de los lazos del demonio». Por esto mismo, hablando el Señor con sus discípulos, les dijo:[29]«¿Quién es el siervo fiel, y prudente?»
Porque aquél que atiende a perfeccionarse a sí mismo, reduce solamente a sí toda la utilidad; pero el provecho del ministerio pastoral se extiende a todo el pueblo. Y aquél que distribuye el dinero a los necesitados, y que por otra parte defiende a los que padecen injustamente, en la realidad no deja de aprovechar a sus prójimos, pero tanto menos que un sacerdote, cuanta es la distancia que hay entre el cuerpo y el alma. Justamente dijo el Señor, que el cuidado de su rebaño es una señal de amor hacia él.
¿Pues qué, tú no amas a Cristo? dijo Basilio.
Juan: Yo le amo, y nunca dejaré de amarlo; pero temo enojar al mismo que amo.
Basilio: ¿Y qué enigma más oscuro que éste? porque si Cristo ha ordenado que apaciente sus ovejas aquél que le ama, ¿cómo dices que tú no las apacientas, porque amas al mismo que manda esto?
Juan: No es enigma, respondí, este modo de hablar, sino muy claro, y sencillo. Porque si yo, hallándome con las fuerzas suficientes que Cristo pide para administrar este cargo, con todo lo rehusase, podías, en tal caso, dudar de lo que digo; pero haciéndome inútil para tal ministerio la debilidad de mi ánimo, ¿qué duda puede quedar de mis palabras? Temo, pues, no suceda, que recibiendo el rebaño de Cristo, grueso, y bien alimentado, por mi falta de experiencia lo eche a perder, irritando contra mí a un Dios, que lo ama con tanto extremo, que se dio a sí mismo por precio de su salud, y redención.
Basilio: ¿Te burlas cuando dices esto? porque si hablas de veras, yo no sé verdaderamente con qué otras razones podrías probar mejor ser justo mi sentimiento que con las que has procurado apartar de mí esta tristeza; porque yo, aunque desde el principio he visto muy bien que he sido engañado, y vendido por ti; pero ahora que has querido dar satisfacción a mis cargos, conozco y entiendo mucho más claramente en qué abismo de males me has metido; porque si tú has huido de este ministerio por el conocimiento que tenías de que tu ánimo no podría sufrir el peso de este cargo, debías haberme librado de él a mi el primero; y esto, aun en el caso de haber yo manifestado mucho deseo de alcanzarlo, y no en el de haber puesto en tus manos todas mis deliberaciones. Pero ahora veo, que atendiendo solo a tu comodidad, has olvidado enteramente la mía. ¡Y ojalá fuera sólo haberla olvidado; así me daría por contento! Pero me has puesto asechanzas, para que con mayor facilidad me pudiesen coger los que quisieran hacerlo.
Ni tienes que recurrir a la disculpa de haber sido engañado del concepto de muchos, por el cual quedaste persuadido de algunas grandes y admirables prerrogativas que en mí hayan hallado; porque yo no puedo entrar en el número de los que pueden ser admirados o llamarse ilustres; y aunque todo esto fuera así, debía prevalecer en tu estimación la verdad a la opinión del vulgo. Si yo nunca te hubiera dado pruebas de lo mismo, por mi trato, podía quedarte algún pretexto razonable para haber sentenciado, siguiendo la opinión del vulgo; pero si ninguno ha sabido tan bien todas mis cosas, antes bien tenías conocido mi ánimo, mejor aun que los mismos que me engendraron, y criaron, ¿qué razón probable podrás dar, con que puedas persuadir a los que te oigan, que tú involuntariamente me has puesto en este peligro? Pero dejemos a un lado todo esto, porque yo no intento obligarte a responder sobre ello. Dime solamente, ¿qué excusa hemos de dar a los que nos culpan?
Yo no pasaré antes, le respondí, a hablar de estas cosas, sin que primero dé satisfacción a las que pertenecen a ti, aunque tú mil veces quieras librarme de responder a tus cargos.
Tú dices, que por la ignorancia podía tener algún perdón, y aun quedar libre de todo cargo, si ignorante de tus cosas, te hubiera reducido a estos términos; pero que por haberte entregado, no ignorante, sino bien informado de todas ellas, no me queda algún pretexto razonable con qué defenderme justamente. Pues yo digo todo lo contrario. ¿Y por qué? porque semejantes cosas necesitan de mucha consideración; y aquél, que debe dar un sujeto idóneo para el sacerdocio, no ha de atender sólo a la fama, y opinión del pueblo, sino que juntamente con ella, se debe, sobre todo, informar del modo de portarse de aquel sujeto.
Diciendo el bienaventurado San Pablo:[30] «Conviene que tenga también un buen testimonio de aquéllos que son de fuera», no quita el diligente, y cuidadoso examen, ni lo pone como principal indicio de semejante pesquisa; porque habiendo apuntado antes otras muchas circunstancias, añade por último ésta, manifestando que no le debe bastar ésta sola para tales elecciones, sino que necesita acompañarla con las otras; porque sucede, no pocas veces, ser falsa la opinión del vulgo. Pero cuando han precedido unas pruebas diligentes, no queda que temer para lo sucesivo algún peligro por aquélla. De aquí es, que después de otras muchas calidades, añade el testimonio de los extraños; porque no dijo simplemente, conviene que tenga un buen testimonio, sino que insertó la voz, también, queriendo significar, que antes de la opinión de los extraños, se debe hacer una inquisición diligente de su persona. Justamente, pues, por esto; esto es, por saber yo todas tus cosas, mejor aun que los mismos que te engendraron, como tú mismo has confesado, sería justo que yo quedase libre de toda culpa.
Basilio: Justamente por esto, dijo Basilio, no podrás ser absuelto si alguno quisiere acusarte. ¿No te acuerdas, y no me has oído decir frecuentemente, y por las mismas obras has podido conocer cuán poca es la fortaleza que se halla en mi alma? ¿No me has burlado continuamente como a hombre de poco espíritu, porque yo, fácilmente, al menor contratiempo perdía el ánimo? Juan. Bien me acuerdo, respondí yo, haberte oído muchas veces semejantes discursos, ni yo lo negaría: pero si alguna vez me he burlado de ti, ha sido por chanza, y no seriamente.
[27] Jerem. 3. 3.
[28] 2. Tim. 2. 25.
[29] Mat. 24. 45.
[30] I Tim. III.

V.
Al presente no es mi ánimo altercar contigo sobre este punto. Te pido sí, que uses conmigo de igual sinceridad, cuando yo quiera hacer memoria de alguna de las cosas buenas que en ti se hallan; porque aunque tú pretendas redarguirme de que falto a la verdad, no me detendré en demostrar, que tú más hablas así por modestia que por hacerla obsequio: y para confirmación de lo dicho, no me valdré de otro testimonio, que del de tus mismas palabras y de tus hechos.
Quiero, en primer lugar, que me respondas a esto: ¿sabes bien cuál es la fuerza del amor? Cristo, dejando a un lado todos los milagros que debían ser obrados por los apóstoles dijo:[31]«En esto conocerán los hombres, que vosotros sois mis discípulos, en que os amáis mutuamente». Y Pablo dice:[32]«Que el cumplimiento de la ley es el amor»; y que faltando éste, son inútiles todos los dones de Dios. Este singular bien, este distintivo de los discípulos de Cristo, y que se pone sobre todos los dones divinos, lo he visto fuertemente plantado en tu alma, y brotar frutos muy copiosos.
Yo confieso, respondió Basilio, que no es pequeño el cuidado que tengo sobre este punto; y confieso también, que pongo la mayor atención en este mandamiento; pero que yo, ni aun la mitad de él haya cumplido, tú mismo podrás ser buen testigo, si dejando a un lado toda lisonja, quisieres hacer honor a la verdad.
[31] Joan. 13. 35.
[32] I Cor. 13. 3.

VI.
Juan. Con que me volveré, dije, a los argumentos, y cumpliré ahora lo que te tengo amenazado, manifestando, que tú más das a la modestia, que a la verdad. Contaré un caso que sucedió poco hace tiempo, para que ninguno tenga que sospechar que trayendo aquí cuentos viejos, intento, por el mucho tiempo que ha pasado, oscurecer la verdad; no permitiendo ésta, que yo añada alguna cosa aun a lo que dijese sólo por gusto.
Cuando uno de nuestros confidentes fue, por calumnia, acusado de ultraje y de soberbia, se vio en el último peligro; tú entonces, sin que ninguno te llamase a la causa, y sin que te lo rogase el mismo que había de peligrar, tú mismo te arrojaste en medio de los peligros. El hecho fue de esta suerte.
Y para convencerte con tus mismas palabras, haré también aquí memoria de lo que tú dijiste. Porque no faltando unos que desaprobaban aquel ardor tuyo, y otros, que por el contrario lo alabasen, y admirasen: «¿Qué otra cosa, pues, debo yo hacer?» Dijiste a los que reprendían tu conducta; yo no sé amar de otra suerte, sino es ofreciendo mi vida, cuando fuere necesario, para salvar alguno de mis amigos. Repetiste, aunque con diferentes palabras, pero en el mismo sentido, lo que Cristo dijo a sus discípulos, queriendo señalar los términos de un perfecto amor:[33]«Ninguno tiene, dijo, mayor caridad que ésta; que es poner su propia vida por sus amigos». Pues si no se puede encontrar mayor que ésta, llegaste ya al término de ella, y por lo que ejecutaste, y dijiste, has llegado ya a la cumbre. Este es el motivo que he tenido para haberte vendido, y por esto he urdido aquel engaño. ¿Quedas ahora persuadido, que ni por mala voluntad, ni por querer ponerte en peligro, sino por saber que serías muy útil, te hemos traído a este estadio?
Basilio: ¿Y piensas tú, dijo, que pueda ser bastante la fuerza del amor para la corrección de lo prójimos?
Juan: Sin duda, respondí, que puede éste contribuir en mucha parte para esto; y si quieres que yo produzca aquí también pruebas de tu prudencia, pasemos a hablar de ésta, y manifestemos, que eres aun más prudente que amante.
Basilio se sonrojó al oír estas razones, y cubierto su rostro de vergüenza dijo: déjense ahora a un lado nuestras cosas, porque yo ya desde el principio no te he pedido cuenta de ellas. Si tienes alguna causa razonable con qué poder responder a los de fuera, de ésta te oiría hablar con mucho gusto. Por lo que omitido este inútil contraste, dime qué defensa podré yo alegar a los otros, tanto a los que nos han hecho este honor, como a los que se compadecen de ellos, como ultrajados por nosotros?
[33] Joan. 15. 3.

VII.
Juan: Yo ya, respondí, me apresuraba a llegar a esto; porque concluido el discurso por lo que pertenece a ti, fácilmente me volveré también a esta parte de defensa. ¿Qué es, pues, en lo que estos nos acusan, y cuáles son los delitos?
Basilio: Dicen que nosotros los hemos injuriado, y que han recibido un ultraje muy grave, porque no hemos aceptado la honra que nos han querido hacer.
Juan: Pues yo, lo primero que digo, es, que no se debe hacer caso de la injuria que resulta a los hombres, cuando por conservarles el honor, nos vemos obligados a ofender a Dios.
Ni puedo tampoco creer, que puedan, sin peligro, indignarse los que llevan esto mal; antes bien estoy persuadido, que encierra en sí un gravísimo daño: Porque aquéllos que están dedicados a Dios, y que miran a él solo en todas sus acciones, deben estar tan religiosamente dispuestos, que no cuenten por injuria una cosa de esta clase; y esto, aunque mil veces fueran ultrajados. Pero que yo, ni aun por pensamiento, haya tenido semejante atrevimiento, lo puedes conocer de lo que diré: Si yo por soberbia, o por vanagloria (de lo que tú has dicho, que con frecuencia nos calumnian muchos), hubiera venido a esto, sería, sintiendo con mis acusadores, uno de los que hubieran faltado más gravemente, por haber despreciado a unos varones grandes, y admirables, y sobre todo nuestros bienhechores. Y si es digno de castigo el ofender a aquél que no te ha ofendido, ¿cuánta pena merecerá el corresponder con obras contrarias, a los que por sí mismos se movieron a honrarnos? ni alegue alguno, que por haber recibido de mí algún beneficio, o grande o pequeño, han querido premiar este servicio.
Ni aun en tiempo alguno nos ha pasado semejante cosa por el pensamiento; antes bien, hemos huido tan grave carga por otro fin muy diverso; ¿por qué, ya que no nos perdonan, no quieren aprobar mi hecho? sino que nos acusan de que hemos mirado por nuestra alma.
Yo, pues, he estado tan distante de injuriar a tales varones, que por el contrario, estoy por decir, que han recibido de mí un gran honor, con rehusar el que me hacían; y no te admires, si te parece alguna paradoja lo que digo: oirás muy prontamente la razón de todo esto.
En este caso, ya que no todos, a lo menos, algunos que encuentran su gusto en maldecir, hubieran tenido ocasión de sospechar y de hablar muchas cosas de mi, que era el ordenado, y también de los que me habían elegido. Dirían, que atendiendo a las riquezas, y admirando la nobleza de la cuna, y lisonjeados por mí, me habían promovido a este grado; y no me atrevo a asegurar, si se hallaría tal vez alguno, que sospechase haber sido inducidos por dinero. Cristo, añadirían, ha llamado a esta dignidad pescadores, artífices de tiendas, y publicanos; pero estos no se dignan admitir a los que se mantienen con su trabajo cotidiano: y si encuentran alguno que se haya aplicado a las letras humanas, y que pase en ocio toda la vida, a este alaban, y a este admiran. ¿Por qué, pues, desprecian a los que han sufrido innumerables sudores en utilidad de la Iglesia, y en un punto han elevado a semejante honor, al que ni aun ligeramente ha gustado jamás alguno de estos trabajos, sino que ha gastado toda su vida en la vana aplicación a las ciencias profanas?

VIII.
Estas, y otras muchas cosas hubieran podido decir, si hubiéramos admitido esta dignidad, pero no al presente; pues con esto se les ha cortado todo pretexto de maldecir. Ni pueden acusarme de adulación, ni tampoco a aquéllos de haber recibido regalos, sino es que haya algunos, que voluntariamente quieran dar en semejante manía. ¿Cómo puede componerse, que el que sigue la adulación, y gasta el dinero por llegar a un puesto de honor cuando está a punto de conseguirlo, lo ceda a los otros? Esto sería lo mismo, que si un hombre después de haber tolerado muchos trabajos en cultivar la tierra, para que la mies viniese cargada de mucho fruto y el vino rebosase en los lagares después de innumerables fatigas y excesivo gasto de dineros; cuando llegase el tiempo de segar, y de recoger la uva, dejase a los otros la cosecha de los frutos.
¿Ves como en este caso, aunque sus discursos fueran muy distantes de la verdad, con todo quedaba algún pretexto a los que quisieran calumniarlos de haber hecho la elección sin un recto discernimiento de razón? pero ahora no les hemos dejado lugar para respirar, ni aun para abrir simplemente la boca.
Estas, y aun otras cosas mucho mayores hubieran dicho en el principio; pero después de haber comenzado a ejercitar el ministerio, no hubiéramos bastado a defendernos cada día de los acusadores; y esto, aunque en todo nos hubiéramos portado irreprensiblemente, ¿qué sería cuando por la poca experiencia, y por la corta edad nos hubiéramos visto obligados a errar en muchas cosas?
En nuestro caso los hemos librado de este cargo; y en el otro, los hubiéramos expuesto a innumerables oprobios. Quién en tal caso no hubiera dicho: han fiado a muchachos sin juicio cosas grandes, y maravillosas; han destruido el rebaño de Dios. ¿Las cosas de los cristianos, se han convertido en juegos de niños, y en irrisión?
Pero ahora[34]toda la iniquidad cerrará su boca. Y si por lo que toca a ti dijeren todas estas cosas, prontamente los harás conocer por las obras, que ni la prudencia se mide por la edad, ni se hace prueba por las canas de la vejez; ni se debe apartar enteramente al joven de tal ministerio, sino sólo al que es neófito, habiendo entre uno y otro grandísima diferencia.
[34] Ps. 106. 42.

LIBRO III

I.
Para probar que no hemos rehusado este honor con ánimo de injuriar a los que nos han honrado, ni pretendiendo por esto hacerles algún ultraje, pudiéramos alegar lo que dejamos dicho. Pero que tampoco lo hemos rehusado, arrebatados de alguna especie de soberbia, procuraré ahora, en cuanto me sea posible, hacerlo también patente; porque si se dejara a mi elección el aceptar un gobierno militar, o un reino, y yo abrazara este sentimiento, con razón podría alguno sospechar esto de mí; o en tal caso, ninguno me culparía de soberbia, sino que todos me tendrían por un loco.
Pero proponiéndoseme el sacerdocio, que es tanto más excelente que un reino, cuanta es la distancia que hay entre el espíritu, y la carne; ¿tendrá alguno el atrevimiento de acusarme de soberbia? ¿No es, pues, una cosa absurda, tratar, y acusar como a locos a los que desprecian cosas de poca monta, y a los que hacen esto con otras de mucho mayor consideración, absolviéndolos de locura, acusarlos de soberbia? Esto es lo mismo que tratar, no como a soberbio, sino como a hombre privado de sentido, a aquél que rehusara gobernar una torada, y que no quisiera ser vaquero; y que del que se negase a recibir el imperio de todo el mundo, y el mando de todos los ejércitos de la tierra, se asegurase, no que estaba loco, sino poseído de soberbia.
Pero no, no es esto así: los que hablan de este modo, se desacreditan más a sí mismos, que a nosotros; porque el pensar solamente que la naturaleza humana pueda despreciar tan gran dignidad, es un indicio suficiente de la opinión que tienen de ella, los que profirieron esto: porque si no la tuvieran por una cosa de poca consideración, y monta, de ningún modo les hubiera venido al pensamiento una sospecha semejante. ¿Cuál es, pues, la causa, de que ninguno jamás ha tenido el atrevimiento de formar semejante pensamiento sobre la naturaleza de los ángeles, y de decir, que hay un alma humana, que por soberbia no se dignaría de aspirar a la dignidad de aquella naturaleza? Son grandes las cosas que nos figuramos de aquellas potestades; y esto no nos permite creer, que pudiese el hombre pensar cosa mayor que aquel honor: por tanto, con más razón pudiera alguno acusar de soberbia a nuestros mismos acusadores; porque no podrían sospechar de los otros una cosa como ésta, si ellos primero no la despreciasen como de ningún valor.

II.
Si después dicen que hemos hecho esto, atendiendo a la gloria, se manifestarán repugnantes, y que se contradicen a sí mismos. A la verdad, yo no sé qué otras razones más eficaces que estas podrían alegar, si quisieran defendernos de ser acusados de vanagloria.
Si hubiera entrado en mi ánimo semejante deseo, debía yo antes haberlo aceptado, que rehusado; ¿y por qué? porque de esto me hubiera resultado mucha gloria. Porque hallándome en tal edad, y que hace poco aparté de mí los pensamientos del siglo, si de repente hubiera comparecido para con todos tan admirable, que pudiese ser preferido a los que han consumido toda su vida en tan grandes fatigas, y hubiese tenido más votos que ellos, ¿no hubiera sido ésta una cosa, que a todos los hubiera movido a pensar, que en mí se hallaban prerrogativas tan grandes y admirables, y que me hubiera granjeado el respeto, y veneración de todos? Pero ahora, a excepción de algunos pocos, la mayor parte de la Iglesia no me conoce, ni aun por el nombre; de modo, que no todos saben, sino algunos pocos, que yo lo haya rehusado; y de estos, no creo que todos sepan la verdad del hecho. Y aun es verosímil, que muchos se persuadirán, que, o no hemos sido elegidos, o que después de la elección, se nos ha removido por habernos juzgado incapaces, y no que voluntariamente nos hemos retirado.

III.
Basilio: Bien está esto: pero aquéllos que están informados de la verdad, no podrán menos de admirarse.
Juan: Pero estos, tú decías, que nos acusaban de vanagloria, y de soberbia. ¿De dónde, pues, podemos prometernos alabanzas? ¿del vulgo? éste no sabe bien la verdad del hecho. ¿De algunos pocos? pero aun en este caso nos ha salido todo al contrario. Ni tú por otro motivo has entrado en este discurso, sino por saber qué podríamos responder a éstos. ¿Mas por qué trato estas cosas con tanta sutileza? Aunque todos supiesen la verdad, quiero que esperes un poco, y que conozcas claramente, que ni aun así debíamos ser condenados de soberbia, o de vanagloria.
Fuera de esto, verás también claramente, que no es pequeño el peligro que amenaza, no sólo a los que tengan semejante atrevimiento, si es que se encuentra alguno, que no me lo puedo persuadir, sino también a los que tienen esta sospecha de los otros.

IV.
Porque el sacerdocio se ejercita en la tierra, pero tiene la clase de las cosas celestiales, y con razón; porque no ha sido algún hombre, ni ángel, ni arcángel, ni alguna otra potestad creada, sino el mismo Paráclito el que ha instituido este ministerio, y el que nos ha persuadido, a que permaneciendo aun en la carne, concibiésemos en el ánimo el ministerio de los ángeles.
De aquí resulta, que el sacerdote debe ser tan puro, como si estuviera en los mismos cielos entre aquellas potestades. Terribles a la verdad, y llenas de horror eran las cosas que precedieron el tiempo de la gracia, como las campanillas,[35]las granadas, las piedras preciosas en el pecho, y en el humeral, la mitra, la cidaris, o tiara, el vestido talar, la lámina de oro, el sancta sanctorum, y la gran soledad[36] que se observaba en lo interior de él. Pero si alguno atentamente considerase las cosas del Nuevo Testamento, hallará, que en su comparación son pequeñas aquéllas tan terribles y llenas de horror, y que se verifica aquí lo que se dijo de la ley:[37]«Que no ha sido glorificado el que lo ha sido en esta parte por la gloria excelente».
Porque cuando tú ves al Señor sacrificado y humilde, y el sacerdote que está orando sobre la víctima, y a todos teñidos de aquella preciosa sangre; ¿por ventura crees hallarte aún en la tierra entre los hombres, y no penetras inmediatamente sobre los cielos, y apartado de tu alma todo pensamiento carnal, con un alma desnuda, y con un pensamiento puro no registrar las cosas que hay en el cielo?
¡Oh maravilla! ¡oh benignidad de Dios para con los hombres! ¿Aquél que está sentado en el cielo juntamente con el Padre, en aquella hora es manoseado de todos, y se da a sí mismo a todos los que quieren, para que lo estrechen, y abracen? y esto lo hacen todos con los ojos de la fe:
¿Te parecen, por ventura, dignas de desprecio estas cosas, o ser tales, que alguno pueda levantarse contra ellas? ¿Quieres también por otra maravilla conocer la excelencia de este sacrificio? Ponme delante de los ojos a un Elías,[38]y una innumerable muchedumbre que le cerca, la víctima puesta sobre las piedras, y a todos los otros en una gran quietud y silencio, y sólo al profete en oración: después, en un punto, el fuego que se desprende de los cielos sobre la víctima: maravillosas son estas cosas, y llenas de pasmo.
Pasa después de allí a las que se hacen al presente, y las encontrarás, no sólo maravillosas, sino que exceden todo asombro. Se presenta, pues, el sacerdote, no haciendo bajar fuego del cielo, sino al Espíritu Santo; y permanece en oración, no para que consuma las cosas propuestas una llama encendida en lo alto, sino para que descendiendo la gracia sobre la víctima, por medio de ella se enciendan los ánimos de todos, y queden más brillantes que la plata purificada en el fuego. ¿Quién, pues, podrá despreciar este tremendo misterio, si no es que sea enteramente furioso, o que estuviere fuera de sí? ¿Ignoras, acaso, que el alma humana no pudiera sufrir aquel fuego del sacrificio, sino que todos serían enteramente destruidos sin un fuerte auxilio de la divina gracia?
[35] Exod. 28. Véase la misteriosa explicación de todos estos ornamentos en Agustín Calmet y en el Tabernaculum foederis de Bernardo Lamy.
[36] Sólo el Sumo Sacerdote entraba una vez al año en lo interno del Santuario, en la Fiesta de la Expiación.
[37] II Cor. III. 10.
[38] 3 Reg. 18. f.

V.
Porque si alguno considerase atentamente lo que en sí es, el que un hombre envuelto aún en la carne y en la sangre, pueda acercarse a aquella feliz e inmortal naturaleza; se vería bien entonces, cuán grande es el honor que ha hecho a los sacerdotes la gracia del Espíritu Santo. Por medio, pues, de éstos se ejercen estas cosas y otras también nada inferiores, y que tocan a nuestra dignidad y a nuestra salud. Los que habitan en la tierra, y hacen en ella su mansión, tienen el encargo de administrar las cosas celestiales y han recibido una potestad que no concedió Dios a los ángeles ni a los arcángeles; porque no fue a estos a quienes se dijo:[39]«Lo que atáreis sobre la tierra, quedará también atado en el cielo, y lo que desatáreis, quedará desatado». Los que dominan en la tierra tienen también la potestad de atar, pero solamente los cuerpos; mas la atadura de que hablamos, toca a la misma alma y penetra los cielos; y las cosas que hicieren acá en la tierra los sacerdotes, las ratifica Dios allá en el cielo, y el Señor confirma la sentencia de sus siervos.
¿Y qué otra cosa les ha dado, sino toda la potestad celestial?[40]«De quien perdonáreis, dice, los pecados, le son perdonados, y de quien los retuviereis, les son retenidos». ¿Qué potestad puede darse mayor que ésta?[41] «El Padre ha dado al Hijo todo el juicio». Pero veo que toda esta potestad la ha puesto el Hijo en manos de éstos. Como si hubieran sido ya trasladados a los cielos, y levantándose sobre la humana naturaleza, y libres de nuestras pasiones, así han sido ensalzados a tan gran poder.
Fuera de esto, si un rey hiciese tal honra a uno de sus súbditos, que a su voluntad encarcelase, o por el contrario librase de las prisiones a todos los que quisiese, ¿no sería éste mirado como feliz, y con respeto por todos? ¿Y el que ha recibido de Dios tanto mayor potestad, cuanto es más precioso el cielo que la tierra, y las almas que los cuerpos, podrá parecer a algunos que ha recibido una honra de tan poca consideración, que pueda, ni aun pasarles por el pensamiento, que a quien se confiaron estas cosas, pueda despreciar el beneficio? ¡Oh, vaya fuera semejante locura!
Lo sería, sin duda, manifiesta el despreciar una dignidad tan grande, sin la cual no podemos conseguir, ni la salud, ni los bienes que nos están propuestos.[42]Porque ninguno puede entrar en el reino de los cielos, si no fuere reengendrado por el agua, y por el espíritu.[43] Y aquél que no come la carne del Señor, y no bebe su sangre, es excluido de la vida eterna. Ni todas estas cosas se hacen por medio de algún otro, sólo por aquellas santas manos; quiero decir, por las del sacerdote, ¿Cómo, pues, podrá alguno, sin estos, escapar del fuego del infierno, o llegar al logro de las coronas que están reservadas?
Estos pues son a quienes están confiados los partos espirituales y encomendados los hijos que nacen por el bautismo. Por estos nos vestimos de Cristo y nos unimos con el Hijo de Dios haciéndonos miembros de aquella bienaventurada cabeza; de modo que para nosotros justamente han de ser mas respetables, no sólo que los potentados y que los reyes, sino aun que los mismos padres; porque estos nos han engendrado de la sangre y de la voluntad de la carne, pero aquéllos no son autores del nacimiento de Dios y de aquella dichosa regeneración de la verdadera libertad y de la adopción de hijos según la gracia.
[39] Mat. 18. 18.
[40] Joan. 20. 23.
[41] Jo. V. 22.
[42] Joan. 3. 5.
[43] Jo. 4. 52.

VI.
Los sacerdotes[44]de los judíos tenían potestad de curar la lepra del cuerpo, mejor diré, no de librar, sino de aprobar solamente a los que estaban libres de ella. Y tú no ignoras con qué empeño era apetecido entonces el estado sacerdotal. En cambio nuestros sacerdotes han recibido la potestad de curar, no la lepra del cuerpo, sino la inmundicia del alma; no de aprobar la que está limpia, sino de limpiarla enteramente.
De modo que los que a estos desprecian, son mucho más execrables y merecen mayor castigo que Dathan y quienes le siguieron.[45]Aunque aquéllos pretendían una dignidad que no les correspondía, tenían de ella al mismo tiempo una opinión maravillosa, lo que manifestaron con el mismo hecho de desearla tan ardientemente. Éstos en cambio, en el tiempo en que el sacerdocio se halla en un grado de tanto honor y ha tomado tan gran incremento, han manifestado un atrevimiento mucho mayor que aquéllos, aunque de diverso modo. Porque no es lo mismo, por lo que toca a razón de desprecio, el desear un honor que no te conviene, o el despreciarlo; sino que esto es tanto peor que aquéllo cuanta es la diferencia que hay entre el despreciar una cosa y admirarla. ¿Cuál es, pues, aquella alma desgraciada, que desprecie bienes tan grandes? yo no diré que hay alguna, sino es que fuere agitada de un furor diabólico.
Pero nuevamente vuelvo al lugar de donde salí. No solamente por lo que toca a castigar sino también para beneficiar, dio Dios mayor potestad a los sacerdotes que a los padres naturales. Y hay entre unos y otros tan gran diferencia como la que hay entre la vida presente y la venidera; porque aquéllos nos engendran para ésta, y éstos para aquélla. Aquéllos no pueden librar a sus hijos de la muerte corporal, ni defenderlos de una enfermedad que los asalte; pero estos han sanado muchas veces nuestra alma enferma y vecina a perderse, haciendo a unos la pena más llevadera y preservando a otros desde el principio para que no cayesen; y no solamente enseñándoles y amonestándoles, sino también socorriéndolos con oraciones. Y esto, no sólo cuando nos vuelven a engendrar, sino porque después de esta generación, conservan la potestad de perdonarnos los pecados. [46] ¿Enferma alguno entre vosotros? llame a los ancianos de la Iglesia, y estos rueguen sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si hubiere hecho pecados, le serán perdonados. Fuera de esto, los padres naturales, si sus hijos ofenden a algún gran príncipe, o potentado, en nada los pueden favorecer; porque los sacerdotes los han reconciliado, no con los príncipes, o con los reyes, sino con el mismo Dios enojado. ¿Y habrá alguno, después de todas estas cosas, que se atreva a acusarnos de soberbia?
Yo creo que, por lo que dejo dicho, quedarán las almas de los que me escuchen tan ocupadas de religioso temor, que no condenarán de soberbia o atrevimiento a aquéllos que huyen, sino quienes por sí mismos se apresuran a procurar este honor. Porque si aquéllos a quienes se encomendó el gobierno de las ciudades las arruinaron cuando no se han portado con la mayor prudencia y cautela, y se perdieron a sí mismos, ¿cuánta virtud, tanto propia como sobrenatural, te parece que necesita para no errar aquél a quien tocó por suerte el adornar la Esposa de Cristo?
[44] Lev. 14.
[45] Numer. 16. Estos fueron Core y Abiron, los cuales movieron una sedición contra Moisés y Aarón, pretendiendo serles iguales; pero la tierra, que se abrió bajo de sus pies y los tragó vivos, castigó su soberbia.
[46] Jacob. V. 14.

VII.
Ninguno amó más a Cristo que San Pablo, ninguno dio muestras de mayor cuidado que él, ninguno fue hecho digno de mayor gracia. Con todo, después de tantas prerrogativas, teme aún y tiembla por esta potestad y por aquéllos que le están encomendados. [47] «Temo, dice, no sea que como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así se aparten vuestros pensamientos de aquella simplicidad que teníais para con Cristo». Y en otro lugar:[48] «He estado con grande temor, y temblor por lo que toca a vosotros». Un hombre arrebatado al tercer Cielo, y hecho participante de los Arcanos de Dios, y que sufrió tantas muertes como días vivió después de su conversión; un hombre que no quiso usar de la potestad que había recibido de Cristo, para que no se escandalizase alguno de los fieles.: Si él, que aun se excedía en la custodia de los divinos mandamientos, y que de ningún modo buscaba lo que era suyo sino el bien de sus súbditos estaba siempre con tanto temor cuando volvía la consideración a la grandeza de este ministerio, ¿qué será de nosotros, que frecuentemente sólo buscamos nuestros intereses, que no sólo no sobrepasamos los divinos mandamientos sino que por la mayor parte no los cumplimos?[49] ¿Quién, dice él, enferma, y yo no enfermo? ¿quién se escandaliza, y yo no me siento abrasar? Tal ha de ser necesariamente el sacerdote, y no solamente así; porque estas cosas son de poca, o de ninguna consideración, respecto de las que diré.
¿Y cuáles son estas?[50] Yo deseaba, dice, ser anatema de Cristo por mis hermanos unidos a mí según la carne. Si alguno puede proferir semejante palabra, si alguno tiene un alma que toque en este deseo, merece justamente ser reprendido, si es que huye. Pero si alguno se halla tan necesitado de esta virtud como yo me hallo, justo es que sea abominado, no cuando huye sino cuando acepta. Porque si se propusiese la elección para una dignidad militar, y los que hubieran de conceder este honor, poniendo en medio un herrero, o un zapatero, u otro artesano de esta clase, le confiasen el mando del ejército, yo no alabaría a este infeliz, si no huyera e hiciera cuanto estuviera de su parte, para no caer en una ruina inevitable; porque si basta simplemente el ser llamado pastor, y desempeñar de cualquier modo que sea este ministerio, ni en este se encuentra peligro alguno, puede enhorabuena acusarnos de vanagloria todo aquél que quisiere.
Pero si el que toma sobre sí este cuidado necesita tener una gran prudencia, y aun más que ésta, una gracia muy grande de Dios, rectitud de costumbres, pureza de vida, y mayor virtud que la que puede hallarse en un hombre, ¿me negarás el perdón, porque no he querido sin consejo, y temerariamente, perderme? Porque si uno, conduciendo una nave mercantil, bien pertrechada de remeros y colmada de inmensas riquezas, y haciéndome sentar junto al timón, me mandase doblar el Mar Egeo o Tirreno; yo, al oír la primera palabra, rehusaría semejante comisión; y si alguno me preguntase, por qué; le respondería, que por no echar a pique el navío.
[47] 2. ad Cor. 12. 2.
[48] I Cor. 2. 5.
[49] 2 Cor. 11. g.
[50] Rom. 9. 3.
VIII.
Pues si donde la pérdida se extiende tan solamente a las riquezas, y el peligro a la muerte corporal, ninguno puede acusar a los que usen de la mayor cautela, cuando a los que naufragan, les espera no caer en este mar sino en un abismo de fuego, y les aguarda una muerte, no la que separa el alma del cuerpo, sino la que envía la una juntamente con el otro a una pena eterna. Te enojarías conmigo, y me aborrecerías, porque precipitadamente no me había arrojado a tan grande ruina; no así, te ruego, y suplico. Conozco bien este ánimo débil, y enfermo; conozco la grandeza de aquel ministerio, y la dificultad grande que encierra en sí este negocio. Son, pues, en mucho mayor número las olas que combaten con tempestades el ánimo del sacerdote que los vientos que inquietan el mar.

IX.
Y sobre todos los males, aquel terribilísimo escollo de la vanagloria, más peligroso que los prodigios que fingen los poetas. Muchos, en la realidad, pudieron, navegando, pasar éste sin recibir daño alguno; pero a mí me parece tan peligroso, que aun ahora, cuando ninguna necesidad me arrebata a semejante abismo, apenas puedo verme libre de este mal.
Si alguno pusiese en mis manos semejante carga, sería lo mismo que si me atase las manos atrás, y me diese por presa a las bestias que habitan en aquel escollo, para que cada día me despedazasen.
¿Y cuáles son estas bestias? La ira, la tristeza, la envidia, la altercación, las calumnias, las acusaciones, la mentira, la simulación, las asechanzas, las imprecaciones contra los que no han hecho mal alguno, la alegría en los trabajos de los ministros, la tristeza por su buen porte en el cumplimiento de su obligación, el amor de las alabanzas, el deseo de honra (que es lo que sobre todas cosas precipita el ánimo humano) las doctrinas acomodadas al gusto de los oyentes, las viles adulaciones, las lisonjas bajas, el desprecio de los pobres, los obsequios a los ricos, los honores inconsiderados y las gracias dañosas, que igualmente son peligrosas a los que las hacen y a los que las reciben; el temor servil, y que solamente conviene a los esclavos más viles; el no tener libertad para hablar; una humildad toda aparente, pero ninguna en la realidad; el no aplicar las reprensiones y el castigo, o tal vez emplearlas sin medida contra personas humildes, no habiendo quien se atreva, ni aun a abrir la boca contra aquéllos que tienen el gobierno.
Estas son las bestias, y otras aun mayores, que mantiene en su seno aquel escollo; de las cuales, los que una vez llegaron a ser sorprendidos, caen por necesidad en una esclavitud tan grande, que no pocas veces hacen a gusto de las mujeres muchas cosas, que tengo por conveniente no explicar.[51] La ley divina las ha excluido de este ministerio; pero ellas procuran con el mayor tesón introducirse en él; y ya que por sí mismas nada pueden, lo hacen todo por medio de otros, y es tan grande el poder que se han arrogado, que a su voluntad aprueban, o excluyen los sacerdotes. No se ve bien cumplido aquí lo que se dice proverbialmente el mundo al revés:[52]los súbditos guían a los superiores; y ojalá fueran hombres y no aquéllas a quienes no se ha permitido el enseñar, ¿y qué digo el enseñar? [53]ni aun hablar en la Iglesia les permitió San Pablo. Yo he oído contar a alguno, que se han tomado tanta libertad, que reprendían a los prelados de las Iglesias y los gritaban más ásperamente que los señores a sus propios esclavos. Ni crea alguno, que yo pretendo comprender a todos en los cargos que acabo de decir; porque hay muchos, sí, muchos hay que se libraron de estas redes, y son en mucho mayor número, que los que han quedado aprisionados en ellas.
[51] I Cor. 14. 34.
[52] I. Tim. 2. 12.
[53] I Cor. 14. 34.

X.
Ni tampoco podría acusar al sacerdocio de estos males: no sería yo tan desatinado. Porque todos aquéllos que tienen juicio, no culpan del homicidio al puñal, ni al vino de la embriaguez, ni a la fuerza de la injuria, ni a la fortaleza de un atrevimiento inconsiderado, sino a los que abusan de los dones que recibieron de Dios: a éstos son a quienes castigan; porque el sacerdocio justamente nos acusará, que no le tratamos con rectitud. No es este causa de los males que dejamos dichos, sino nosotros, que en cuanto está de nuestra parte, lo afeamos con tantas manchas, confiándolo a cualquier persona.
Estos, pues, sin entrar primero en el conocimiento de sus propias almas, y sin atender a la gravedad del negocio, reciben alegremente lo que se les da; pero cuando llegan a la práctica, deslumbrados de su poca experiencia, envuelven en mil males a los pueblos que les han sido confiados. Esto, pues, esto es lo que ha faltado poco para sucederme a mí, si Dios prontamente no me hubiera preservado de tales peligros, mirando por su Iglesia, y por mi alma. ¿De dónde, dime, juzgas que nacen tan grandes inquietudes en las Iglesias? yo creo que no proceden de otra parte, sino de hacerse sin consejo, y sin reparo las elecciones de los prelados; porque es necesario que sea muy robusta la cabeza, para que pueda regir, y poner en orden los malos vapores que suben de la parte inferior de lo restante del cuerpo; pero sí por sí misma es débil, y enferma, y que no puede desechar aquellos insultos de que se engendran las enfermedades, se debilita de día en día más y más, y juntamente consigo pierde lo restante del cuerpo: para que no sucediese esto al presente, me ha conservado Dios en el orden de los pies, que por suerte me tocó desde el principio. Otras muchas cosas hay, ¡oh Basilio! otras muchas cosas hay además de las dichas, que deben hallarse en el sacerdote, y que nosotros no tenemos; y la primera de todas es, que ha de tener el alma enteramente pura del deseo de este grado; porque si se inclina con un afecto desordenado a semejante dignidad, después de haberla conseguido, enciende una llama mucho más vehemente; y dejándose llevar por la fuerza, a trueque de hacérsela estable, se ve obligado a incurrir en infinitos males, ya siguiendo la adulación, ya sufriendo cosas indignas y serviles, ya derramando y consumiendo mucho dinero. Y porque no parezca tal vez a algunos que cuento cosas increíbles, paso ahora en silencio, que muchos peleando por esta dignidad, han cubierto de cadáveres las Iglesias y han dejado desiertas las ciudades.
Debía, pues, según yo pienso, mirarse con tanta religión este ministerio que debía rehusarse al principio como carga; y después de hallarse en ella, no esperar los juicios de los otros, si acaeciese incurrir en algún delito que mereciese la deposición, sino previniéndolo, eximirse por sí mismo de esta dignidad; porque así es probable, que se inclinaría Dios a misericordia. Pero el retener con obstinación esta dignidad contra lo conveniente, es privarse de todo perdón, es irritar más la ira de Dios, añadiendo al primer pecado otro mayor; pero no, no habrá alguno tan obstinado. Porque mala cosa es sin duda, mala, el apetecer esta dignidad. Ni yo me opongo, diciendo esto, a lo que escribe San Pablo; antes entiendo, que voy enteramente conforme con sus palabras. ¿Qué es, pues, lo que dice?[54] (a) «Si alguno desea el obispado, desea una buena obra». No digo que es malo el desear la obra, sino el apetecer la autoridad, la dominación.
[54] I Tim. 3. a.

XI.
Este es aquel deseo, que juzgo yo se debe desterrar del ánimo con el mayor cuidado, procurando no dar lugar desde el principio, a que quede ocupado de este deseo, para poder obrar con libertad en todas las cosas. Aquél que no se deja arrastrar de alguna ambición de manifestarse brillante con esta potestad, tampoco teme el dejarla; y no temiendo, puede obrar en todo con aquella libertad que conviene a los cristianos. Pero los que están recelosos, y temen el ser removidos, sufren una esclavitud amarga, y llena de muchos males, y se ven obligados frecuentemente a ofender a Dios, y a los hombres. Conviene, pues, que no tengamos un ánimo dispuesto de esta suerte; sino que así como en las guerras vemos combatir con denuedo, y morir con fortaleza a los soldados valerosos, del mismo modo los que entran en este ministerio, deben estar dispuestos a ejercer los empleos del sacerdocio y a dejar la dignidad como corresponde a hombres cristianos, y que saben que semejante dejación no trae consigo menor corona que el mismo ministerio; porque cuando uno sufre y padece un caso semejante, por no incurrir en una cosa indecente e indigna de aquella dignidad, atrae mayor castigo a los que injustamente le han depuesto, y para sí consigue un premio más colmado. Dice la Escritura:[55]«Vosotros sois bienaventurados, cuando os ultrajaren, persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo por ocasión mía, alegraos, y regocijaos, porque vuestro premio es grande en los cielos». Y esto cuando sea depuesto por los de su mismo orden, o por envidia, o por congraciarse con otros, o por odio, o por otro motivo poco justo; pero cuando sucede sufrir esto de los contrarios, creo que no se necesitan palabras para demostrar la utilidad que les ocasionan con su malicia. Lo que conviene, pues, observar por todas partes con la mayor atención es que no quede escondida alguna centella de este deseo. No será toco de estimar que los que desde el principio tienen pura el alma de esta pasión, puedan librarse de ella cuando lleguen a este grado. Pero si alguno, aun antes de conseguirle, alimenta dentro de sí esta cruel y terrible fiera, no te podré explicar en qué incendio tan grande se arroja después de haberlo conseguido. Nosotros, pues, (ni creas que por modestia quiero en modo alguno disimularte la verdad) tenemos el alma muy poseída de este deseo; y este es el motivo, que no nos ha espantado menos que todos los otros, y que nos ha dado ocasión para esta fuga. Porque así como los que aman los cuerpos mientras pueden estar cerca de las personas amadas, sufren su pasión con mayor impaciencia; pero cuando les sucede estar apartados, cuanto les es posible, de los objetos de su cariño, destierran al mismo tiempo aquella manía; del mismo modo los que apetecen este grado, cuando se acercan a él se les hace un mal insoportable; pero cuando han depuesto la esperanza, juntamente con ella han apartado de sí el deseo. Esta, pues, es una causa no despreciable, la que aunque fuera sola, bastaría por sí misma para tenernos lejos de esta dignidad.
[55] Mat. V. 11.

XII.
Pero se añade otra, que no es menor. ¿Cuál es ésta? Es necesario que el sacerdote sea vigilante,[56]perspicaz, y que por todas partes tenga innumerables ojos, como aquél que no vive para sí solo, sino también para tan gran muchedumbre. Ahora bien, tú mismo confesarás que yo soy perezoso, omiso, y que apenas basto para procurar mi salud; aunque por el amor que me tienes procuras, más que todos, ocultar mis defectos. No me tienes que alegar aquí el ayuno, las vigilias, el dormir sobre la tierra desnuda, ni otras austeridades y maceraciones del cuerpo porque sabes muy bien cuán lejos estoy yo de todas estas virtudes; y aunque con diligencia las practicara, ni aun así por esta lentitud me podrían aprovechar cosa alguna para este ministerio. No hay duda que podrían ser muy útiles a un hombre, que metido en su aposento, atendiese y cuidase solamente de sus cosas; pero respecto de aquél que está dividido para atender a tan gran muchedumbre, y que tiene sus particulares cuidados sobre cada uno de sus súbditos, ¿qué utilidad de alguna consideración pueden traer para el provecho de estos, si no tiene un ánimo muy fuerte y varonil?
[56] I. Tim. 3. 2.

XIII.
Y no te admires si juntamente con tan gran tolerancia, pido en el alma otra prueba de valor. Vemos, a la verdad, que muchos, sin dificultad desprecian los manjares, las bebidas, la cama blanda, y particularmente, aquéllos que tienen una naturaleza un poco agreste y que se han criado así desde sus primeros años; y a otros muchos también, a quienes por la disposición del cuerpo y por la costumbre es fácil y llevadera la aspereza que se encuentra en estos trabajos.
Pero el sufrir una injuria, un daño, una palabra molesta, los dicterios de los inferiores, vengan, o no vengan al caso, las quejas vanas e inconsideradas, tanto de los superiores como de los súbditos, no es de muchos sino de uno u otro. Y verás, que aquéllos que se manifiestan fuertes en aquellas cosas padecen en éstas tales vahidos que se enfurecen mucho más aun que las bestias más feroces. A este género de sujetos, los tendremos principalmente apartados del sacerdocio.
Porque de que un obispo no sea inclinado a la abstinencia de las viandas, ni a caminar descalzo, no por esto dañará al común de la Iglesia; pero una ira desordenada, ocasiona grandes males al que es poseído de ella, y a los prójimos. Contra los que no ejercitan aquellas cosas, no hay amenaza alguna de parte de Dios; pero a los que inconsideradamente se dejan llevar de la ira, se les amenaza con el infierno, [57] y con el fuego del infierno.
Así el que ama la vanagloria cuando llega a tener la dominación de muchos suministra al fuego mayor materia; y del mismo modo, el que ni consigo mismo, ni en una conversación de pocos puede dominar la ira, fácilmente se deja transportar por ella; y si llega el caso de que se le fía el gobierno de todo un pueblo, como una bestia fiera acosada por todas partes de innumerables personas, no podrá jamás vivir en quietud y ocasionará males infinitos a los que están confiados a su fe.
[57] Matth. 5. 22.

XIV.
Ninguna cosa, pues, impide tanto la pureza del ánimo, ni embota la perspicacia del entendimiento como una ira desordenada y que se transporta con gran ímpetu. Porque ésta, dice la Escritura, [58]pierde a los prudentes.
Del mismo modo que en una batalla dada de parte de noche, ofuscada la vista del alma, no sabe distinguir los amigos de los enemigos, ni a los que tienen honor de los que no lo tienen, sino que los trata a todos sin diferencia alguna; y aunque deba recibir algún mal, todo lo sufre fácilmente por saciar el placer del ánimo. Es el ardor de la ira un cierto placer que tiraniza al alma con más rigor que el mismo deleite, turbando enteramente toda la tranquilidad de su constitución; porque con facilidad la levanta a la soberbia y la excita a enemistades fuera de propósito y a un odio inconsiderado; y con frecuencia la dispone a hacer ofensas temerariamente, y sin juicio, y la obliga a ejecutar, y decir otras cosas semejantes; siendo, entretanto, el alma arrastrada de la furia de la pasión, sin tener donde, apoyando su fuerza, pueda resistir a un ímpetu tan fuerte.
Basilio: No puedo sufrirte ya más tiempo que hables con tal disimulo. ¿Quién es, pues, dime, el que ignora, cuán ajeno estás de semejante enfermedad?
¿Qué quieres, respondí yo, ¡oh feliz varón! ponerme cerca de la llama, e irritar una fiera que se está quieta? ¿Ignoras, acaso, que no me ha sucedido esto por virtud propia, sino por el amor que tengo a la quietud, y a la soledad? El que se siente tocado de este achaque podrá librarse de aquel incendio, permaneciendo en soledad y frecuentando el trato de uno u otro amigo solamente; pero no si se mete en un abismo de tantos cuidados. En este caso, no sólo arrastra a sí mismo al precipicio de la perdición, sino a otros muchos también en su compañía y los hace que atiendan menos a cultivar la mansedumbre.
Sucede, pues, naturalmente, que el vulgo de los que deben obedecer, se miren frecuentemente como en un ejemplar original en las costumbres de los que los gobiernan, procurando asemejarse a ellos. ¿Cómo podrá uno que padece tumores, hacer cesar las inflamaciones en los súbditos? ¿y cuál será en un pueblo, el que deseará moderar prontamente los ímpetus de la ira, viendo al superior iracundo? Porque no es posible, no, que estén ocultos los defectos de los sacerdotes; antes bien, aun los más pequeños, se hacen públicos prontamente. El atleta puede a la verdad ocultarse, aunque sea muy débil, mientras se está quieto en casa sin entrar en lucha con alguno; pero cuando despojándose desciende al combate, fácilmente se descubre lo que es. Igualmente, pues, aquellos hombres que pasan una vida privada y libre de negocios, tienen en la soledad un velo que cubre sus defectos; pero si se presentan en público, se ven obligados a despojarse de la soledad que les servía como vestido y a manifestar a todos desnudas sus almas, por los movimientos externos.
Así como sus buenas acciones son a muchos de gran utilidad, convidándolos a una igual imitación, así también sus delitos los hacen más perezosos en la práctica de la virtud y los disponen a que se entorpezcan en las fatigas de las buenas obras. De todo lo cual resulta ser necesario que por todas partes brille la hermosura de su alma para que pueda alegrar e iluminar las de aquéllos que los miran. Porque los pecados de la gente ínfima, hechos como a lo oscuro, sirven de ruina solamente a los que los cometen; pero el de un hombre de consideración, y conocido de muchos, trae un daño común a todos, haciendo que los que han caído, sean más remisos en los sudores de las cosas buenas, y excitan a soberbia a los que quieren atender a sí mismos.
Fuera de esto, las caídas de la gente ínfima, aunque lleguen a publicarse, a ninguno ocasionan una herida tan profunda; pero los que se hallan puestos en lo alto de este grado, están, en primer lugar, patentes a todos, y después, aunque sean muy tenues las cosas en que falten, se descubren estas muy grandes a los otros; porque no miden el pecado por la grandeza del hecho, sino por la dignidad de aquél que lo ha cometido. Se necesita, pues, que el sacerdote esté pertrechado de un gran cuidado y de una perpetua vigilancia sobre su vida, como de unas armas de diamante, y que vele con la mayor atención, para que no haya alguno, que encontrando algún lado descubierto y abandonado le de una herida mortal. Porque todos le cercan dispuestos a herirle y derribarle; y no sólo toda suerte de enemigos, sino muchos también de aquéllos que se le venden por amigos.
Es por tanto necesario que sean elegidas tales almas, como en otro tiempo manifestó la gracia de Dios fueron los cuerpos de aquellos santos en el horno de Babilonia. [59]No es el sarmiento, ni la pez, o la estopa alimento de este fuego, sino otro mucho más nocivo. Porque no es lo que tienen debajo, aquel fuego sensible; sino que es la llama de la envidia, la que los cerca, y la que consumiéndolo todo, se levanta por todas partes y los asalta escudriñando su vida con más diligencia, que hizo entonces el fuego con los cuerpos de aquellos niños. Luego que encuentra una pequeña porción de estopa, inmediatamente se pega; y no sólo consume aquella parte débil y viciada, sino que abrasa y oscurece con aquel humo toda la restante estructura, aunque fuera más resplandeciente que los rayos del sol.
Siempre que la vida del sacerdote estuviere por todas partes bien compuesta, no podrá ser cogida por asechanzas; pero si tuviere el menor descuido, por pequeño que sea, (como es creíble que sucederá a un hombre que pasa este mar de la vida lleno de tantos extravíos) nada le aprovechan todas las otras buenas acciones para poder librarse de las lenguas de sus acusadores: por el contrario, aquella pequeña falta basta para oscurecer todo lo restante.
Todos quieren juzgar al sacerdote, no como a hombre vestido de carne, y a quien ha tocado una naturaleza de hombre, sino como a un ángel libre de toda otra enfermedad.
Así como todos temen y lisonjean a un tirano mientras se mantiene en el dominio, porque no pueden derribarle de aquel puesto pero cuando ven que sus intereses toman otro semblante contrario, dejada la máscara de aquel fingido honor, los que poco antes se manifestaban sus amigos, se le convierten de repente en contrarios y enemigos declarados, y registrando cuál es el lado que tiene más flaco, le embisten y privan del Imperio. Así con los sacerdotes, aquéllos que poco antes, y cuando se hallaba sobre el candelero, le honraban y respetaban; luego que encuentran un mínimo pretexto, se preparan fuertemente para derribarlo, no sólo como a tirano, sino como a una cosa peor aun que tirano. Y así como aquél teme principalmente a los que le hacen guardia a sus costados; así éste teme también, más que a todos, a los que le sirven en el ministerio; porque ningún otro desea tanto su dignidad, ni sabe sus cosas tan bien como estos: estando a su lado, si sucede alguna cosa de éstas, la saben antes que los otros, y pueden fácilmente ser creídos; aunque sea calumniándolos, y haciendo grandes las cosas de poco cuerpo, pueden cogerle sorprendido con este engaño. Así se verifica en sentido contrario el dicho del Apóstol: [60] "Si padece algún miembro, se alegran todos los miembros; y si es honrado un miembro, padecen todos los miembros;" a no ser que alguno de señalada piedad pueda mantenerse fuerte contra todas estas cosas.
¿Y es posible que nos envíes a una guerra tan grande? ¿Has juzgado, acaso que mi ánimo bastará para mantener una batalla tan varia y de tan diferentes especies? ¿De dónde y de quién lo supiste? Porque si Dios te lo ha revelado, muéstrame el oráculo y obedezco; y si no puedes mostrármelo, sino que das tu voto siguiendo el concepto de los hombres, aparta tu ánimo de semejante error; porque por lo que toca a nuestras cosas, es justo que sigamos antes nuestro juicio que el de los otros: [61]"Pues ninguno conoce las cosas de un hombre, sino el espíritu que está dentro de él". Que nosotros nos hubiéramos hecho ridículos a nosotros mismos, y a los que nos hubieran elegido, en el caso de haber aceptado esta dignidad, y que con gran daño hubiéramos tenido que volvernos a este estado de vida, en que al presente nos hallamos, ya que no antes, a lo menos al presente, creo que quedarás persuadido por estos discursos. Porque no solamente la envidia, sino otra cosa más terrible aun que la envidia, suele armar a muchos contra aquél que la tiene. Porque así como los hijos codiciosos de dinero no pueden sufrir la larga vejez de sus padres; así algunos de estos tales, cuando ven que el sacerdocio dura mucho tiempo, ya que el matarlo no porque esto sería una iniquidad, procuran derribarlo de aquel grado, deseando todos entrar en su lugar, y esperando cada uno, que recaerá en él el ministerio.
[58] Prov. XV. 1.
[59] Daniel. 3. c.
[60] I. Cor. 12. 26. Las palabras del Apóstol son estas: Et sive patitur unum membrum, compatiuntur omnia membra: sive glorificatur unum membrum, congaudent omnia membra.
[61] I Cor. 2. 11.

XV.
¿Quieres que te muestre otro género de esta contienda llena de mil peligros? Ve, pues, y atiende a las fiestas públicas en que se acostumbran hacer las elecciones de los prelados de la Iglesia y verás al sacerdote acosado de tantas acusaciones, cuanto es el número de aquéllos a quienes preside. Todos los que tienen parte en la colación de esta dignidad se dividen en esta ocasión en muchos partidos, sin que alguno pueda ver aquel congreso de presbíteros, ni concordes entre sí, ni con aquél que ha obtenido el obispado; sino que cada uno forma su partido, queriendo uno a este y el otro al otro. La causa de esto es el que no miran todos a una cosa, que es a la que sólo debían mirar, esto es, a la virtud del ánimo; sino que se mezclan otros motivos, por los que se confiere esta dignidad. Como por ejemplo: uno dice, elíjase éste, porque es de ilustre nacimiento; el otro, porque posee inmensas riquezas, y no tendrá necesidad para mantenerse de las rentas de la Iglesia; otro, porque del partido de los enemigos ha pasado al nuestro. Quién procura adelantar su amigo a los otros, quien al pariente, quien al lisonjero y ninguno quiere atender al que es idóneo, ni hacer la prueba de la virtud del ánimo.
Ahora, estoy yo tan lejos de creer, que son estas causas suficientes para la prueba de los sacerdotes, que ni aun si se encontrara alguno adornado de una gran piedad, que sin duda no conduce poco para este ministerio, ni aun a este me atrevería a elegir inconsideradamente por solo este título, si no juntaba a la piedad una prudencia consumada. Porque yo he conocido a muchos, que habiéndose macerado, y afligido con ayunos, mientras han podido permanecer en la soledad y atender a sus cosas solamente, merecieron la divina aceptación y añadieron cada día a aquella filosofía una porción no pequeña; pero después que entraron a gobernar un pueblo y se vieron obligados a corregir las ignorancias del vulgo, los unos no pudieron, ni aun a los principios, mantenerse en el ministerio, y los otros obligados a permanecer en él, luego que abandonaron aquella primera diligencia y austeridad, ocasionaron a sí mismos un gravísimo daño y a los otros no sirvieron de algún provecho.
Pero ni aunque uno hubiera permanecido toda la vida en el ínfimo grado de este ministerio, y hubiera llegado así a la última vejez, no promoveríamos a éste inconsideradamente a un grado más alto por respeto de sus años. ¿Pues qué, si pasada ya toda esta edad, permanece aún menos apto? Ni yo digo esto, pretendiendo defraudar las canas del honor que les es debido, ni tampoco establecer una ley por la que enteramente sean removidos de este ministerio los que vienen del orden solitario, habiendo habido muchos venidos de él, que resplandecieron en esta dignidad; lo que intento demostrar, es que si ni la piedad por sí sola, ni una larga vejez son suficientes para hacer digno del sacerdocio al que las posee, mucho menos podrán los motivos que dejamos dichos.
Pero no faltan algunos que proponen otros más absurdos: unos son alistados en el orden clerical para evitar que se inclinen al partido de los contrarios; y otros por su misma iniquidad, para que olvidados, no ocasionen mayores males. ¿Puede darse cosa más inicua que ésta, que unos hombres malvados y llenos de mil vicios sean honrados por aquellas mismas cosas por las cuales deberían ser castigados, y que por las que ni aun podrían atravesar los umbrales de la Iglesia, por estas mismas suban a la dignidad sacerdotal? ¿Y buscamos aún, dime por tu vida, cuál sea la causa de la divina indignación, cuando confiamos las cosas más santas, y más tremendas a hombres inicuos, y de ningún valor, para que todas las trastornen? Porque cuando han llegado a la administración de cosas, que de ningún modo conviene a unos, o son muy superiores a las fuerzas de los otros, hacen que la Iglesia en nada difiera del Euripo.
Yo, a la verdad, me reía antes de los príncipes seculares porque hacen la distribución de los empleos, no en atención a la virtud y dotes del ánimo, sino a proporción de las riquezas, del número de los años, o patrocinio de los hombres; pero después que he oído haberse introducido también en nuestras cosas el mismo modo irracional, no he tenido ya por tan grande este desorden. ¿Qué maravilla, pues, que se vean cometer estos errores por unos hombres entregados a los placeres de la vida, amigos de reputación para con la muchedumbre, y que todo lo hacen con el fin de amontonar riquezas? Cuando aquéllos que fingen vivir libres de todo esto, no se hallan más bien dispuestos, sino que altercando por las cosas celestiales, como si se deliberase sobre algunas yugadas de tierra u otra cosa semejante, eligiendo temerariamente a hombres de ninguna consideración, los ponen en el gobierno de unas cosas por las que el Unigénito Hijo de Dios no rehusó evacuar su gloria, [62]hacerse hombre, tomar la forma de siervo, ser afeado con salivas, ser azotado y sufrir, según la carne, una muerte ignominiosa.
Y no paran en esto, sino que añaden otros absurdos mucho mayores: porque no solamente admiten a los indignos, si no que excluyen a los que son útiles. Y como si se debiese arruinar por las dos partes la firmeza de la Iglesia, o como si no bastase la primera causa para irritar la divina indignación, así añaden esta segunda, que no es menos grave. Porque yo juzgo ser igualmente malo el tener apartadas a las personas útiles, que el introducir a las inútiles. Y esto se hace para que el rebaño de Cristo no pueda por parte alguna hallar algún consuelo, ni aun siquiera respirar.
¿No son estas cosas dignas de mil rayos? ¿No merecen un infierno mucho más terrible que el que nos está amenazado? ¿Y con todo, sufre y tolera estos males aquél que no quiere la muerte del pecador, [63]sino que se convierta y viva? ¿Quién podrá admirar bastante su bondad y amor para con los hombres? ¿Cómo no quedará pasmado de su misericordia? Las personas dedicadas a Cristo destruyen la heredad de Cristo mucho más aun que sus mismos contrarios y enemigos. Y el buen Señor usa aún de clemencia y convida al arrepentimiento. Gloria a ti, ¡oh Señor! gloria a ti. ¡Qué abismo de amor para con el hombre hay en ti! ¡qué inmensidad de paciencia! Aquéllos que por tu nombre, de hombres viles y oscuros llegaron a los honores y se hicieron respetables y visibles, se sirven de este honor contra el mismo que los honró. Tienen atrevimiento de ejecutar las cosas más indignas, desacreditan las cosas santas, dejando a un lado y excluyendo a los buenos, para que los malvados puedan sin estorbo, y con la mayor seguridad trastornarlo todo a su placer.
Y si quieres saber las causas de este mal, las encontrarás semejantes a las primeras; pero que tienen por raíz, o digámoslo así, por única madre, a la envidia. Estas, a la verdad, no son de una misma suerte, sino que difieren entre sí; porque uno dice se deseche aquél, porque es joven; el otro, porque no sabe adular; otro, porque ha ofendido a fulano; el uno, porque fulano no se disguwte, viendo reprobado el que él ha propuesto, y elegido éste; el otro, porque es moderado y de costumbres apacibles; el otro, porque es terrible a los que obran mal; y otro por otras causas semejantes, porque no les faltan pretextos, cuantos quieran. Y aun, cuando no tengan otro, traen el de que son en gran número los sacerdotes, y que no conviene conferir esta dignidad inconsideradamente, sino poco a poco, y por sus grados. Tampoco les falta modo de hallar otros motivos, cuantos quisieren.
Ahora, yo aquí blandamente quiero preguntarte: ¿Qué hará el Obispo, combatiendo con tantos vientos? ¿Cómo podrá mantenerse fuerte contra olas tan furiosas? ¿Cómo rechazará todos estos ataques? Porque si dispone la cosa ajustado a las reglas de la recta razón, todos se vuelven enemigos y contrarios suyos, y también de los que han sido elegidos. Todo lo hacen con el fin de mantener su tesón contra él, excitando sediciones cada día e imponiendo mil cosas injuriosas a los que han sido elegidos, hasta conseguir excluirlos o introducir a los suyos. Sucede aquí casi lo mismo, que como cuando un piloto de un navío lleva navegando en su compañía piratas que continuamente, y a cada hora, ponen asechanzas a su vida, a la de los marineros y a la de los pasajeros. Porque si recibiendo gente que no debía admitir, hace más caso de su favor que de la propia salud, tendrá, en lugar de aquéllos, a Dios por enemigo. ¿Qué cosa puede haber más terrible que esta? y le darán que hacer mucho más aun que antes, ayudándose todos mutuamente y haciéndose con la unión mucho más fuertes. Porque así como cuando soplan de partes contrarias vientos furiosos, el mar que hasta entonces permanecía tranquilo, en un punto se embravece y se encrespa, sumergiendo a los navegantes; del mismo modo la tranquilidad de la Iglesia, recibiendo en sí hombres pestilenciales, se llena de tempestades y de naufragios.
[62] Mat. 26. 67. Philip. 11. 7.
[63] Ezech. 18. 23. y 23. 33.

XVI.
Piensa, pues, cuál debe ser aquél que ha de resistir a tempestad tan grande, y templar de modo tales cosas que no impidan la pública utilidad. Porque es necesario que se muestre grave, pero sin fausto; rígido, pero humano; entero, pero afable con todos, sin aceptación de personas, pero oficioso; humilde, y no servil; de espíritu vehemente, pero blando, para poder combatir fácilmente contra todas estas cosas, y promover con toda libertad al que es idóneo, aun cuando todos lo resistan; y con la misma, no admitir al que no es tal, aunque todos juntos conspiren a que se admita, y no atender a otra cosa, que a la edificación de la Iglesia, y no hacer nada por odio, o por favor.
¿Te parece que con razón hemos rehusado este ministerio? Pues aún no te lo he expuesto todo, porque tengo otras muchas cosas que decirte. Pretendo que no te sea molesto el sufrir a un amigo sincero y fiel, que quiere persuadirte se halla fuera de todos aquellos cargos que le hacías. Esto te será muy útil, no sólo para nuestra defensa, sino también para cuando llegares, como sucederá brevemente, a la administración de este empleo; porque es necesario, que el que ha de pisar este camino de vida, no ponga las manos sobre tal ministerio, sin haberlo primero examinado todo con la mayor madurez. ¿Y por qué esto? porque ya que no sea otra cosa, hallándose informado de todo, tendrá la ventaja de que nada se le hará nuevo cuando ocurrieren estas cosas.
¿Quieres, pues, que vengamos a tratar primero de la presidencia de las viudas, o del cuidado de las vírgenes, o de la dificultad de la parte judiciaria? porque sobre cada una de estas se pide diverso cuidado, y mayor temor aun que cuidado. Y para dar principio de aquéllo, que entre todo parece lo más fácil, el cuidado de las viudas parece que no trae otro pensamiento a los que están encargados de ellas, que el consumo del dinero. Pero no es así, sino que se requiere también aquí mucha diligencia, cuando se llegare al caso de ponerlas en lista; porque de elegirlas sin consideración, y como vienen, se han originado males infinitos, habiendo entre éstas, quienes han corrompido las familias, han causado divisiones en los matrimonios, y frecuentemente han sido cogidas en hurtos y en otras feas ganancias, y han practicado otros tratos poco decentes. Ahora bien, el alimentar con dinero de la Iglesia semejantes mujeres, atrae sobre sí el castigo de la parte de Dios, y de parte de los hombres, el que sea en gran manera blasfemado, y desalienta a aquéllos que están bien dispuestos para hacer bien. Porque, ¿quién querrá, que el dinero que ha mandado se ofrezca a Cristo, se emplee, y consuma con aquéllos que afean y calumnian el nombre de Cristo? Por esto es necesario un diligente examen, para que no consuman la mesa de las que se hallan imposibilitadas, no solamente las que dejamos dichas, sino también aquéllas, que pueden sustentarse con el trabajo de sus manos.
Después de este diligente examen, se sigue otro cuidado no pequeño; esto es, que los alimentos nunca falten, sino que corran abundantemente como de una fuente. Es un mal en cierta manera insaciable la pobreza involuntaria, lleno de quejas, y de desagradecimiento; y se requiere mucha prudencia, mucha atención para cerrarle la boca, quitándole todo motivo de queja.
Muchos hay, que cuando ven a alguno superior a todo interés, sin otro examen lo califican por idóneo para este empleo. Pero yo juzgo que no le basta por sí sola, esta superioridad de ánimo; bien, que es necesario ver, si tiene ésta antes que las otras; porque sin ella sería un disipador, y no un tutor, un lobo en vez de pastor; o si juntamente con ésta, posee también otra. Esta es la que a los hombres ocasiona todos los bienes; quiero decir, la paciencia, que conduce el ánimo y lo guía como a un puerto tranquilo. Las viudas son una casta de gente, que por su pobreza, por su edad y por su sexo usan de una libertad de hablar (porque es mejor decirlo así) sin medida: gritan sin venir al caso y se quejan fuera de propósito, lamentándose sobre aquellas mismas cosas de que deberían mostrar agradecimiento, y reprendiendo lo mismo que deberían alabar. Y a todo esto conviene, que el que las tiene a su cargo, no se mueva por sus rumores intempestivos, ni por sus quejas sin razón. En atención a su infelicidad, es justo que sea compadecido este género de personas, y que de ningún modo sean injuriadas; porque el insultar sus calamidades, y añadir la injuria al trabajo que tienen por su pobreza, sería tocar en lo último de la crueldad.
Por esto un varón muy sabio, que atiende a la condición y soberbia de la naturaleza humana, y tiene bien conocida la índole de la pobreza, capaz de acobardar el ánimo más generoso e inducirlo a despojarse de la vergüenza y arrojarlo a pedir muchas veces unas mismas cosas; para que ninguno que se ve acosado de los pobres, se mueva a ira, y quien debe socorrerlos, irritado de verse continuamente envestido de ellos, no se haga su enemigo; lo invita a ser apacible y de fácil entrada a los necesitados, diciendo: [64]"Inclina de buena gana tus orejas al pobre y respóndele con mansedumbre palabras de paz". Dejando a un lado a aquél que puede ser ocasión de impaciencia, (porque, ¿qué se puede decir a un infeliz, que yace en la miseria?) habla sólo con el que puede soportar su enfermedad, exhortándole, a que antes de darle nada, lo alivie con el agrado de su semblante y con la mansedumbre de las palabras.
Si hubiere, pues, alguno que no usurpe lo que está destinado para el sustento de las viudas; pero que las injurie y se irrite contra ellas, cargándolas de afrentas; no solamente no alivia con su liberalidad la tristeza que nace de la miseria, sino que con las injurias hace el mal mucho mayor.
Pues por la necesidad en que las pone la falta de alimento, se ven ciertamente en la precisión de ser muy descocadas; pero con todo, sienten semejante violencia. Cuando, por temor del hambre se ven obligadas a mendigar; y por mendigar, a ser descaradas; y por ser así, a dejarse cargar de mil villanías, se apodera de su ánimo una violenta melancolía, y que de mil diversos modos las cubre de una gran oscuridad. Es, pues, necesario que el que tiene a su cargo el cuidado de éstas, esté dotado de un espíritu tan elevado, que no solamente no aumente trabajo a su ánimo con la indignación y enojo; sino que por medio de sus exhortaciones y consuelos mitigue la mayor parte del dolor que tienen en su desdicha.
Porque así como aquél que es ultrajado, aunque sea socorrido largamente, no siente la utilidad del dinero, por la herida que le causó el ultraje; así aquél, que tratares con humanidad y blandura, si juntamente con el consuelo recibe alguna dádiva, se alegra y se regocija, y lo cuenta por don doblado, en atención al buen modo con que se le ha dado. Ni yo digo esto por propia autoridad, sino por la de aquél, que ha dado las advertencias que quedan dichas: [65]"Hijo mío, dice él, no quieras poner ultraje en los beneficios, ni en algún don la aspereza de palabras. ¿No es verdad, que el rocío hace pasar el ardor? pues así son mejores las palabras que el don. Mira como las palabras son un bien mayor, que el mismo don; y uno y otro se halla en un hombre dotado de gracia".
El que está destinado para estas cosas ha de ser adornado, no sólo de suavidad de costumbres, y de paciencia, sino que ha de hacer al mismo tiempo de sabio ecónomo; porque si le falta esta cualidad, quedarán expuestos al mismo desfalco los caudales de los pobres. Hubo uno, a quien estaba encargado este ministerio; el cual, habiendo juntado una gruesa suma de dinero, en la realidad no lo gastó consigo mismo, ni tampoco con los pobres, a excepción de una pequeña cantidad, sino que ocultaba la mayor parte, enterrándola; hasta que sobreviniendo un contratiempo, puso todo aquel dinero en manos de los enemigos. Se necesita, pues, de una grande providencia, para que ni sobren, ni tampoco hagan falta las facultades de la Iglesia. Es, pues, necesario, que todas las rentas se repartan prontamente entre los pobres y conviene tener depositados los tesoros de la Iglesia en la buena voluntad de los súbditos.
Y por lo que toca al hospedar los peregrinos y a las curaciones de los enfermos, ¿cuánto consumo de dinero crees tú que pide esto, y cuánta diligencia y prudencia en quien tiene el cuidado? porque aquí el gasto no es inferior al que queda dicho, y muchas veces es mayor; y se necesita, que el que preside, sea un provisor adornado a un tiempo de piedad, y de prudencia para disponer a los que tienen facultades a que ofrezcan a porfía, y sin pena, lo que poseen, cuidando de no ofender los ánimos de los bienhechores, al paso que solicita proveer al alivio de los enfermos. Se necesita, pues, que manifieste en esta ocasión una magnanimidad y atención mucho mayor; porque los enfermos son en cierto modo una cosa llena de fastidio, y sin acción. Y si por todas partes no se aplica una gran diligencia y cuidado; basta un descuido, aun en lo mínimo, para ocasionar gravísimos males a los enfermos.
[64] Ecles. 4. v. 8.
[65] Ecl. XVIII. 15.

XVII.
Por lo que toca al cuidado de las vírgenes, es tanto mayor el temor, cuanto es este un bien más precioso, y el rebaño más digno de un rey que los otros; pero habiéndose introducido ahora en el coro de estas santas una infinidad de gente llena de innumerables males, el trabajo se hace más difícil. Pues así como no es lo mismo el pecado de una doncella noble, que el de su sierva; así tampoco el de una virgen, y el de una viuda: porque éstas tienen por una cosa indiferente el usar de las burlas, el injuriarse mutuamente, el adular, el ser descaradas, el dejarse ver por todas partes, y el andar vagueando por la plaza; pero la virgen se ha impuesto mayores obligaciones: es emuladora de la filosofía celestial, y hace profesión de representar en la tierra el modo de vivir de los ángeles; y su propósito es, hacer, vestida de esta carne, aquéllo que hacen las potestades incorpóreas. No le conviene hacer frecuentes e inútiles salidas de casa, ni se le permite emplearse en discursos vanos y fuera de propósito, debiendo ignorar aun el nombre de las villanías y de la adulación.
Por esto tiene necesidad de una guardia muy segura y de mayor atención, porque el enemigo de la santidad está siempre alerta y les pone asechanzas pronto a devorarlas, si acaso desliza alguna, o cae. Además muchos hombres procuran seducirlas, juntándose a todos estos el furor de la naturaleza, y por decirlo en una palabra, tiene que estar preparada a sostener dos guerras; una que la asalta exteriormente, y otra que la turba por la parte interior.
Por esto, grande debe de ser el temor de quien tiene sobre sí este cuidado, esperándole mayor peligro y dolor si acaeciese (lo que jamás suceda) alguna cosa que no se quiere: [66] "porque si una hija escondida, ocasiona vigilia a un padre, y el cuidado que tiene de ella, aparta el sueño de sus ojos"; siendo tan grande su temor, o de que sea estéril, o de que se le pase la edad de poderse casar, o de que pueda ser odiada de su marido: ¿qué padecerá aquél, que no tiene el pensamiento puesto sobre alguna de estas cosas, sino de otras mucho mayores? Porque aquí no se trata del desprecio de un marido, sino del que se hace al mismo Cristo: ni la esterilidad se reduce solamente a oprobios, sino que el mal va a terminar en la perdición del alma. [67]"Porque todo árbol, dice la Escritura, que no da buen fruto, es cortado, y se arroja al fuego." Y a la que es aborrecida por el esposo, no basta tomar libelo de repudio, y retirarse; si no que le dan por pena del odio un eterno castigo.
Y el padre natural tiene muchas cosas, que le hacen fácil la custodia de la hija; porque la madre, la ama, la multitud de los criados, y la seguridad de la casa, sirven al padre de socorro para guardar más fácilmente la virgen. Ni se le permite salir en público de continuo, ni cuando sale tiene necesidad de hacerse ver de todos los que la encuentran; siendo cierto, que no menos la oscuridad de la tarde, que los muros de la casa, pueden ocultar a la que no quiere dejarse ver. Fuera de que no tiene pretexto alguno, por el que esté obligada a comparecer delante de los hombres. Porque ni el pensamiento de las cosas necesarias, ni los ultrajes de los hombres injuriosos, ni alguna otra causa semejante, la pone en necesidad de tal encuentro, sirviéndole el padre por todos. A ella sólo le queda un cuidado, que es no hacer ni decir cosa que sea indigna de su persona, ni de la honestidad que le conviene.
Pero aquí son muchas las cosas, que hacen al padre espiritual difícil, o tal vez imposible la custodia; porque ni puede tenerla consigo dentro de casa, por no serle decente, ni sin peligro semejante cohabitación. Y aun cuando de aquí no sintiesen daño, y guardasen constantemente una sincera santidad, deberían, no obstante, dar cuenta de aquellas almas que habían escandalizado del mismo modo que si entre sí hubieran pecado. Ahora, siendo esto imposible, no se pueden fácilmente conocer los movimientos del alma, ni cercenar las cosas que brotan superfluamente, ni cultivar mejor las que están en buen orden, y proporción, reduciéndolas a mejor estado: ni es fácil tampoco indagar las salidas de casa; porque la pobreza y el desamparo en que se halla, no le permiten inquirir sutilmente la honestidad que le conviene. Estando obligada a hacer por sí todas las cosas, tiene con esto muchos pretextos de salir de casa, si no quiere vivir honestamente. Y es necesario, que el que la manda, esté continuamente dentro de ella, y corte estas ocasiones, atendiendo a proveerlas de todo lo necesario, y de una mujer, que la sirva en estas cosas. Es necesario tenerla lejos de los funerales y de las vigilias nocturnas; porque sabe aquella astutísima serpiente, sabe sembrar su veneno por medio aun de las obras buenas. Y se necesita, que la virgen por todas partes esté cercada de un muro y que salga pocas veces de casa en todo el año, y solamente cuando la obliguen motivos inevitables y forzosos.
Y si alguno dijere que ninguna de estas cosas es obra que debe tratar el obispo, sepa que en cada una de ellas, los cuidados y las culpas recaerán sobre él. Es, pues, mejor, que manejándolo por si todo, se libre de los cargos, que es necesario vengan sobre él por los delitos de los otros; y que dejada a otros la administración, tenga que temer dar cuenta de lo que otros hicieron.
Fuera de esto, el que todo lo maneja por sí, fácilmente ejecuta todas las cosas; pero el que es obligado a hacer esto, a fuerza de persuadir los pareceres de todos, no consigue el quedar libre de dar por sí tanto alivio, cuantas son las inquietudes y turbaciones que le ocasionan los que se le atraviesan y contrastan sus sentimientos.
No podría yo reducir a número todos los cuidados que se requieren sobre las vírgenes; porque aun cuando debe hacerse la elección de ellas, el que tiene a su cargo este ministerio no tiene que atender a un negocio de poca consideración.
La parte que pertenece a los juicios encierra infinitas molestias, un grandísimo trabajo y tantas dificultades, cuantas no sostienen los jueces seculares; porque el hallar lo justo no es pequeña dificultad; y aun después de hallado, es difícil el no violarlo. Y no solamente aquí se encuentra trabajo y dificultad, sino un peligro no pequeño; porque algunos de los más enfermos, después de haberse enredado en pleitos y negocios, hicieron naufragio en la fe por no tener quien los socorriese. Muchos también de los que recibieron alguna injuria aborrecen a los que no les dan auxilio, del mismo modo que a los que los injuriaron; ni quieren hacerse cargo del desorden de las cosas, ni de la dificultad de los tiempos, ni de la cortapisa que tiene la potestad sacerdotal, ni de otra semejante, sino que son jueces inexorables, y que no entienden de otra defensa, sino de verse libres de los males de que se hallan oprimidos; y aquél que no puede ponerlos en libertad, aunque exponga mil motivos, de ningún modo podrá escapar de que le condenen.
Pero supuesto que he hecho mención de lo que es patrocinio, espera te declararé otra causa que hay de quejas; porque si el que posee un obispado no va rodando cada día por todas las casas, más aun que los que no tienen otra ocupación, se le originarán de aquí disgustos increíbles. Y no sólo sucede esto con los que están enfermos, sino también con los sanos, deseando ser visitados por el obispo, inducidos, no de algún motivo de religión, sino que por la mayor parte pretenden esto por honor y por dignidad. Si alguna vez sucede que lo haga con más frecuencia con alguno de los más ricos y poderosos por pedirlo así alguna necesidad urgente en utilidad del común de la Iglesia, sin otra reflexión se le apropia la reputación de lisonjero y adulador.
¿Y qué hablo yo de patrocinios, y de visitas? solamente por las salutaciones, cargan sobre él un tan grande peso de quejas, que oprimido muchas veces, se ve abatido por la tristeza. Deben dar cuenta aun de sus miradas; porque el vulgo examina con sutileza sus acciones, aun las más sencillas, y consideran el tono de la voz y el gesto del semblante, y miden la cantidad de la risa. A fulano, dice alguno, se le ha sonreído y le ha saludado con un semblante alegre y en voz alta; pero a mí, solamente de paso y por encima; y si estando muchos sentados no vuelve la vista cuando habla a todas partes, reciben esto los demás como un ultraje. ¿Quién, pues, que no tenga un espíritu muy robusto, podrá resistir a tantos acusadores, ya sea para quedar libre enteramente de sus cargos, o para poder desembarazarse de ser culpado? Porque es necesario no tener acusadores, mas si esto es imposible, conviene dar descargo a los delitos que se le acumulan. Y si aun esto no es fácil porque algunos encuentran su gusto en acusar temerariamente y sin consideración, se necesita resistir generosamente a la tristeza de sus quejas.
El que es acusado justamente, soporta con facilidad al que le acusa; porque no habiendo acusador más acervo que la misma conciencia, si éste nos sorprende primero, que es el más terrible de todos, sufrimos más fácilmente a los acusadores externos, en quienes se halla mayor suavidad.
Pero aquél en quien no se halla conciencia de algún hecho malo, cuando es acusado injustamente se deja llevar con prontitud por la ira, y con facilidad pierde el ánimo, si por otra parte no está bien preparado de antemano para soportar las manías del vulgo. Porque no es posible, no, que deje de inquietarse aquél que es temerariamente calumniado y condenado, y que no sienta en sí algún movimiento a la vista de una cosa tan poco razonable.
¿Y quién podrá contar los dolores que padecen, cuando es necesario separar a alguno del cuerpo de la Iglesia? ¡Ojalá el mal se quedase sólo en dolor! pero al presente se experimenta una ruina no pequeña. Hay, pues, que temer, no sea que castigado más de lo justo, no padezca lo que dejó dicho San Pablo; esto es, "que quede anegado de la abundancia del dolor".
Extremada diligencia se necesita aquí también, para que no se le convierta en ocasión de mayor daño, lo que había de ser motivo de su alivio: porque el médico que no hubiere cortado bien la herida, tendrá parte en la ira que corresponde a cada uno de los pecados que cometiere aquél, después de semejante curación. ¿Cuántos castigos no puede temer, cuando se le pida cuenta, no solamente de los pecados en que por sí mismo ha incurrido, sino cuando se vea puesto en el último riesgo por lo que hicieron los otros? Y si tememos por la cuenta que hemos de dar por nuestros propios pecados, como que no podremos escapar de aquel fuego, ¿qué no podrá temer ha de sufrir, aquél que tenga que defenderse de tantas cosas? En confirmación de esta verdad, oye a San Pablo, o mejor diré, al mismo Cristo, que hablaba en él: "Obedeced a vuestros superiores y estadles sujetos, porque ellos velan sobre vuestras almas, como que han de dar cuenta de ellas".
¿Te parece de poca consideración el temor que consigo lleva esta amenaza? no es fácil decir cuan grande sea. Ahora bien, todas estas cosas bastan para persuadir a los más tercos y obstinados que esta huida la hemos hecho, no sorprendidos de algún motivo de soberbia o vanagloria, sino solamente temiendo a nosotros mismos y atendiendo a la suma gravedad del ministerio.
[66] Eccl. 42. 9.
[67] Matth. 3. 10.


LIBRO IV
I.
Oídas estas cosas por Basilio, y permaneciendo en silencio algún rato, dijo: Sería razonable ese temor, si tú hubieras solicitado ambiciosamente esta dignidad; porque aquél que se juzga idóneo para manejar este empleo, solicitando el obtenerlo, después que le ha sido confiado no puede recurrir al pretexto de su ignorancia en lo que errare; porque anticipándose con el correr precipitadamente a arrebatar este ministerio, él mismo se privó de esta defensa. Ni podrá tampoco alegar, por haberse introducido en él voluntariamente, y por su gusto: yo, sin querer, he faltado en esto, involuntariamente he destruido este negocio. Podrá en semejante ocasión replicarle, el que fuere su juez, sobre este punto: ¿pues cómo, sabiendo tu propia insuficiencia, y no teniendo ciencia bastante para manejar, sin errar, un tal ministerio, te apresuraste y atreviste a tomar sobre ti cosas tan superiores a tus fuerzas? ¿Quién te violentó? ¿Quién por fuerza te arrastró, resistiéndolo tú y huyendo?
Pero tú no podrás oír jamás alguna de estas cosas; porque ni reconoces semejante delito, y por otra parte es notorio a todos, que ni poco, ni mucho has solicitado este honor, sino que lo has tenido por la solicitación de otros. Ahora bien, lo que impide a aquéllos el tener perdón en lo que pecaren, te da a ti materia muy cumplida para tu defensa.
Juan: Al oír yo estas razones, moviendo la cabeza, y sonriéndome blandamente, admiré la sencillez de este hombre y le respondí de esta suerte: quisiera yo verdaderamente, ¡oh amigo!, a quien entre todos más estimo, que la cosa pasase como dices; aunque no para poder aceptar este ministerio, que ahora he rehusado; porque aunque no me esperase castigo alguno por gobernar sin atención y sin ciencia el rebaño de Jesucristo; con todo, habiéndome sido confiadas cosas de tan grande peso, tendría por la pena más terrible, el haber de comparecer tan indigno a vista de aquél que me lo confió.
¿Por qué, pues, te parece que desearía yo, que no fuese falsa esta tu opinión? no por otro motivo, sino para que puedan aquellos infelices y desgraciados (así conviene llamar a los que no hallan el modo de administrar bien este empleo, aunque tú digas mil veces, que han sido llevados por fuerza y que pecan por ignorancia) para que puedan, digo, librarse de aquel fuego inextinguible, de aquellas tinieblas exteriores, del gusano que nunca muere, para que no sean separados de los escogidos, y confundidos con los hipócritas. ¿Pero qué quieres que te haga? La cosa no es así, no.
Si quieres, comenzaré, para confirmación de lo que llevo dicho, a probar esto por el reino, que en la aceptación divina, no es de tanta consideración como el sacerdocio. Aquel Saúl, hijo de Cis, no fue hecho rey porque él lo solicitase; sino que habiendo salido en busca de unas borricas, se fue al profeta para preguntarle sobre ellas. Este le introdujo en discursos sobre el reino; y ni aun así, aunque lo oía de la boca de un profeta, corrió al reino ambiciosamente, sino que se retiraba y lo rehusaba diciendo: ¿Pues quién soy yo, y qué consideración merece la casa de mi padre? ¿Pues qué? Después de haber usado mal del honor que Dios le había dado, pudieron acaso librarle del enojo de quien le había elegido rey, estas palabras de disculpa con que podía responder a Samuel cuando le reprendía: ¿por ventura, he corrido yo por mí al reino? ¿acaso he solicitado yo este imperio? Yo quería tener una vida particular, tranquila y sin cuidados; tú eres el que me has arrastrado a esta dignidad; si yo hubiera permanecido en aquella humildad, me hubiera librado fácilmente de estos encuentros porque siendo uno de tantos, y sin nombre, no hubiera sido enviado a esta empresa, ni Dios me hubiera encomendado la guerra contra los amalecitas; y no habiendo tenido esta comisión, tampoco hubiera incurrido en este pecado. Pero todas estas cosas son débiles para la defensa; y no solamente débiles, sino muy peligrosas, y que encienden más y más la indignación divina; porque habiendo sido honrado sobre su mérito, no debía oponer la grandeza del honor recibido por defensa de sus pecados, sino servirse como de motivo para aprovecharse más y más del gran favor que Dios le había hecho. Aquél, pues, que por haber obtenido una dignidad mayor de lo que le convenía juzgaba que por esto mismo le era lícito pecar, daba a entender que la clemencia divina era sola la causa de sus pecados. Es lo que acostumbran decir los impíos y los que viven sin cuidado alguno de su salvación; pero nosotros no debemos tener iguales sentimientos, ni incurrir en la misma locura de estos tales, sino procurar por todas partes poner por obra todo lo que alcancen nuestras fuerzas; manteniendo igualmente religiosa nuestra lengua y nuestro pensamiento.
Y dejando ahora a un lado el reino; pasemos al sacerdocio que es del que tratamos. Bien cierto es que Helí no procuró obtener esta dignidad. [68]¿Pero de qué le sirvió esto cuando pecó? ¿Y qué digo para obtenerla? No podía por la necesidad de la ley, rehusarla aunque quisiese. Siendo de la Tribu de Levi, necesariamente había de recibir una potestad que le venía por sucesión de sus mayores. Con todo, no fue pequeño el castigo que experimentó por la insolencia de sus hijos. Y aquél que fue el primer sacerdote de los hebreos, de quien tuvo Dios con Moisés tantos discursos, después que no pudo resistir sólo al furor de tan grande muchedumbre, ¿no es cierto que estuvo para perderse, si la interposición de su hermano no hubiera mitigado la divina indignación? Y por cuanto hemos hecho aquí memoria de Moisés, no será malo demostrar la verdad de este discurso, por lo que a él le sucedió. [69]Este mismo bienaventurado Moisés estuvo tan lejos de pretender el principado de los judíos que aun habiéndoselo dado, lo rehusaba; y aun mandándoselo Dios, lo resistía: y esto fue con tanto extremo que irritó al mismo que se lo daba. Y no solamente entonces, sino también después cuando se hallaba ya en el principado, hubiera con gusto escogido la muerte por librarse de él: [70]"Mátame, dijo, supuesto que quieres tratarme así".
¿Pues qué, después que pecó al agua, pudieron estas continuadas resistencias servirle de defensa y mover a Dios para que le perdonase? ¿Y por qué otro motivo fue privado de la tierra prometida? Por ningún otro, como todos sabemos, sino por este pecado, por el que aquel maravilloso varón no pudo conseguir lo que lograron sus súbditos. Sino que después de tantos trabajos, y calamidades, después de extravíos tan inmensos, después de las guerras, y trofeos, murió lejos de aquella tierra por la que había sufrido tantas fatigas; y habiendo pasado los trabajos del mar, no pudo gozar de los bienes del puerto.
¿Ves, pues, como no queda algún lugar de defensa en las cosas en que pecaren, no solamente a los que arrebatan este ministerio, sino a los que llegan a él por la solicitación y empeño de otros? Porque si aquéllos que rehusaron muchas veces a Dios, que los escogía, fueron castigados con tanto rigor; e igualmente ninguna cosa pudo librar de aquel peligro, ni a [71] Aaron, ni a Heli, ni a aquel bienaventurado Varón, Santo, Profeta, [72]admirable, el más humano de cuantos hombres se hallaban en la tierra, a aquél que como un amigo hablaba con Dios; mucho menos a nosotros, que estamos tan distantes de su virtud, podrá servir de defensa el conocimiento de que no hemos solicitado esta dignidad; particularmente proviniendo la mayor parte de estas elecciones, no de la gracia de Dios, sino de los empeños de los hombres.
[73] Dios eligió a Judas, lo puso en aquel santo colegio dándole juntamente la dignidad de apóstol y aun le añadió alguna cosa más que a los otros; esto es, la administración del dinero. ¿Pues qué, pudo huir del castigo por haber usado mal de uno y otro, vendiendo al mismo que le había encargado que le predicase y administrando mal el dinero que se le había confiado? No por cierto; antes bien esto mismo fue lo que le fabricó un castigo más severo, y con justa razón: porque no es justo abusar de los honores recibidos de Dios para ofenderle; sino que se deben emplear en agradarle mayormente.
El que habiendo sido promovido a una honra mayor que su mérito pretende por esto librarse del castigo que merecen sus excesos se conduce igual que alguno de los incrédulos judíos que al escuchar a Cristo decir: [74]"Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían algún pecado; y si yo no hubiese hecho entre ellos milagros, que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado" acusa al salvador y bienhechor diciendo: ¿por qué has venido y has hablado? ¿por qué hiciste milagros? ¿acaso para castigarnos con más rigor? Pero estas son palabras del último furor y locura. El médico no vino para condenarte, sino para curarte; no para desecharte enfermo, sino para librarte enteramente de la enfermedad. Tú mismo voluntariamente te has escapado de sus manos. Recibe, pues, un castigo más grave. Y del mismo modo que si te hubieras sujetado a la cura, te hubieras librado aun de los primeros males; así, porque huiste de él, teniéndole presente, no podrás ya lavar estas culpas; y no pudiendo lavarlas, serás castigado por esto; y también porque cuanto estuvo de tu parte, hiciste inútil el trabajo del médico. Por esto no recibirás igual castigo, sino mucho mayor que antes de haber sido elevado por Dios a tales honores. El que no se mejora con los beneficios recibidos, es justo que sea castigado con mayor rigor. Y por cuanto he demostrado que para nosotros es de poca fuerza esta defensa; y que no sólo no salva a los que recurren a ella, sino que los hace más reos, es necesario buscar otro refugio.
Basilio: ¿Cuál será éste? yo ya no puedo estar en mí: tan turbado y tan lleno de temores me han dejado tus palabras.
[68] I. Reg. IV. 18.
[69] Exod. IV. 13.
[70] Numer. XI. 15. Brixio omite la interpretación de estas palabras, que tal vez faltarían en el texto que tuvo presente.
[71] Numer. XII. 3.
[72] Exod. XXXIII. 11.
[73] Joan. XII. 6.
[74] Joan. XV. 22.

II.
Crisóstomo: No quieras, respondí, te ruego y suplico, no quieras abatirte tanto. Queda aún, sí, algún refugio. Para nosotros que somos débiles, lo es el no entremeternos de modo alguno en semejante dignidad; y para vosotros fuertes, el de no tener puestas las esperanzas de vuestra salud en otra cosa alguna, sino en no hacer, después de la gracia de Dios, cosa que sea indigna de este don, ni de Dios, que lo dio. Serían sin duda dignos del mayor castigo, aquéllos que habiendo conseguido esta dignidad por ambición y por solicitación abusasen de ella, o por pereza, o por malicia, o por falta de ciencia. Pero no por esto queda algún perdón a los que no la solicitaron; antes bien quedan estos privados de todo lugar de defensa.
Conviene, pues, según yo entiendo, que aunque sean millares los que te llamen y estimulen, no atiendas a lo que te dicen; sino que examinando antes las fuerzas de tu alma y haciendo de todo un examen diligente, cedas de este modo a los que te hicieren fuerza. Ninguno se atrevería a hacer fabricar una casa sin ser arquitecto; ni otro que ignorase la medicina, se atrevería a tocar los cuerpos enfermos; y aunque fuesen muchos los que quisiesen obligarle a esto, se excusaría, y no tendría vergüenza de confesar su ignorancia.
¿Y el que ha de tomar a su cargo el cuidado de tantas almas, no entrará primero en cuentas consigo mismo? ¿aunque se reconozca el más inútil de todos, recibirá el ministerio porque fulano lo manda; porque el tal le hace fuerza, y por no ofender a aquél otro? ¿Cómo, pues, no podrá caer juntamente con ellos en una ruina manifiesta? ¿Por qué, pudiendo conseguir por sí mismo la salud, junta a su propia ruina la de otros? ¿de dónde, pues, puede esperar la salud? ¿dónde hallar el perdón? ¿quiénes serán los que intercederán entonces por nosotros? ¿Acaso aquéllos que al presente nos violentan y nos llevan por fuerza? ¿y quién en este tiempo los salvará a ellos mismos? Aun ellos tienen necesidad de otros para escapar del fuego eterno.
Ahora, para que veas que yo no te digo esto por espantarte, sino porque en la realidad es así, oye lo que dice San Pablo a su discípulo Timoteo, su verdadero y amado hijo: [75]"No pongas inconsideradamente las manos sobre alguno, porque no tengas parte en los pecados ajenos". ¿Ves tú de cuanta, no digo reprensión, sino castigo, hemos librado, a lo menos cuanto estuvo de nuestra parte, a los que querían conducirnos a este grado?
Y así como a los que han sido elegidos, no basta para su defensa el decir: "yo no he venido llamado por mí, y no lo he rehusado, porque no lo he previsto"; así tampoco puede aprovechar a los electores la excusa de que no tenían conocimiento del elegido; antes bien por esto mismo se hace mayor su culpa porque elevaron a tal grado al que no conocían; y lo que parecía defensa, agrava mucho más la acusación.
¿Cómo, pues, no será una cosa absurda, que los que quieren comprar un esclavo, lo hagan ver a los médicos, pidan fiadores de la venta, pregunten a los vecinos; y aun después de todo esto no se fían, sino que quieren mucho tiempo para la prueba; y que los que han de destinar a alguno a un tan gran ministerio; sin reflexión, y como sale, formen su testimonio, y juicio, según el favor u odio de otros, sin hacer otro examen alguno? ¿Quién, pues, nos librará entonces de la pena, si los que debían protegernos, necesitan de patrocinio?
Conviene, pues, que el elector haga un examen muy atento; pero mucho mayor ha de ser el que debe hacer el elegido, porque aunque tenga a los electores por compañeros en el castigo de los pecados, no por eso quedará él libre de la pena; antes la tendrá mayor, si no es que aquéllos por algún motivo humano hubieren obrado contra su dictamen y contra la propia razón. Porque si incurrieren en semejante pecado, y conociendo a alguno por indigno, por algún motivo particular le hubiesen promovido, serán castigados igualmente los unos y los otros, y aun con más severidad aquéllos que han promovido a un indigno. Aquél que da la potestad a uno que quiere corromper la Iglesia tendrá la culpa de todos los males que se atreviere a ejecutar.
Pero si la conciencia no le acusa de alguna de estas cosas, sino que dice haber sido engañado de la opinión del vulgo; no por esto queda libre de la pena, sino que tendrá un castigo algo menor que el elegido. ¿Pues por qué esto? porque no es extraño que los electores, engañados de una falsa opinión, vengan a este paso; pero el que ha sido elegido, no podrá decir: "yo no me conocía", como lo pueden decir de él los otros. Así como deberá ser castigado más gravemente que aquéllos; así, es necesario que haga una prueba más rigurosa de sí mismo. Y si aquéllos por ignorancia le quieren promover, sálgales él al encuentro e infórmeles por menor de todas las causas que puedan sacarles del error, y manifestándose indigno del ministerio, huya el grave peso de negocios tan grandes.
¿Cuál es, pues, la causa, de que debiéndose deliberar sobre una expedición militar, sobre el comercio, sobre la agricultura, y otras cosas semejantes que pertenecen a la vida humana, ni el labrador elegiría el oficio del marinero, ni el soldado el del labrador, ni el piloto el del soldado, aunque les amenazasen con mil muertes? No por otra cosa, sino porque cada uno prevería el peligro que sobrevendría por su ignorancia.
Ahora bien, donde el daño es de cosas de tan poca monta, usaremos de tanta providencia, y de ningún modo cederemos a la violencia de los que nos quieren hacer fuerza; y donde espera un castigo eterno a los que no saben manejar el sacerdocio, sin consideración, y como ocurre, hemos de entrarnos en un peligro tan grande, dando por pretexto la violencia de otros? Pero no lo tolerará entonces el que nos juzgará sobre tales cosas. Era debido que mostrásemos mayor atención en las cosas espirituales que en las carnales; y ahora se encuentra, que ni aun es igual la que ponemos.
Dime ahora por tu vida, si creyendo nosotros que un hombre era arquitecto, no siéndolo, le llamásemos a trabajar, y él viniese; y después tomando en las manos los materiales prevenidos para la fábrica, destruyese las maderas, quebrantase las piedras, y edificase la casa de tal modo, que luego padeciese ruina; ¿le serviría a este de defensa, el haber sido obligado por otros, y el no haber venido por su voluntad? De ningún modo, y con mucha razón y justicia porque debía rehusarlo, aunque otros le llamasen.
Pues ahora bien: si a aquél que destruye las maderas y las piedras, no le queda alguna defensa para dejar de ser castigado; el que precipitó las almas y edifica sin atención alguna, ¿podrá persuadirse, que le basta la violencia ajena para evitar el castigo? ¿No es esta una necedad muy grande?
No quiero añadir, que ninguno puede ser forzado, sino aquél que quiere serlo. Pero concédase, que haya padecido una inmensa violencia y artificios tan varios, que haya debido ceder. ¿Acaso esto le librará del castigo? No engañemos, por vida nuestra, en una cosa tan grave y no finjamos ignorar lo que saben muy bien hasta los más niños. Nada nos podrá aprovechar al tiempo de dar las cuentas, el fingir esta ignorancia. Tú no solicitaste el conseguir esta dignidad, conociendo tu propia enfermedad. Muy bien está esto, pero se necesitaba que con el mismo propósito la rehusaras, aun cuando otros te llamasen. ¿Pues qué, cuando ninguno te llamaba eras débil e inhábil; y ahora que se han hallado los que te confíen este honor, de repente te has encontrado fuerte? es cosa ridícula y digna del mayor castigo. Por esto exhorta el Señor a aquél que quiere edificar una torre que no eche los cimientos sin haber primero considerado las propias facultades, para no dar a los que pasan mil ocasiones de burlársele. Y aun en esto, el daño sólo llega hasta la burla. Pero aquí, el castigo es un fuego inextinguible, un gusano que nunca muere; el rechinar de dientes, las tinieblas exteriores, el ser weparado de los escogidos y puesto en el número de los hipócritas.
Pero ninguna de estas cosas quieren reflexionar aquéllos que nos acusan; pues de otra suerte dejarían de reprenderme, porque no quise temerariamente condenarme.
No se trata ahora aquí de una administración de trigo, de cebada, de bueyes, de ovejas, o de otras cosas semejantes, sino del mismo Cuerpo de Jesucristo. La Iglesia de Cristo, según San Pablo, es el Cuerpo de Cristo. El que la tiene a su cargo, necesita reducirla a un buen estado y a una excelente belleza, mirando por todas partes que no haya en alguna de ella, ni mancha, ni arruga, ni lunar, ni otro vicio semejante que pueda afear su honestidad y hermosura. ¿Y qué otra cosa debe hacer finalmente, sino cuidar cuanto alcancen las fuerzas humanas, que este cuerpo sea digno de aquella cabeza que tiene encima, inmortal y bienaventurada?
Y si los que atienden a la buena complexión para la lucha, tienen necesidad de médicos y de maestros de palestra, de una dieta rigurosa, de un continuo ejercicio y de una atengión inmensa: (porque cualquier cosa en ellos, por pequeña que sea, descuidada, puede arruinarlo todo y echarlo por tierra) aquéllos a quienes tocó la suerte de curar este cuerpo que ha de combatir, no contra los cuerpos, sino contra las potestades invisibles, ¿cómo podrán conservarlo sano y entero, si no exceden de mucho la virtud humana y no saben todos los medios útiles y proporcionados para curar un alma? ¿Ignoras, acaso, que este cuerpo del que hablamos, está sujeto a más enfermedades y asechanzas que lo que está nuestra carne y que se corrompe más prontamente que aquélla, y recobra la salud con más lentitud?
[75] I Timoth. V. 22.

III.
Por lo que mira a los que curan los cuerpos, se ha encontrado variedad de medicinas y diverso aparato de instrumentos y alimentos convenientes a los enfermos. Júntase a esto, que sola la cualidad de los aires ha bastado muchas veces para dar la salud al enfermo; y alguna, el sueño que sobrevino oportunamente libró al médico de todo trabajo.
Pero aquí, ninguna de estas cosas puede pensarse. Solamente después del bien obrar, queda un arte y modo de curar que es la doctrina por medio del discurso. Éste es el instrumento, éste el alimento y éste el mejor temperamento de aire; éste el que hace veces de medicina, de fuego, y de hierro; y si se necesita cauterizar o cortar, de éste conviene servirse. Y si éste no tiene alguna fuerza, todo lo demás es superfluo. Con éste damos aliento a un alma abatida, la contenemos inflamada, cortamos lo superfluo, suplimos lo que falta y hacemos todas las otras cosas que sirven para la salud del alma.
Y a la verdad, para arreglar muy bien tu vida, puede la de otro conducir a una igual imitación; pero si en el alma ha entrado una enfermedad de doctrinas bastardas, aquí es muy necesario el discurso, no sólo para la seguridad de los domésticos, sino también para combatir contra los enemigos externos. Porque si alguno tuviese la espada del espíritu y el escudo de la fe de tal modo dispuesto que pudiese hacer milagros, y por medio de prodigios cerrar la boca a los maldicientes, no habría necesidad de valerse del discurso; o por mejor decir, aun en este caso no sería inútil la fuerza y eficacia de la palabra, sino antes bien muy necesaria. Y San Pablo usó de ella, aunque por otra parte fuese admirado por sus prodigios. Y otro del mismo colegio, exhorta a que se tenga gran cuidado de esta facultad, diciendo: [76]"Estad siempre prontos a defenderos con todo aquél que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros". Y todos, de común acuerdo, en aquel tiempo no tuvieron otro motivo para encomendar a Esteban y a sus compañeros el cuidado de las viudas, sino para atender ellos libremente al ministerio de la palabra. Bien que no deberíamos cuidar tanto de éste, si tuviéramos la virtud de hacer milagros.
Y si no nos ha quedado ni aun señal de tal virtud, y por otra parte nos oprimen de todos lados continuos enemigos, por necesidad no nos queda otro recurso, sino el de pertrecharnos bien de estas armas, ya para no quedar expuestos a los tiros de los enemigos, ya también para poder herirles.
[76] I. Pet. 3. 15.

IV.
Por esto debemos poner la mayor atención, en que habite en nosotros abundantemente la palabra de Cristo. No es una sola la especie de pelea que nos está preparada; sino que es muy variada esta guerra y compuesta de diversos enemigos. Ni tampoco se sirven todos ellos de las mismas armas, ni pretenden asaltarnos de un mismo modo. Es, pues, necesario que quien quiera emprender esta batalla contra todos esté bien informado de los artificios que todos usan; y que a un mismo tiempo sea arquero, hondero, centurión, cabo, soldado y capitán, caballero y peón, y práctico en las batallas navales y en los sitios de las Plazas.
En los choques militares, cada uno en el empleo que ha tomado, procura resistir a los que se le oponen; pero aquí no sucede lo mismo. Aquél que pretende vencer, si no está instruido en toda especie de artificios, sabe el demonio, por sola una parte que encuentre abandonada, introduciendo sus corsarios, arrebatar las ovejas; pero no así, cuando ve que el pastor se halla bien pertrechado de toda ciencia y que conoce muy bien sus asechanzas.
De aquí es que necesita fortificarse bien por todas partes. Una ciudad que se halla bien guarnecida de muros por todos lados se burla de los que la tienen sitiada, estando en gran seguridad; pero si alguno rompe la muralla, aunque no sea más que el espacio de una puertezuela, de nada le sirve todo el restante contorno de los muros, aunque todo lo demás tenga la mayor firmeza y seguridad. Del mismo modo sucede en la ciudad de Dios. Cuando en vez de muro la cerca por todas partes la industria y prudencia del pastor, todas las astucias de los enemigos se les convierten en burla, y risa; y los que habitan dentro, permanecen sin recibir daño alguno; pero si alguno por una parte la hubiese podido derribar, aunque no la eche toda por tierra; con todo de una parte (por decirlo así) se pierde el todo.
¿Y qué será, si mientras pelea varonilmente contra los gentiles, la despojan los judíos? ¿y si aun cuando ha vencido a estos dos, la saquean los maniqueos? ¿y si aun después de haber ahuyentado a éstos, degüellan las ovejas que están dentro, aquéllos que introducen el hado? ¿y para qué referir aquí todas las herejías del diablo? las que si no supiere rebatir bien todas el pastor, podrá el lobo, por medio de una sola, devorar gran parte de las ovejas.
Por lo que toca a los soldados, es necesario esperar siempre que seguirá la victoria o la pérdida a aquéllos que están en pie o que combaten. Pero aquí es todo muy al contrario; porque muchas veces la pelea de otros, hizo vencedores, estándose quietos y sentados, a los que, ni pelearon desde el principio, ni han puesto la menor fatiga. Aquél que no teniendo gran destreza se traspasa con su propia espada, da que reír a los amigos y enemigos.
Procuraré ponerte claro lo que digo, con un ejemplo. Los que son secuaces de las locuras de Valentino y de Marción, y los que están tocados de la misma enfermedad, excluyen del catálogo de las Escrituras Sagradas la ley que dio Dios a Moisés. Los judíos hacen de ella tanto aprecio que no obstante la prohibición del tiempo procuran con mayor tesón observarla totalmente contra la voluntad de Dios. La Iglesia de Dios, huyendo del extremo de unos y otros, ha tomado el camino medio, y juzga que no debemos someternos al yugo de la Ley: pero no permite que sea blasfemada; antes bien quiere que se alabe, aunque haya cesado, porque fue útil allá en su tiempo.
Conviene, pues, que el que ha de combatir con unos y con otros, siga esta misma moderación. Porque si queriendo instruir a los judíos, que ya fuera de tiempo se hallan asidos de la legislación antigua, comenzare a reprenderla sin medida, dará ocasión, no pequeña, a aquellos herejes que quieran vituperarla; y si después, pretendiendo tapar la boca a éstos, la ensalzare sin término, y la celebrare, como si al presente fuera necesaria, abrirá la boca a los judíos.
Del mismo modo, aquéllos que están cogidos del furor de Sabelio, y los que padecen la rabia de Arrio, los unos, y los otros se apartaron de la sana creencia por su poca moderación. Unos, y otros tienen el nombre de cristianos; pero si alguno examinare sus dogmas, hallará que aquéllos no son de mejores sentimientos que los judíos y que difieren solamente en los nombres; y que los últimos tienen mucha semejanza con la herejía de Paulo de Samosato; pero que todos se hallan fuera del camino de la verdad.
Gran peligro hay aquí; angosto y estrecho es el camino y amenazado por uno y otro lado de precipicios; y hay no poco que temer, que queriendo herir al uno, no lo seas del otro. Porque si dijeres que es una la divinidad, luego arrastra Sabelio este tu dicho a su modo loco de pensar; y al contrario, si distingues, diciendo ser uno el Padre, otro el Hijo, otro el Espíritu Santo, llega Arrio y aplica la distinción de las Personas a la diversidad de la esencia. Es, pues, necesario detestar y huir la impía confusión de aquél, y la loca división de éste confesando ser una misma la divinidad del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, añadiendo tres Personas; porque de este modo podremos, como oponiendo un muro, rebatir los asaltos del uno y del otro.
Yo podría decirte otros muchos encuentros, en los que si no combates con todo valor y cuidado, no podrás retirarte de la pelea, sino después de haber recibido mil heridas.

V.
¿Y quién podrá contar las contiendas de los domésticos, que no son inferiores a los asaltos de los externos? Antes bien ocasionan mayor trabajo y sudor a aquél que enseña; porque algunos, por demasiada curiosidad inconsideradamente y sin reflexión, quieren indagar aquellas cosas de que sabidas no se saca provecho alguno, ni tampoco es posible saberlas.
Otros al contrario piden cuenta a Dios de sus juicios y pretenden medir aquella inmensa profundidad cuando tus juicios, dice la Escritura, son un gran abismo.[77]
Y encontrarás pocos que cuiden de la fe y del modo de vivir; y por el contrario, muchos empleados vanamente en escudriñar cosas, que no es posible encontrar, y que no pueden buscarse sin ofensa de Dios. Porque si pretendiéremos saber lo que Dios no ha querido que sepamos, ni lo sabremos: (porque ¿cómo podrá ser esto si Dios no quiere?) y lo que sacaremos de aquí, será solamente el peligro que trae consigo el indagarlo. Pero con todo, siendo esto así, si alguno con su autoridad cerrase la boca a los que se ocupan en escudriñar estas cosas inexplicables, se granjearía un concepto de soberbio y de ignorante. Por esto conviene usar aquí de una gran prudencia, para que el prelado pueda apartarlos de cuestiones tan vanas y se libre de las acusaciones sobredichas.

Ahora bien, para todas estas cosas no se ha dado algún otro socorro que el de la palabra y si alguno careciere de esta facultad, las almas de los que le son súbditos, hablo de los más enfermos y curiosos, no se hallarán en mejor estado que los navíos agitados continuamente de tempestades. Por esto debe el sacerdote hacer todo el esfuerzo posible para adquirir esta facultad.
[77] Psal. 35. 6. I. Cor. 11. 6. y 26. cap. 12. 2. cap. 9. 22.

VI.
¿Por qué, pues, dijo Basilio, no se cuidó San Pablo de aplicarse a esta virtud? pues no se avergüenza de la pobreza de su elocuencia, sino que confiesa claramente ser un idiota. Y esto escribiendo a los de Corinto que eran admirados por su elocuencia y que se gloriaban de ella en extremo.
Crisóstomo: Esto mismo es, respondí yo, lo que ha perdido a muchos y los ha hecho descuidados para que se instruyesen en la verdadera doctrina; porque no habiendo podido enteramente penetrar la profundidad del sentimiento de San Pablo, ni entender el sentido de las palabras, permanecieron toda su vida sumergidos en el sueño y en la omisión, abrazando esta ignorancia; no ya aquélla de que dice San Pablo ser comprendido, sino otra, de que estuvo tan lejos como lo puede estar otro hombre de los que viven debajo de este cielo.
Pero cortemos por un rato este discurso. Yo entretanto digo esto: concedamos que fuese idiota en la parte que estos pretenden; ¿qué tiene esto que hacer con los hombres que al presente conocemos?
Porque tuvo otra facultad mucho más eficaz que la palabra y capaz de obrar cosas mayores. Con sólo presentarse y permanecer en silencio era terrible a los demonios; y si en el tiempo presente se juntasen todos los hombres con mil oraciones y lágrimas no tendrían la eficacia que en otro tiempo tuvo el ceñidor de San Pablo. Sólo con ponerse a orar, resucitaba los muertos, y obraba tales prodigios que los gentiles le tuvieron por un Dios; y antes de salir de esta vida, mereció ser arrebatado hasta el tercer cielo y ser participante de palabras, que no es lícito oír a la humana naturaleza.
Pero los que viven ahora... No quiero decir cosa que parezca dura u odiosa; ni digo estas cosas por insultarles, sino solamente admirado de que no les cause empacho el pretender compararse con un hombre de esta clase. Porque si, dejando a un lado los milagros, pasamos a contemplar la vida de aquel hombre bienaventurado, y buscamos con atención sus angélicas costumbres, conocerás que este atleta de Cristo conseguía más victorias con esta que con los milagros.
¿Quién podrá contar su celo, su mansedumbre, los continuos peligros, los frecuentes cuidados y afanes por amor de la Iglesia, la compasión por los enfermos, las muchas tribulaciones, las siempre nuevas persecuciones, las muertes cotidianas? ¿Y cuál es el lugar del mundo habitado, qué tierra firme, o qué mar, adonde no haya penetrado la noticia de los combates de aquel hombre justo? Le ha conocido aun la tierra que no se habita, pues le recibió muchas veces en sus peligros y sufrió todo género de asechanzas, y por todo camino llegó a la victoria, no conociendo el fin de combatir, ni de triunfar.
Pero yo no sé cómo me he dejado insensiblemente llevar a hacer a tal hombre una injuria como esta. Porque sus obras ilustres son sobre toda oración; y exceden tanto la mía, cuanto me exceden los que sobresalen en la elocuencia. Con todo, ni aun por esto (porque aquel hombre no me juzgará por el buen o mal suceso, sino por mi sana intención) cortaré mi discurso hasta haber dicho lo que es tanto mayor que todo lo que queda referido, cuanto él es superior a todos los hombres. ¿Cuál, pues, es esto? después de hechos tan ilustres, después de mil coronas, deseaba ir al infierno y ser entregado a una pena eterna, a trueque de que se salvasen y uniesen con Cristo los judíos, que muchas veces, cuanto estuvo de su parte, le habían apedreado y dado la muerte. ¿Quién es el que ha amado de este modo a Jesucristo? si es que este debe llamarse amor, y no alguna otra cosa más excelente que amor. ¿Y nos atreveremos aun a comparar con él, después de haber tenido de lo alto tanta gracia? ¿después de tan grande virtud que manifestó de su parte? ¿Y qué cosa puede haber más temeraria?
Pero procuraré demostrar también aquí, que no fue tan idiota como éstos tales pretenden. Llaman éstos idiota, no solamente a aquél que no está ejercitado en los encantos de la elocuencia del siglo, sino también al que no sabe combatir por los dogmas de la verdad. Y piensan bien, pero San Pablo no dice ser idiota en las dos cosas, sino solamente en una. Y para confirmar esto, hizo una cuidadosa distinción, diciendo ser idiota, no en el conocimiento, sino en la palabra. Ahora bien, si yo aquí pidiese la dulzura de Isócrates, la vehemencia de Demóstenes, la gravedad de Tucídides y la sublimidad de Platón, podrían en tal caso citarme el presente testimonio de San Pablo. Pero yo dejo a un lado todas estas cosas, y el escrupuloso y buscado ornato de los paganos ni me cuido de la frase, ni de la elocución.
Y se conceda también la pobreza de la oración, y la composición sencilla y desnuda de las voces; solamente no se encuentre algún idiota en el conocimiento exacto de los dogmas, ni tampoco para ocultar su descuido y omisión, quiera defraudar a aquel hombre bienaventurado del mayor de los bienes y de la principal de sus alabanzas.

VII.
¿Cómo, dime, te ruego, confundió a los judíos que habitaban en Damasco, cuando aún no había comenzado a hacer milagros? ¿cómo abatió el orgullo de los helenistas? ¿Por qué fue desterrado a Tarso? ¿Acaso no sucedió esto por haberlos vencido a fuerza de discurso y porque los estrechó de tal suerte, que no pudiendo sufrir ser vencidos, se irritaron hasta querer darle muerte? En esta ocasión aún no había comenzado a hacer milagros; ni alguno podría alegar que el pueblo le tuvo por un hombre prodigioso por la fama de sus maravillas, y que los que combatían con él quedaban oprimidos de la reputación que tenía; porque hasta entonces sólo vencía con la razón y el discurso. ¿Y con qué armas combatió y disputó con los que querían judaizar en Antioquía? ¿Y aquel areopagita, ciudadano de aquella ciudad supersticiosísima, no le siguió juntamente con su mujer, atraídos solamente de un sermón que le oyeron? ¿Y Eutiquio, cómo cayó de la ventana? ¿no fue porque se detuvo hasta muy entrada la noche a escuchar su doctrina y razonamientos? ¿qué diré yo en Tesalónica y en Corinto? ¿qué en Efeso, y en la misma ciudad de Roma? ¿no empleó noches y días enteros, y continuados en exponer las Escrituras? ¿quién podrá contar sus disputas con los epicúreos y con los estoicos? Sería alargar mucho nuestra oración, si quisiéramos referir aquí todas las cosas. Ahora, pues, siendo manifiesto que antes de sus milagros, y en medio de ellos se sirvió mucho de la palabra, ¿cómo se atreverán a llamar idiota a aquél que principalmente fue admirado de todos por sus disputas y por sus sermones? ¿Y por qué los de Lycaonia creyeron que era Mercurio? El que fuesen juzgados dioses los apóstoles, lo hicieron los milagros: pero que Pablo fuese creído Mercurio, no fue por los milagros, sino por la elocuencia.

¿Y por qué tuvo esta prerrogativa entre los demás este hombre santo? ¿y de dónde viene, que por toda la tierra se halle tan frecuentemente en la boca de todos? ¿de dónde, que no solamente de nosotros, sino también de los judíos y gentiles sea admirado más que todos? ¿no es esto por la fuerza y eficacia de sus cartas? por la que no sólo a los fieles que vivieron entonces, sino también a los que han vivido desde aquel tiempo hasta el día de hoy, y a los que vivirán hasta la venida de Cristo, ha traído y traerá utilidad, y no cesará de traerla, mientras durare la generación de los hombres.
Porque así como un muro de diamante, así sus cartas fortifican todas las iglesias del mundo; y él, a semejanza de un valerosísimo combatiente, permanece aún firme en medio, esclavizando todo entendimiento a la obediencia de Cristo y destruyendo todos los discursos, y todo lo que quiere levantarse contra el conocimiento de Dios. Todas estas cosas obra por medio de aquellas cartas maravillosas, llenas de divina sabiduría, que nos ha dejado. Y no solamente nos sirven sus escritos para destruir las doctrinas espurias, y para confirmar las legítimas, sino también principalmente contribuyen para arreglar bien la vida. Porque aun ahora, valiéndose de estas los prelados de las iglesias, componen y forman aquella virgen casta que él había adornado para Cristo, y la conducen a la espiritual belleza; con estas la preservan de las enfermedades que la asaltan, y le conservan la salud que ha recobrado. Tales medicinas, y de tal eficacia nos dejó aquel idiota, de las cuales saben bien la prueba los que las aplican con frecuencia. Y que él en esta parte haya puesto mucha atención, se ve manifiestamente de lo que se sigue.

VIII.
Oye, pues, lo que dice escribiendo a su discípulo: [78]"Atiende a la lección, a la exhortación, a la doctrina", y añade después el fruto que proviene de esto, diciendo: [79](b) "Porque haciéndolo, te salvarás a ti mismo, y a los que te escuchan". Y en otro lugar: "No debe un siervo del Señor altercar, sino ser apacible con todos, capaz de enseñar, sufrido".
Y pasando adelante: [80]"Tú permanece constante en las cosas que has aprendido, y que se han confiado a tu fe, sabiendo de quién las has aprendido, y que desde niño has tenido conocimiento de las Letras Sagradas, que pueden para la salud hacerte docto". Y en otra parte: [81]"Toda Escritura, dice, ha sido inspirada de Dios, y útil para la doctrina, para la reprensión, para la corrección, para la instrucción que está en la justicia, para que sea perfecto el hombre de Dios.
Escucha también, cuando habla a Tito sobre la creación de los obispos que es lo que añade: [82]"Conviene, dice, que el obispo sea tenaz de la palabra fiel, que es según la doctrina, para que pueda convencer a los que contradicen". ¿Cómo, pues, siendo un idiota, como estos dicen, podrá convencer a los que contradicen y cerrarles la boca? ¿Qué necesidad hay de atender a la lección y a las escrituras, si se ha de abrazar esta ignorancia? Excusas son estas, y pretextos para encubrir la omisión y la pereza.
Pero dirá alguno, que esto se dirige sólo a los sacerdotes. Pues justamente nuestro discurso pertenece a éstos; pero para prueba de que también se encamina a los súbditos, escucha ahora, lo que exhorta a otros en otra carta: [83]"La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente en toda sabiduría". Y en otro lugar: [84]"Vuestro hablar sea siempre con gracia, sazonado de sal, para saber como debéis responder a cada uno". Y aquellas palabras: [85]"Estad dispuestos para defenderos", se han dicho para todos. Escribiendo a los Tesalonicenses, dice: [86]"Edificad uno al otro, así como lo hacéis". Cuando después habla de los sacerdotes: [87]"Los sacerdotes, dice, que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doblado honor, particularmente los que trabajan en la palabra y en la doctrina".
Porque este es el término perfectísimo de la doctrina, cuando por medio de las cosas que hacen, y que dicen, conducen a sus discípulos a aquella vida dichosa que ha sido ordenada por Cristo. Porque para enseñar no bastan los hechos; ni esta palabra es mía, sino del mismo Salvador: [88]"Quien hiciere, dice, y enseñare, éste, será llamado grande". Porque si el hacer fuese lo mismo que el enseñar, sería superfluo añadir lo segundo; pues bastaría sólo el haber dicho: "Quien hiciere". Pero distinguiendo estas cosas, manifiesta que una pertenece a las obras y la otra a las palabras; y que la una tiene necesidad de la otra para una edificación perfecta. ¿No oyes qué es lo que dice este escogido vaso de Cristo a los sacerdotes de Efeso? [89]Por tanto velad, acordandoos, que por espacio de tres años, noche y día no he cesado de avisaros con lágrimas a cada uno de vosotros. ¿Qué necesidad tenía de lágrimas, ni de amonestaciones por medio de las palabras, si brillaba en él tanto la vida apostólica? Para el cumplimiento de los mandamientos puede ser muy útil la vida ejemplar; pero no puedo decir que en nuestro caso lo pueda hacer todo por sí sola.
[78] I. Tim. 4. 13.
[79] 2. Tim. 2. 24.
[80] 2. Tim. 3. 14.
[81] 2. Tim. 3. 16.
[82] Tit. 1. 17.
[83] Colos. 3. 16.
[84] Colos. 4. 6.
[85] I. Pet. 3. 15.
[86] I. Thes. 5. 11.
[87] I. Tit. 5. 17.
[88] Mat. 5. 19.
[89] Act. 20. 31.

IX.
Cuando se mueve una disputa sobre los dogmas, y todos se defienden con las mismas Escrituras, ¿qué fuerza podrá tener la vida en esta ocasión? ¿Cuál podrá ser la utilidad de muchos sudores, si después de tantas fatigas, habiendo caído alguno por grande ignorancia en herejía, fuese cortado del cuerpo de la iglesia? Esto sé que ha sucedido a muchos. ¿Qué provecho puede venir a éste de la paciencia? Ninguno, así como no es de provecho alguno la fe sana cuando la vida es mala.
Por esto, pues, debe tener una gran práctica en todas estas batallas, aquél a quien tocó por suerte el enseñar a los otros; porque aunque él permaneciere en seguridad y no reciba daño de los que contradicen; con todo, el vulgo de los más simples, que le está subordinado, si ve vencido a su jefe, y que no tiene que responder a los que le contradicen, no carga la culpa de esta pérdida a la debilidad de éste, sino al vicio de los dogmas. Y por la ignorancia de uno solo, todo un pueblo es conducido a la última ruina. Porque aunque enteramente no se inclinen al partido de los contrarios; con todo, se ven obligados a dudar de aquéllos en quienes debían tener puesta su confianza; y no pueden estar atentos con la misma firmeza a aquéllos en quienes se habían apoyado con fe entera; antes bien se introduce en sus ánimos una tempestad tan grande, por haber sido vencido el Maestro, que el mal viene finalmente a terminar en un naufragio.
Cuánta, pues, sea la perdición, y cuánto aquel fuego que se amontona sobre la cabeza de este infeliz, por cada uno de aquéllos que se pierden, tú no tendrás necesidad de aprenderlo de mí, sabiendo tú mismo muy bien todas estas cosas.
Dime ahora: ¿se me culpará de soberbia o de vanagloria, porque no quise ser causa a tantos de su perdición, ni procurar a mi mismo un castigo mayor del que tal vez me está allá reservado? ¿Y quién podría decir una cosa como ésta? Ninguno; sino es aquél que quiera neciamente acusarme y hacer del filósofo en los males ajenos.

LIBRO V

I.
Me parece haber mostrado bastante, cuánta es la experiencia que debe tener un obispo para entrar en los combates por defensa de la verdad. Pero fuera de esto, tengo que añadir otra cosa, la cual es causa de mil peligros; o por mejor decir, no es esta la causa, sino aquéllos que no saben usar bien de ella. De esta resulta la salud y otros muchos bienes, cuando se halla en hombres adornados de bondad y de diligencia. ¿Cuál pues es ésta? es el grande trabajo, y atención que debe emplearse en los sermones que se tienen públicamente al pueblo.
Porque en primer lugar, la mayor parte de los súbditos no quiere escuchar a los predicadores como a maestros; sino que excediendo la condición de discípulos, se sientan a oírles como si se sentaran a ver unos espectáculos profanos. Y así como en aquéllos se divide el pueblo, y quién se inclina a éste, y quién a aquél; así también aquí divididos, unos favorecen a uno, otros a otro, y escuchan el sermón prevenidos de odio, o de favor.
Ni se encuentra aquí sola esta molestia, sino otra nada inferior; porque si sucede que alguno de los predicadores entreteje en sus razonamientos alguna cosa que otros han trabajado, tiene que sufrir más villanías que los que han robado algún dinero. Y aun no pocas veces sucede, que este tal, no habiendo tomado cosa alguna de otro, sino solamente porque se sospecha, que lo hace, le sucede lo mismo que a los que han cogido con el hurto en las manos.
¿Pero qué hablo yo de lo que otros han trabajado? No le es lícito valerse frecuentemente de sus propios descubrimientos, porque la mayor parte suele acudir al sermón, no para aprovecharse de él, sino para divertirse, sentándose a ser como jueces de unos representantes de tragedia, o de unos músicos de cítara. Y aquella fuerza de oración, que poco antes hemos excluido, es aquí tan deseada, como puede serlo de los mismos Sofistas, cuando se ven precisados a disputar entre sí.
Por tanto, se necesita también en esta parte un ánimo fuerte, y que exceda en mucho esta flaqueza, para refrenar el desordenado e inútil gusto de la muchedumbre, y para poder reducir a lo más útil al auditorio, para que el pueblo le siga, ceda a sus discursos, y él no se deje llevar, ni se acomode a los caprichos de un vulgo. Pero esto no puede conseguirse sin dos cosas; es a saber, el desprecio de las alabanzas y la facultad de hablar. Porque si falta la una, es inútil la que queda, por estar separada de la otra.

II.
Y si despreciando las alabanzas, no propone la doctrina con gracia y sazonada de sal, se granjeará el desprecio de la mayor parte, no sacando utilidad alguna de aquella superioridad de ánimo. Y si cumpliendo bien en esta parte, tiene la flaqueza de dejarse llevar de vanagloria por los aplausos, resulta el mismo daño a él, y a quien le escucha, acomodando el sermón por ambición de alabanza, más al paladar, que a la utilidad de sus oyentes.
Y así como aquél a quien no mueven los aplausos, pero que no sabe hablar, no se acomoda al gusto del pueblo, ni puede traerle, por faltarle la facundia, alguna utilidad considerable; así aquél a quien arrastra el deseo de ser alabado, aunque tenga con que poder mejorar a sus oyentes, quiere más en cambio de aquellas alabanzas, ofrecerles cosas que puedan lisonjear su gusto, comprando con el precio de éstas el estruendo de los aplausos.

III.
Es necesario, pues, que el que gobierna un pueblo sobresalga en estas dos partes, para que la una no sea destruida de la otra; porque si presentándose en un público dice cosas que pueden muy bien contener a los que viven descuidadamente, y después se queda sin poder proseguir el discurso, y se ve obligado a que su rostro se cubra de vergüenza porque le faltan las palabras, en aquel punto se pierde todo el fruto que podían dar las cosas que ha dicho. Aquéllos que han sido reprendidos, sintiendo lo que oyeron, y no pudiendo vengarse de él de otra suerte, le comienzan a motejar de ignorante, creyendo ocultar de este modo sus oprobios.
Por tanto, conviene que a semejanza de un buen cochero, tenga una práctica muy cumplida de estas dos prendas; de modo que pueda usar de ellas como convenga. Porque si su conducta apareciere para con todos irreprensible, podrá en tal caso, con cuanta libertad gustare, acortar o soltar la rienda a los que le están subordinados; pero sin esto, no le será muy fácil el hacerlo. Ni basta solamente mostrar aquella superioridad de ánimo hasta el desprecio de las alabanzas, sino que es necesario llevarla más adelante para que nuevamente no se pierda el fruto.

IV.
¿Qué otra cosa, pues, es la que se ha de despreciar? la envidia. Y supuesto que un prelado se halla en la necesidad de estar sujeto a sufrir reprensiones poco razonables, no es bien que sin medida tiemble y se espante de semejantes calumnias intempestivas; las que ni tampoco debe despreciar inconsideradamente. Conviene sí, aun cuando sean falsas, y que provengan de gente de poco valer, procurar desvanecerlas prontamente.
Verdaderamente, no hay cosa alguna que aumente tanto la buena, o mala fama, como el vulgo descompuesto. Acostumbrado éste a oír y a hablar sin discernimiento dice, sin reflexión, todo lo que le viene a la boca, sin cuidarse de si es o no verdad. Por tanto, no debe despreciarse la voz del vulgo; antes bien en el principio, y sin perder tiempo, se han de cortar las malas sospechas, persuadiendo a los acusadores, aunque fuesen los más irracionales de todo el mundo, sin omitir alguna cosa de las que puedan conducir para destruir la mala opinión. Cuando hecho todo esto de nuestra parte, no quieren volver en sí los calumniadores, entonces viene bien el no hacer aprecio de ellos; porque si alguno por semejantes accidentes abatiere su espíritu, no podrá producir cosa que aparezca dimanada de un ánimo generoso o digno de admiración. Porque la tristeza y el permanecer fijo constantemente con el pensamiento en una cosa tienen mucha fuerza para abatir el vigor del ánimo y reducirlo a una extrema debilidad.
Debe, pues, el sacerdote portarse con sus súbditos del mismo modo que un padre se portaría con sus hijos cuando son aún muy tiernos. Y así como no nos movemos considerablemente por sus insolencias, ni cuando nos hieren, o cuando lloran, como tampoco recibimos algún placer excesivo de sus risas, o caricias; así también conviene que no nos envanezcamos oyendo que nos alaban; ni abatirnos por sus calumnias, cuando son fuera de propósito.
Difícil cosa es esta, ¡oh bienaventurado! o tal vez imposible, según yo entiendo; porque dejar de alegrarse un hombre cuando oye sus alabanzas, no sé si habrá sucedido a alguno. Aquél, pues, que se alegra de oírlas, es natural que desee también gozarlas; y quien desea gozarlas, es necesario por una forzosa consecuencia, que se consuma y entristezca, si no consigue esto.
Así como los que se regocijan con las riquezas, si vienen a caer en pobreza, lo sienten; y los que están acostumbrados a vivir en medio de las delicias, no pueden ajustarse a hacer una vida frugal; así los que aman ser alabados, no sólo cuando son reprendidos sin razón, sino aun cuando continuamente no oyen sus elogios, casi como consumidos de una cierta hambre, se destruyen el ánimo; y particularmente si se han criado en medio de ellos, o si oyen alabar a otros en su presencia. Por tanto, aquél que con este deseo pasare a dar muestras de su doctrina, ¿cuántas molestias y cuántos dolores crees tú que pasará? Ni el mar puede hallarse jamás sin olas, ni tampoco su ánimo dejar de ser agitado de varios pensamientos y afanes.

V.
Pero aun cuando tenga una gran facilidad en el decir (lo que a la verdad se encuentra en pocos), no por esto queda libre de trabajar continuamente. Siendo la elocuencia obra, no de la naturaleza, sino de la doctrina, aun cuando alguno llegue a lo sumo de ella, si no aplica un continuo estudio y ejercicio a esta facultad será abandonado de ella fácilmente. De modo, que los más sabios, tienen que trabajar más que los menos doctos; porque no es igual la pérdida de los unos y de los otros, si fueren descuidados en esto; antes bien es tanto mayor, cuanta es la diferencia que hay entre la pericia de los unos y de los otros.
Y si aquéllos no ofrecen cosa que sea de consideración, no por esto habrá quien los reprenda; pero si estos no dan de sí siempre cosas superiores a aquella opinión que se tiene de ellos, les siguen muchas quejas de parte de todos. Fuera de esto, aquéllos, aun en cosas de poca monta, pueden conseguir grandes alabanzas; pero las de éstos, si no fueren hasta lo sumo maravillosas y estupendas, no solo quedan privados de alabanzas, sino que encuentran muchos que los reprenden.
Los oyentes se sientan como jueces, no tanto de las cosas que dicen los oradores, como de la opinión que se tiene de ellos. De modo que si alguno sobresale en elocuencia sobre todos los otros, a éste le queda que trabajar mucho más que a todos los otros. No le es permitido aparecer sujeto a lo que está la naturaleza humana; esto es, el no poder bastar para todo; antes bien, si no corresponde la oración al concepto que se tiene de él, se retirará de la presencia del pueblo después de haber oído mil motes y reprensiones.
Y ninguno entra a pensar dentro de sí mismo, que sobreviniéndole alguna tristeza, afán, o cuidado, y no pocas veces alguna indignación, le habrá ofuscado la claridad del entendimiento y no le habrá permitido que se manifestasen sinceros a la luz pública sus partos. Y que generalmente hablando, el hombre no puede ser siempre el mismo, ni salir bien en todas las cosas que dice; sino que le es natural el errar alguna vez y manifestarse inferior a su propia facultad y virtud.
Ninguna de estas cosas, como dejo dicho, quieren reflexionar estos tales, sino que lo acusan del mismo modo que si juzgaran a un Ángel.
Se junta a todo esto, el ser natural al hombre, el perder de vista las acciones excelentes del prójimo, por muchas y grandes que sean. Pero por el contrario, si se descubre alguna falta, por ligera que sea, y aunque haya acaecido mucho tiempo antes, la advierte prontamente y la reprende, teniéndola fija en la memoria. Y semejante falta de poquísima consideración ha disminuido, no pocas veces, la gloria de muchos y grandes hombres.

VI.
¡Ves, oh valeroso, cuánto mayor estudio, y con el estudio, cuánta mayor paciencia necesita el que sobresale en elocuencia entre los otros, que aquéllos de quien antes te hablaba! Son muchos los que sin motivo alguno, y sin cesar, le asaltan, no teniendo de qué acusarle, sino solamente por el sinsabor que experimentan de que esté tan bien opinado de todos; debiendo él tolerar con un ánimo generoso la áspera envidia de estos tales. Porque no pudiendo ocultar este odio execrable, que sin causa alguna tienen reconcentrado en su corazón, motejan, vituperan y calumnian escondidamente, manifestando sin rebozo su perversa inclinación.
Ahora, pues, un alma, que por cada una de estas cosas comienza a entristecerse y a condolerse, no hará otra cosa, sino consumirse de dolor y de pena.
Y no solamente le hacen estos tiros por sí mismos, sino que procuran valerse de otros para hacer lo mismo. Y muchas veces escogiendo uno, que le es muy inferior en la elocuencia, le alaban hasta los cielos y lo admiran sobre sus méritos: haciendo esto unos sólo por capricho, y otros por ignorancia y envidia, para echar por tierra su reputación, y no precisamente con la mira de que aparezca digno de admiración el que no lo es.
Y este hombre valeroso, no sólo tiene que combatir con esta casta de gente, sino frecuentemente aun con la ignorancia de todo un pueblo. No es posible que todos los que concurren, formen un congreso de hombres doctos; antes por el contrario, sucede ordinariamente que se componga por la mayor parte de gente idiota. Y los demás, aunque sean más prudentes que aquéllos, con todo, son tan inferiores a los que pueden dar su juicio en materia de elocuencia, cuanto todo el resto de los demás son inferiores a ellos; se sientan solamente uno o dos que poseen esta facultad. De donde resulta que aquél que dice mejor, lleva los menores aplausos y que alguna vez se retire sin recibir alguna alabanza.
Ahora, pues, conviene prepararse generosamente para sufrir todas estas desigualdades, y para perdonar a quien hace esto por ignorancia, y compadecer y llorar a los que lo hacen movidos de envidia como desdichados y dignos de compasión; sin creer, que su habilidad ha padecido disminución, ni menoscabo por los unos, ni por los otros.
Un excelente pintor que sobresale entre todos los otros, aunque vea ser censurada por gente ignorante una figura que ha pintado con el mayor esmero, no por esto debe descaecer de ánimo, ni juzgarla mala por el juicio de personas que no lo entienden; como tampoco tener por digna de aprecio, y por bien hecha, una pintura, que en la realidad lo está mal, por la admiración que excita en los que no la entienden.

VII.
Un artífice excelente debe ser por sí mismo juez de sus obras, y tenerlas por feas o por hermosas cuando el mismo entendimiento que las produjo lo sentenciare así; y por lo que toca a la opinión errónea de los otros, y a su poca pericia en el arte, no debe, ni aun darla asiento en su ánimo.
Aquél, pues, que tomó a su cargo el trabajo de enseñar, no atienda a las aclamaciones de los otros, ni por faltar éstas, abata su ánimo; sino que trabaje siempre sus discursos con el fin de agradar a Dios (esto sin duda ha de serle la sola regla, y el término de su mayor atención en trabajarlas, no las aclamaciones, ni los aplausos), y si es alabado de los hombres, no deseche sus elogios; y si los oyentes no le aplauden, no por esto lo pretenda, ni se entristezca. Por lo que toca a él, tiene por suficiente consuelo de sus fatigas, y mayor que todos los otros, cuando no le falta el testimonio de la conciencia, de que ha compuesto y trabajado su oración con el fin de agradar a Dios.

VIII.
En el mismo punto en que le sorprenda el deseo de estas indiscretas alabanzas, de nada le aprovechan sus muchas fatigas, ni la facultad de su elocuencia porque un ánimo que no puede sufrir las necias reprensiones del vulgo, se relaja fácilmente y abandona el estudio. Por esto conviene, que sobre todo se halle bien instruido en despreciar las alabanzas; porque sin esto, el solo saber hablar bien, no basta para conservar esta facultad.
Si alguno, pues, quisiere hacer un diligente examen, de otro que se halla escasamente adornado de esta habilidad, encontrará que le es igualmente necesario a él, que al otro, el despreciar las alabanzas. Porque se verá en la precisión de incurrir en muchos errores, si se deja vencer por la opinión del vulgo; de donde hallándose sin fuerzas para poder igualar a los que son celebrados por su elocuencia, no tendrá dificultad en ponerles asechanzas, en envidiarles y censurarles temerariamente, y en cometer otras ruindades semejantes. No dejará piedra por mover, aunque sea necesario perder su alma, como logre reducir la opinión de aquéllos a la humildad de su pequeñez.
A lo que se junta, que apoderándose de su ánimo una torpeza, abandonará aquellos sudores que traen consigo alguna fatiga. El aplicarse mucho al trabajo, recogiendo de esto una muy corta alabanza, es bastante para abatir y hacer caer en un profundo sueño a aquél que no sabe despreciar las alabanzas. Del mismo modo que un labrador cuando trabaja en un terreno estéril, y se ve obligado a labrar las piedras, se aparta pronto del trabajo, si no es que tenga una grande inclinación a la fatiga, o que por otra parte le amenace el hambre.
Y si aquéllos que poseen un gran caudal de elocuencia, tienen necesidad de tanto ejercicio para conservarse en la posesión; aquél que no ha recogido cosa alguna, sino que en el mismo tiempo de las disputas se ve obligado a meditar; ¿qué dificultad no hallará, cuánta inquietud, cuánta turbación para poder recoger alguna cosa a costa de mucho trabajo?
Y si alguno de aquéllos que están después de él, y a quienes cupo un orden inferior, puede brillar más en esta parte, se requiere un ánimo casi divino para que no le sorprenda la envidia y para no caer en tristeza. Para uno que se halla constituido en mayor dignidad, el ser vencido por los inferiores y tolerar esto con un ánimo generoso, no es cosa para un ánimo vulgar, ni para el nuestro, sino para uno hecho de diamante. Y si aquél que le excede en la fama, es un hombre justo y moderado, el mal es de algún modo tolerable; pero si es atrevido, arrogante y sediento de gloria es cosa de que cada día le desee la muerte y le amargue la vida insultándolo en público, mofándolo en oculto, defraudándolo y apoyándose, cuanto pueda, en su autoridad. El quiere sólo ser el todo; y para asegurarse más todas estas cosas tiene de su parte la libertad en el hablar, el favor del pueblo y el amor de todos los súbditos.
¿Por ventura, no ves cuán grande es el amor de la elocuencia, que vergonzosamente se ha apoderado, al presente, del corazón de los cristianos, y que son honrados sobre todos, aquéllos que la cultivan, no sólo de los extraños, sino también de los domésticos de la fe? ¿Cómo, pues, podrá sufrir uno tan gran vergüenza, como la de que hablando él, callan todos y juzgan ser molestados, esperando el fin de la oración como un descanso de su fatiga?; y haciendo un discurso su antagonista, por largo que sea, lo oyen con gusto y cuando está para concluirlo manifiestan impaciencia y queriendo callar, se conmueven y alteran. Estas cosas, aunque ahora, por tu falta de experiencia te parezcan de poca consideración y dignas de desprecio; son bastantes para amortiguar el ardor del ánimo y relajar su vigor, a no ser que apartando de él todos los afectos humanos, procure hacerse semejante a las potestades incorpóreas; que ni se dejan sorprender de envidia, ni del amor de la gloria, ni de otra semejante enfermedad.
Si hay, pues, entre los hombres alguno de tal calidad que pueda pisar esta indómita, inexpugnable y fiera bestia de la gloria popular y cortar sus muchas cabezas, o por mejor decir, hacer de modo que no nazcan, éste tal podrá fácilmente rechazar estos muchos asaltos y gozar como de un tranquilo puerto.
Pero aquél que no se halla libre de semejante bestia, introduce en su ánimo una guerra variada, un continuo tumulto, un tropel de tristezas y de otras pasiones. ¿Pero para qué proseguir, contando las otras dificultades? las cuales no podrá referir, ni saber, sino aquél que se hubiese hallado en medio de los mismos negocios.

LIBRO VI

I.
Las cosas de la vida presente, pasan de este modo que has oído; pero las de la otra venidera, ¿cómo podremos sufrirlas, cuando nos viéremos obligados a dar cuenta por cada uno de aquéllos que nos hubieren sido encomendados? porque la pena no se ciñe a la vergüenza, sino que a ésta se sigue un castigo eterno. Aquellas palabras: [90] "Obedeced a vuestros pastores, y estadles sujetos, porque ellos velan por vuestras almas, como los que deben dar cuenta de ellas"; aunque ya las dejo tocadas arriba, con todo, no las pasaré ahora en silencio, porque el temor de esta amenaza me perturba el ánimo continuamente. Y verdaderamente, [91]si el que escandaliza a uno, aunque sea de los más pequeños, es conveniente, que atándole al cuello una piedra de molino sea sumergido en el mar; y si todos los que ofenden la conciencia de sus hermanos, pecan contra el mismo Cristo, ¿qué padecerán, y qué pena sufrirán aquéllos que son causa de la perdición, no de una, de dos, o tres personas, sino de tanta muchedumbre? No se puede alegar aquí la excusa de la impericia, ni recurrir a la ignorancia, ni dar por pretexto la necesidad y la fuerza. Mucho mejor podría un súbdito, si le fuese permitido, valerse de este refugio en sus propios pecados, que los prelados en los pecados de los otros. ¿Y por qué esto? porque aquél que está puesto para corregir las ignorancias del prójimo y para avisarle con tiempo que se acerca la guerra del demonio, no podrá dar por pretexto la ignorancia, ni decir: "Yo no he oído la trompeta, yo no he previsto la guerra"; pues está sentado, como dice Ezequiel, [92]para tocar la trompeta a los otros y para advertirles de antemano los desastres que pueden ocurrir.
Por lo que será inevitable el castigo, aunque sólo sea uno el que se pierda. Porque si viniendo la espada, no se toca al pueblo la trompeta, y el que está de atalaya (dice el profeta) no diere la señal; y venida la espada, cogiere un alma por causa de su iniquidad, yo buscaré y pediré su sangre de la mano del que debe estar en vela.
[90] Heb. 13. 17.
[91] Mat. 18. 6.
[92] Ezech. 33. 3.

II.
Deja, pues, de inducirme a un juicio tan inevitable; pues no se trata aquí de gobernar un ejército, ni un reino, sino de una cosa que requiere una virtud angelical. El sacerdote debe tener un alma más pura que los mismos rayos del sol para que en ninguna ocasión se vea abandonado del Espíritu Santo, y para poder decir: [93]"Vivo yo, ya no yo, sino que vive Cristo en mí".
Pues si aquéllos que habitan en la soledad, apartados de la ciudad, de la plaza y de los bullicios que aquí se encuentran, y que siempre gozan del puerto y de la tranquilidad, no quieren fiarse de la seguridad de aquella vida; sino que añaden otras mil cautelas fortificándose por todas partes, y poniendo toda la atención en decir y hacer todas las cosas con la mayor exactitud, para poder acercarse a Dios con confianza y sincera pureza, en cuanto lo puedan soportar las fuerzas humanas ¿cuánta virtud y cuánto valor crees tú que necesita el sacerdote para poder tener libre el alma de cualquiera fealdad y conservar sin mancha la belleza espiritual?
En verdad, que le es necesaria mucho mayor pureza que a aquéllos; y el que la necesita mayor, está sujeto a mayores necesidades que puedan mancharle, a no ser que haga su alma inaccesible a tales accidentes, usando de una continua vigilancia y de una atención de ánimo extraovdinaria.
Porque la bella disposición del semblante, los movimientos acompasados, el afectado cuidado en el andar, la inflexión de la voz, los ojos pintados, las mejillas cubiertas de afeites, el adorno de los rizos y compostura de los cabellos, la suntuosidad de los vestidos y la variedad de los ornamentos de oro, y la belleza de las piedras preciosas, y la fragancia de los ungüentos, y todas las otras cosas que arrebatan la atención de las mujeres, pueden turbar el alma, sino es que se haya endurecido por medio de una templanza muy austera. Y el moverse por semejantes cosas, no es maravilla; pero lo que causa un gran espanto y angustia es que el demonio pueda herir y traspasar el alma de los hombres por cosas contrarias a éstas.
[93] Galat. 2. 20.

III.
Verdaderamente ha habido algunos, que habiendo escapado de aquellas redes, han sido cogidos de otras cosas muy diferentes. El descuido del semblante, el cabello descompuesto, el vestido sucio, el traje desaliñado, la sencillez de costumbres, el razonar sin doblez, el caminar sin afectación, la voz sin composición, el vivir en pobreza, el verse despreciado, y no tener alguno en su defensa, y la soledad misma, movieron al principio a compasión a aquél que las registraba; pero después lo condujeron a la última ruina.
Y muchos que escaparon de las primeras redes; esto es, de los adornos de oro, de los ungüentos, de los vestidos y de otras cosas que dejo dichas, fácilmente han caído en éstas, tan diferentes de aquéllas, y se han perdido. ¿Cuándo, pues, igualmente por la pobreza, como por la opulencia, por el cuidado extremado del traje, y por su descuido y desaliño, por las costumbres arregladas y desarregladas; finalmente, en una palabra, por todo lo que dejo dicho arriba, se enciende en el ánimo de quien las ve una guerra, y le cercan los engaños por todas partes, cómo podrá respirar cercado de tantos lazos? ¿Qué efugio podrá buscar, no digo para librarse de ser cogido a viva fuerza, lo que no es muy difícil, sino para conservar su alma libre de pensamientos impuros?
Dejo a un lado los honores, que son ocasión de mil males; porque los que provienen de las mujeres, se debilitan con el vigor de la templanza; aunque muchas veces le abaten, si no sabe estar siempre vigilante contra semejantes asechanzas. Pero los que provienen de los hombres, si no los recibe con una superior grandeza de ánimo, será oprimido de dos pasiones contrarias, de una adulación servil y de una recia arrogancia: tomando sobre sí la obligación de sujetarse a los que lo honran y ensoberbeciéndose con la gente baja por los honores que le han hecho, vendrá a caer en lo profundo de la soberbia.
Bastan ya las cosas dichas hasta aquí: ninguno puede saber bien, sin experiencia, cuánto daño traen consigo; es necesario que quien se halla en medio, caiga en males mucho mayores y más peligrosos. Aquél, pues, que ama la soledad, está libre de todas estas cosas; y si alguna vez, por un pensamiento impropio, se le representa alguna cosa semejante, la fantasía no tiene fuerza y puede fácilmente desecharlo, porque no da fomento a la llama la vista de las cosas exteriores.
Y el monje, o solitario teme por sí solo; y aunque tenga que cuidar de los otros, estos son pocos; y aunque sean muchos, son siempre en menor número que los que están en las iglesias, y dan al prelado un cuidado en sí mucho más ligero, no sólo por su corto número, sino porque todos se hallan libres de las cosas del mundo, y no tienen que pensar ni en hijos, ni en mujer, ni en otra cosa semejante. Esto los hace muy obedientes a sus superiores, y el tener una habitación común, hace que se puedan notar sus faltas por menor y corregirse siendo de no poca ventaja para el adelantamiento en la virtud, la continua vigilancia del maestro.

IV.
Pero los que están subordinados al sacerdote, se hallan, por la mayor parte, enredados en pensamientos de la vida, y esto los hace más perezosos para las obras espirituales. Por eso es necesario que el maestro siembre, por decirlo así, cotidianamente, para que a lo menos con la continuación pueda prevalecer la doctrina en el ánimo de los oyentes. Porque la abundancia de riquezas, la grandeza del poder y la desidia que nace de las delicias, y otras cosas fuera de las dichas, ahogan las semillas arrojadas; y frecuentemente, la espesura de las espinas hace que lo que ha sido sembrado, no llegue a tocar ni aun la superficie de la tierra. Al contrario, una excesiva miseria, la necesidad que trae consigo la pobreza, las continuas injurias, y otras cosas semejantes, que son contrarias a las que quedan dichas, divierten el ánimo de la aplicación a las cosas divinas.
Y por lo que toca a los pecados de los súbditos, no es posible que llegue a su noticia ni una mínima parte. ¿Y cómo podrá saberlo, si a muchos no conoce ni aun por el semblante? Las cosas que tocan al pueblo encierran una dificultad muy grande.
¿Pues qué será, si entramos a considerar las que pertenecen a Dios? se encontrará que aquéllas no merecen alguna consideración tanto mayor es la diligencia y cuidado que piden éstas.
¿Cómo debe ser aquél que es embajador de toda una ciudad? ¿pero qué digo de una ciudad? de todo el mundo, y que ruega a Dios se digne mirar con ojos de misericordia los pecados, no solamente de los vivos, sino también de los muertos? Yo me persuado, que para una intercesión como ésta, no bastaría toda la confianza de un Moisés, ni de un Elías.
Del mismo modo que si se le hubiera encomendado el cuidado de todo el mundo, y como si fuera padre universal de todos, así se acerca a Dios, rogándole que por todas partes cesen las guerras y los alborotos, que se restituya y florezca la paz y prosperidad: que finalmente, todos en común, y cada uno en particular, se preserven de los males que les amenazan.
Conviene, pues, que sus méritos sobresalgan tanto entre los de aquéllos por quienes ruega, cuanto debe sobresalir el protector entre los protegidos.
Pero cuando llegamos al punto de que es él aquél que invoca al Espíritu Santo, y que celebra aquel sacrificio sumamente tremendo, y que continuamente está tocando al Señor común de todos, ¿dónde, dime por tu vida, podremos colocar a éste? ¿Qué pureza, qué religión pediremos en él?
Piensa tú ahora un poco, cómo conviene que sean aquellas manos que administran estas cosas, cuál la lengua que pronuncia aquellas palabras y qué alma ha de haber más pura y más santa, que la que ha de recibir un tal Espíritu.
En esta ocasión asisten los ángeles al sacerdote, en este tiempo, todo el santuario, y el lugar que está al contorno del altar, se llena de potestades celestiales. Esto puede cada uno persuadírselo fácilmente por las mismas cosas que a la sazón se celebran allí.
Oí yo contar en cierta ocasión, que un anciano, hombre de grandes méritos, y acostumbrado a tener revelaciones, había sido digno de tener la siguiente visión; esto es, que al tiempo del tremendo sacrificio, vio repentinamente, y cuanto es permitido a la naturaleza humana, una multitud de ángeles, vestidos de estolas blancas que cercaban el altar y estaban en pie con el rostro inclinado, como se ven estar los soldados en presencia del rey. Y yo lo creo.
Otro me contó también, no como que lo había oído, sino como que había sido hecho digno de ver y oír por sí mismo, que los que están para partir de este mundo, si han participado con conciencia pura de los misterios, cuando están para expirar, son conducidos por los ángeles, que los acompañan haciéndoles guardia, desde aquí hasta el cielo, por respeto de aquel Señor a quien han recibido.
¿Y tú aún no te estremeces, pretendiendo introducir en un misterio tan santo un alma tal, y a un sujeto cubierto de vestiduras inmundas, promoviendo a la dignidad sacerdotal, a quien Cristo ha arrojado del coro de los convidados?
El alma del sacerdote ha de brillar como una luz que ilumina el mundo, siendo así que la mía se halla cercada de tinieblas por la mala conciencia, y que anda solícita buscando siempre cómo esconderse porque no puede jamás fijar la vista con confianza en su Señor.
Los sacerdotes son como la sal de la tierra. Pues ahora bien, ¿quién podrá sufrir con paciencia mi insipidez y falta de experiencia en todas las cosas, sino vosotros, que estáis acostumbrados a manifestaros un amor excesivo?
Se junta a esto, que el sacerdote debe, no solamente ser puro para ser digno de tal ministerio, sino también muy prudente, y experimentado en muchas cosas, y saber todos los negocios de la vida humana, no menos que los que se hallan en medio de ellos; pero al mismo tiempo, vivir con un ánimo libre de todos, aun más que los mismos monjes, que eligieron el habitar los montes.
Debiendo tratar con hombres que tienen mujer, mantienen hijos, sustentan criados, se hallan abundantes de riquezas, y manejan los negocios públicos, hallándose constituidos en los principales empleos, conviene que se porte con variedad. Digo con variedad y no con doblez; no sirviendo a la adulación y disimulo, sino obrando con mucha libertad y confianza. Debe saber condescender útilmente, cuando lo pida la naturaleza de los negocios y ser a un tiempo apacible y austero. No pueden ser tratados de un mismo modo todos los súbditos, como tampoco conviene a los médicos el portarse de un mismo modo con los enfermos; ni al piloto el saber un solo camino de combatir con los vientos. Son continuas las tempestades que cercan esta nave; y éstas, no solamente asaltan por afuera, sino que se levantan también por lo interior, y se necesita de gran condescendencia y diligencia y todas estas cosas diferentes miran a un solo punto; esto es, a la gloria de Dios y a la edificación de la Iglesia.

V.
Grande es el trabajo, y grave la fatiga que tienen los monjes; pero si alguno compara aquellos sudores con los que trae consigo el sacerdocio, bien administrado, hallará tanta diferencia, cuanta es la distancia que hay entre un rey y un hombre particular.

Y aunque en la realidad sea grande la fatiga que se encuentra en aquel género de vida; con todo, es un trabajo común al alma y al cuerpo, y aun la mayor parte se debe a la buena constitución de éste; el cual si no es robusto, no le permite el alma salir de sí y ponerse en la práctica; porque el continuo ayunar, el dormir sobre la tierra desnuda, la vigilia, el estar privado de los baños, el sudar mucho, y todas las otras cosas que practican para afligir el cuerpo, todas ellas cesan, cuando no es robusto aquél que se había de castigar.
Pero en nuestro caso, el arte está en mantener muy limpia el alma, sin tener necesidad de la buena constitución del cuerpo para manifestar su virtud. ¿Qué aprovecha la robustez del cuerpo para no ser soberbios, orgullosos, temerarios; pero sí vigilantes, templados, moderados y finalmente, todo aquéllo en que San Pablo nos dejó una cumplida imagen de un sacerdote perfecto?

VI.
Ni podemos decir lo mismo de la virtud de un solitario. Y así como los volatines necesitan de muchos instrumentos, de ruedas, cuerdas y espadas; y al contrario, un filósofo, sin tener necesidad de cosa alguna exterior, tiene toda el arte puesta dentro de sí mismo; así el monje necesita aquí de una salud robusta de cuerpo y lugares proporcionados para aquel género de vida; de modo que viva, ni enteramente separado del comercio de los hombres, ni sin la quietud que se goza en la soledad, ni que tampoco carezca de unas templadas estaciones. No hay cosa más insoportable para el que se aflige con ayunos, que la desigualdad del aire.
No quiero añadir aquí, cuánto embarazo les ocasiona, lo que tienen que sufrir para buscarse el vestido y la comida, procurando ganarlo todo con sus propias manos. Pero el sacerdote no tendrá necesidad de alguna de estas cosas para su uso; sino que hallándose sin estos embarazos, se hace común con todos, en las cosas que no traen consigo daño alguno, llevando toda la ciencia depositada en los tesoros de su alma.
Y si hay alguno que admira en un sacerdote el estarse solo y el retirarse de las conversaciones de los hombres, yo mismo confesaré ser éste un indicio de tolerancia; pero no argumento suficiente de toda la fortaleza de ánimo que se necesita porque aquél que, dentro del puerto, está sentado para gobernar el timón, aun no da prueba exacta de su arte. Pero el que en medio del mar y de la tempestad puede salvar la nave, éste merecerá la opinión de un piloto habilísimo por la confesión de todos.

VII.
Por tanto, no debe ser un monje el objeto de la mayor y más excesiva maravilla; porque permaneciendo en soledad, nadie le inquieta, ni tiene ocasión de cometer muchos y grandes pecados por no tener quien lo acose, ni quien estimule su ánimo. Pero si alguno, entregándose a la muchedumbre y obligado a sufrir los pecados del vulgo, permanece firme y constante gobernando su ánimo en medio de la tempestad igualmente que si se hallara en la calma y serenidad; justamente debe éste tal ser aplaudido y admirado por todos, porque dio pruebas de su propia fortaleza.
De aquí es, que de ningún modo debe causarte maravilla, que habiendo huido del bullicio y del conversar con la muchedumbre, no tengamos muchos y grandes acusadores. ¿Qué novedad, dime, podría causar de que yo, durmiendo, no pecase; o de que no cayese, no luchando; o de que no quedase herido, no combatiendo? ¿Quién, en este caso, podría acusar, o quién sacar al público mi malicia? ¿acaso este techo, o este aposento? bien ves que estos son mudos. ¿Por ventura, mi madre, que se halla bien informada de todas mis cosas? verdaderamente no tengo yo alguna cosa común con ésta, ni jamás ha habido entre los dos contienda alguna. Y aunque hubiera sucedido esto, no hay madre tan poco amante y tan enemiga de su hijo que hable de él sin causa alguna, y que sin que nadie la estreche, diga mal de aquél que ha engendrado, parido, y educado.
Porque si alguno quiere examinar atentamente mi ánimo, encontrará que se hallan en él muchas cosas de malísima calidad; y tú mismo puedes estar de esto muy bien informado, aunque por otra parte acostumbras, más que ningún otro, a ensalzarme con elogios en presencia de los otros. Que yo ahora no diga esto por modestia, es claro, si te acuerdas cuántas veces te he dicho, cuando se ha ofrecido moverse entre los dos semejante discurso, que si me diesen a escoger dónde yo quería señalarme más, si en las prelacías de la iglesia o en la vida solitaria, eligiría con mil votos la primera condición. Nunca he dejado yo de proponerte, como hombres dichosos, a los que pueden satisfacer cumplidamente a las obligaciones de aquel ministerio.
Ahora bien, ninguno habrá que pueda contradecirme por haber huido de un estado que he llamado feliz, en el caso de hallarme con la disposición necesaria para cumplir bien con sus cargas. ¿Pero qué es lo que yo debía hacer? Qué cosa más inútil para el gobierno de la Iglesia, que este descuido y flojedad, que en boca de otros suena un admirable ejercicio y que yo tengo por un velo con que cubrir la propia flaqueza, valiéndome de él para ocultar la mayor parte de mis defectos, procurando que no se descubran.
El que está acostumbrado a gozar de un gran descanso y a vivir en gran quietud, aunque por otra parte tenga un excelente ingenio, se turba todo y se inquieta, porque no tiene experiencia; y la falta de práctica y de ejercicio le quita una parte no pequeña de su querer. Pero cuando tiene un entendimiento tardo, y que se halla sin experiencia de semejantes contiendas, que es puntualmente el estado en que yo me hallo, cuando toma sobre sí esta administración, no se diferencia de una estatua. Por tanto, de los que vinieron de aquella palestra a estas contiendas, son pocos los que sobresalen y brillan; y la mayor parte descubre lo que es, pierde el ánimo y tiene que sufrir acervos y graves fastidios. Ni esto debe causarnos novedad; porque cuando las peleas y ejercicios no se hacen sobre unas mismas materias, el que lucha, en nada es diferente del que no está ejercitado.
Aquél, pues, que entra en este estadio debe principalmente despreciar la gloria, ser superior a la ira y hallarse pertrechado de mucha prudencia. Al que ama la vida solitaria, no se le ha ofrecido materia alguna con que poder ejercitarse en estas virtudes; porque ni tiene mucha gente que le inquiete, de modo que pueda ejercitarse en reprimir los ímpetus de la ira, ni quien con admiración atienda y aplauda para poder instruirse en despreciar las alabanzas populares; fuera de que aquella prudencia, que es tan necesaria para gobernar las Iglesias, no es de tanta consideración entre los monjes. Cuando llegan, pues, a aquellas peleas en que no se han ejercitado, quedan sorprendidos, se alucinan, no saben qué hacerse; y además de no hacer algún progreso en la virtud, pierden muchas veces cuando llegan a este grado aquel poco de bondad y de caudal que tenían consigo.

VIII.
Bas: ¿Pues qué, echaremos mano para administrar la Iglesia de los que se hallan en medio del mundo, que sólo piensan en los cuidados de la vida, que han hecho ya callos en altercar y en injuriar a otros, llenos de infinitos artificios y que sólo saben vivir entre las delicias?
Crisóstomo: Poco a poco con eso, respondí yo, ¡oh amado amigo!, porque de semejantes, ni aun la memoria debe ocurrirnos cuando se trata de hacer la elección para el sacerdocio; solamente si, cuando hay alguno que tratando y conversando con todos, puede mejor que los que viven en soledad, conservar enteras y constantes, la pureza, la tranquilidad, la paciencia, la sobriedad y todos los demás bienes de ánimo que se hallan en aquellos solitarios; a éste escogeremos por sacerdote.
El que tiene muchos vicios, pudiendo esconderlos en el retiro de la soledad, y hacer que no se reduzcan a obra, no tratando con alguno, cuando se ofreciere a la publicidad, sólo conseguirá hacerse ridículo y exponerse a un peligro mucho mayor; lo que no ha faltado mucho para que me sucediese a mi, si la providencia divina no hubiese apartado prontamente el fuego de nuestra cabeza.
Ni es posible que pueda quedar escondido aquél que se halla en semejante disposición, cuando se entregare a tratar con el pueblo; antes bien en este caso se harán patentes todas sus cosas. Porque así como el fuego sirve para probar los metales, así la prueba del clero sirve para discernir los ánimos de los hombres; y si por ventura se halla alguno sujeto a la ira, poseído de pusilanimidad, de vanagloria, de arrogancia, o de cualquier otro vicio, descubre luego todos los defectos y los manifiesta con toda su propia desnudez; y no solamente los descubre, sino que los hace más graves y más fuertes.
Las heridas del cuerpo, si se tocan y manosean, se hacen más difíciles de curarse; y las pasiones del ánimo, irritadas y exasperadas, naturalmente se encrudecen y se hacen mas rebeldes e inducen a caer en mayores pecados a los que las tienen. De lo que resulta, que si no se está con la mayor atención, inclinan el ánimo al amor de la gloria, a la arrogancia, al deseo de las riquezas, y lo arrastran al lujo, a la relajación, a la desidia, y poco a poco sucesivamente a otros males que provienen de estos; pues se encuentran en el mundo muchas cosas, que pueden entibiar la prontitud del ánimo, y cortarle la carrera en el camino derecho que lleva a Dios; pero principalmente, el tratar, y conversar con las mujeres.
El prelado que debe cuidar de todo el rebaño, no puede aplicar su pensamiento a la parte de los hombres, y descuidar de la que toca a las mujeres; en lo que se necesita de la mayor cautela y atención, por la propensión natural que tienen los hombres al pecado. Y aquél a quien tocó por suerte el obispado, necesita aplicar también, ya que no la mayor parte de sus pensamientos, a lo menos, no la menor en procurar su salud. Debe visitarlas en sus enfermedades, consolarlas en su llanto, corregirlas en sus descuidos, y asistirlas en sus aflicciones y trabajos.
Ahora, pues, cuando se practican estas cosas, hallará el espíritu maligno muchas puertas abiertas por donde entrarle, si no se halla defendido de una guarda muy vigilante; porque los ojos de la mujer hieren y perturban el alma, y no solamente los de una mujer lasciva, sino también los de la que es honesta y sus adulaciones ablandan, y las honras que te hacen te dejan sin libertad. Y la caridad ardiente, que es la causa de todos los bienes, por su medio viene a ser ocasión de infinitos males, si no saben aplicarla bien.
Y no pocas veces los continuos pensamientos embotan la agudeza del alma y hacen su agilidad más pesada que el mismo plomo; y alguna vez, cayendo la ira en el corazón, ocupa todo su interior a manera de humo.

IX.
¿Y quién podrá contar las otras incomodidades, ultrajes, violencias, quejas de grandes y de pequeños, de prudentes y de imprudentes? Aquel género, principalmente de hombres, que carece de un recto discernimiento, es quejoso y no admite fácilmente excusas. Y el buen prelado no debe despreciar ni aun a éstos, sino que con dulzura y mansedumbre ha de satisfacer a todos de lo que le acumulen, y estar pronto, y dispuesto a perdonarles una queja fuera de razón, antes que soltar la rienda a la ira.
Y si San Pablo temió hacerse sospechoso de hurto con sus discípulos, y por esto echó mano de otras personas para la administración del dinero, [94]para que ninguno nos reprenda, como él mismo dice, en esta gran porción que administramos ¿cómo es posible que nosotros dejemos de poner toda la mayor diligencia para apartar las malas sospechas, aunque sean falsas, y sin razón, y aunque muy ajenas de nuestra opinión? A la verdad, de ningún pecado nos hallamos tan distantes, cuanto estuvo San Pablo del hurto; y con todo, aunque se hallase tan libre de una acción tan fea, no por eso despreció la sospecha del vulgo, aunque necia y poco razonable.
Verdaderamente era una locura sospechar tal cosa de aquella alma bienaventurada y admirable; y con todo, vemos que apartó lejos de sí las ocasiones de semejante sospecha tan absurda, y que sólo podía caber en el ánimo de un mentecato, y no despreció la locura del vulgo, ni tampoco dijo: "¿a quién podrá venir al pensamiento el sospechar semejante cosa, teniendo todos de mí tan alta estima, y veneración, ya por mis milagros, ya también por la inocencia de mi vida?" Pero no fue así, sino que sospechó de sí y creyó que podía nacer esta mala sospecha, y la arrancó desde las raíces; o por mejor decir, no permitió que naciese. ¿Y por qué? [95]"Procuremos, dice, cosas honestas, no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres".
Tan grande, y aun mayor cuidado conviene tenerse, no sólo para desvanecer en los principios, cuando se mueve una fama no buena, sino para prevenir desde lejos, de donde pueda nacer; y anticipadamente quitar de delante aquellas ocasiones, de donde puede tener origen, no esperando a que tome fuerzas y a que vaya de boca en boca por el vulgo, porque entonces no será fácil el sofocarla, sino muy difícil, o por ventura imposible; y aun cuando esto se pueda, no podrá hacerse, sino cuando muchos hayan sido ya dañados.
¿Pero hasta cuándo proseguiré yo contando aquellas cosas, que no pueden comprenderse con el pensamiento? El reducir a número todas las dificultades que allí se encuentran, no es otra cosa, que pretender medir la profundidad del mar. Pues aunque uno se halle libre de toda pasión, lo que no es posible; con todo, para corregir los pecados ajenos, se ve obligado a sufrir infinitas y graves angustias y trabajos. Y si a esto se juntan las propias pasiones, mira ¿qué abismo será este de trabajos y de pensamientos? ¿y cuántas cosas no debe sufrir aquél, que quiere pasar sobre sus propios males y sobre los ajenos?
[94] 2. Cor. 8. 20.
[95] Rom.12. 17.

X.
¿Pero al presente, dijo Basilio, te hallas libre de semejantes trabajos? ¿o no tienes algún cuidado, viviendo sólo contigo mismo?
Crisóstomo: No me faltan, respondí yo, aun al presente. ¿Cómo es posible, que siendo hombre, y viviendo en esta vida trabajosa, pueda estar libre de afanes y cuidados? Pero no es lo mismo entrarse en un pliego inmenso, que pasar un río.
Grande es la diferencia que hay entre estos, y aquellos cuidados. Y al presente, si pudiera yo ser útil a los otros, yo mismo lo querría, y sería esta una cosa que yo apetecería; pero sino puedo ser útil al prójimo, me contentaré si logro salvarme a mí mismo y librarme de la tempestad.
Basilio: ¿Y tú crees que esta es una gran cosa? ¿o juzgas que de algún modo podrá salvarse aquél, que no haya procurado ayudar a su prójimo?
Crisóstomo: Has dicho bien, respondí yo, porque no puedo creer que se pueda salvar el que no tiene cuidado alguno de la salud de su prójimo. A aquel desventurado de nada le sirvió el no haber menoscabado el talento; pero fue causa de su perdición el no haberlo aumentado y acrecentado otro tanto.
Con todo, yo creo que si fuere acusado de no haber procurado la salud del prójimo, será mas suave mi castigo, que si fuere llamado juicio; porque después de haber recibido una honra tan grande, habiendo empeorado yo, he perdido a otros y a mí mismo. Al presente, creo que no me espera otro castigo, sino el que corresponda a la grandeza de mis pecados. Pero después de haber recibido esta potestad, yo creería tener, no duplicado o triplicado castigo, sino mucho más multiplicado y más grave, por haber escandalizado a muchos y ofendido a Dios que me había dado un tan gran honor.

XI.
Por tanto, acusa el Señor con mayor fuerza a los israelitas, mostrándoles con esto haberse hecho dignos de mayor castigo, por haber pecado después de los honores que habían conseguido de Él, diciendo unas veces: [96]"A vosotros solos he reconocido entre todas las naciones de la tierra; por tanto, castigaré sobre vosotros vuestras impiedades". Y otras: [97]"He tomado de vuestros hijos los profetas, y de vuestros jóvenes los consagrados". Y antes de los profetas, queriendo manifestar que reciben mayor pena los pecados cometidos por los sacerdotes, que los que lo son por personas particulares; [98]ordena que el sacrificio que se haya de ofrecer por los sacerdotes fuese igual al que se ofrecía por todo el pueblo.
Ahora, semejante ordenación, es de uno que quiere manifestar que necesitan de mayor remedio las heridas de los sacerdotes, y que este debe ser tan grande, cuanto es el que conviene, o debe aplicarse a las heridas de todo un pueblo. Ahora bien, es cierto que no tendrían mayor necesidad, sino fuesen mucho más graves. Se agravan, pues, más, no por su naturaleza, sino por la dignidad del mismo sacerdote que las comete.
Y qué hablo yo de los hombres, que manejan este ministerio: [99]las hijas de los sacerdotes, a las cuales nada toca el sacerdocio, por la dignidad del Padre, son castigadas más acerbamente por unos mismos pecados; y siendo el pecado igual tanto en éstas, como en las hijas de los particulares, siendo uno y otro pecado de estupro, con todo es más grave la pena en las primeras. Ves tú, cuán superabundantemente te muestra Dios, que toma mucho mayor castigo del sacerdote, que de aquéllos que le están sujetos? porque castigando con mayor rigor que a las otras a la hija por causa del padre, es constante que no pedirá la misma pena que a los otros, sino mucho mayor, al que es causa de que se le aumente el castigo. Y con mucha razón, porque el daño no se ciñe y extiende a él solo, sino que trasciende a las almas de los más débiles, y que tienen puesta en él la mira. Ezequiel, [100]queriendo enseñarnos esto mismo, pone una distinción entre el juicio de los carneros y el de las ovejas.
[96] Amos. 3. 2.
[97] Amos. 2. 11.
[98] Lev. 4. 3.
[99] Deut. 22.
[100] Ezeq. 34. 17.

XII.
Ahora bien, ¿te parece si ha sido bien fundado nuestro temor? Además de lo que dejo dicho, aunque al presente necesito de trabajar mucho para no ser vencido por las pasiones del ánimo; con todo, sufro esta fatiga, y no rehuso el combate. Y aunque ahora no deja de sorprenderme la vanagloria; no obstante, vuelvo muchas veces sobre mí y conozco que he caído en su red, y alguna vez doy gritos a mi alma cuando la veo reducida a esclavitud. Aun ahora experimento en mí deseos muy impropios; pero es menos activa la llama que encienden, porque falta a los ojos materia exterior, en que prenda el fuego. Y por lo que mira a hablar mal de alguno, o escuchar a quien lo diga, estoy libre de esto enteramente, no habiendo con quien poder conversar, porque estas paredes no pueden hablar. Pero no me es posible evitar del mismo modo los ímpetus de la ira, aunque falte aquí quien me mueva a ella. Ocurriéndome frecuentemente a la memoria las acciones que ejecutan los hombres inicuos, siento en mi corazón alguna hinchazón; pero aun esto no llega hasta el extremo, porque le tiramos la rienda luego que sentimos su ardor y lo persuadimos a que se sosiegue, haciéndole cargo ser un absurdo, y propio de la mayor miseria, el cuidar, y ser curiosos de los males ajenos, dejando a un lado los propios.
Pero entregándome al público, y sorprendido de mil perturbaciones, no podré gozar de estos avisos, ni hallar aquellos pensamientos que me instruyan tan bien. Sino que como los que se hallan en un lugar de precipicio, o se ven arrebatados de un torrente, o de otra violencia semejante, pueden muy bien preveer la ruina en que van a caer; pero no saben ni aun pensar el modo de salvarse: así yo, si cayere en tan gran tumulto de pasiones, podré muy bien ver que cada día se me aumenta el castigo; pero el estar sobre mí mismo como ahora, y el refrenar estas enfermedades por todos títulos rabiosas, no me será tan fácil como antes.
Tengo un alma débil, pequeña y fácil de ser dominada, no solamente de estas pasiones, sino de la más cruel de todas, que es la envidia.
Tampoco sabe llevar con moderación los ultrajes, ni los honores; sino que se engríe con estos excesivamente, al paso que aquéllos la abaten.
Y así como los animales feroces, cuando se hallan en una buena constitución de cuerpo y bien mantenidos, vencen fácilmente a los que entran a combatir con ellos, particularmente si estos son débiles y poco experimentados; pero cuando después los afligen con hambre, se adormece su fiereza y se debilita la mayor parte de su fuerza de manera que se atreve a combatir y luchar con él, otro que no sea muy generoso. Así también por lo que toca a las pasiones del ánimo, el que las debilita las sujeta a la recta razón y modo de bien pensar: y por el contrario, el que les da alimento, prepara un combate más difícil y se le representa tan terrible que pasa toda su vida en esclavitud y temor.
¿Pero cuál es el alimento de estas bestias? de la vanagloria, lo son los honores y las alabanzas; de la soberbia, la grandeza de la autoridad y del poder; de la envidia, el nombre ilustre y celebrado del otro; de la avaricia, la liberalidad de aquéllos que ofrecen dones; de la liviandad, las delicias y las continuas conversaciones, y trato con las mujeres; finalmente, otro es el alimento de otros vicios.
Ahora, bien cierto es que si me entrego al público, me asaltarán ferozmente todas estas bestias, y despedazarán mi alma, y me serán terribles, y me harán más grave la guerra que he de mantener con ellas; por el contrario, estándome aquí quieto, verdad es que necesitaré de gran fuerza para domarlas; pero con todo, lo lograré asistido de la divina gracia, y en tal caso sólo podrán ladrar.
Por esto conservo esta pequeña habitación, no salgo fuera, ni admito a alguno, ni trato con persona nacida, y sufro el oír otras infinitas acusaciones de esta clase, de las que con gusto me descargaría; pero no pudiendo conseguirlo, siento sus remordimientos y dolor, porque no me es fácil el conversar con los hombres y permanecer al mismo tiempo en la presente seguridad.
Por tanto, te ruego quieras compadecerte de mi, antes que reprenderme, viéndome enredado en tan grande dificultad. Pero creo que aún no he logrado el poderte persuadir.
Es tiempo ya que te descubra aquella única cosa que te he ocultado hasta ahora, y que por ventura a la mayor parte parecerá increíble; pero no por esto me avergonzaré de ponerla en público. Porque aunque lo que yo te diré, es argumento de una mala conciencia y de infinitos pecados, ya que Dios me ha de juzgar, que es el que enteramente lo sabe todo, ¿qué utilidad podré yo tener de que lo ignoren los hombres? ¿Qué es, pues, este secreto? Desde aquel día en que tú me hiciste entrar en la sospecha de que me querían promover al obispado, me he visto repetidas veces en peligro de que mi cuerpo se destruyese enteramente. Tan grande ha sido el susto, tan grande la tristeza que ha ocupado mi ánimo; porque considerando dentro de mí mismo la gloria y santidad de la Esposa de Cristo, su belleza espiritual, su prudencia y adorno, y atendiendo por otra parte a mis males, no dejaba de llorar por ella y por mí. Y suspirando continuamente, y angustiado, decía dentro de mí: ¿Quién es el que ha podido sugerir este consejo? ¿Qué pecado tan enorme ha cometido la Iglesia de Dios? ¿Qué cosa tan grande ha irritado a su Señor, para que fuese entregada al más vil de todos los hombres, para que sufriese un oprobio tan grande?
Pensando conmigo mismo muchas veces estas cosas, y no pudiendo tolerar ni aun el pensamiento de esta indignidad, del mismo modo que los que quedan aturdidos por un rayo, me estaba con la boca abierta, sin poder, ni ver, ni sentir cosa alguna; y cuando se me aliviaba una tan grave angustia, porque alguna vez también se me pasaba, sucedían las lágrimas y la tristeza. Y después de haberme saciado de llorar, me embestía nuevamente el temor, turbándome todo y poniendo mi ánimo en inquietud. En tan grande tempestad he vivido en lo pasado y tú no lo sabías, y juzgabas que tuviese una vida muy tranquila.
Pero ahora yo procuraré descubrirte la tempestad de mi alma; porque así tal vez me perdonarás en adelante y cesarás de acusarme. ¿Pero cómo podré yo, cómo podré manifestarla? Si tú quisieras verla claramente, no se podría hacer esto de otra suerte que abriéndote mi propio corazón; pero por cuanto es esto imposible, procuraré, cuanto me sea permitido, por medio de alguna débil semejanza manifestarte ahora el humo de mi tristeza. Tú después, por medio de esta imagen, podrás colegir sola la tristeza.
Supongamos que se halla desposada con un hombre una doncella que es hija del rey de toda la tierra que se descubre debajo del sol. Esta doncella se halla adornada de una indecible hermosura, de manera que es superior a la humana naturaleza, excediendo en esto con mucha ventaja a todo el sexo de las mujeres y dejando muy atrás en la virtud del ánimo a todo el género de los hombres, que son y serán. Además sobrepasa en la honestidad de sus costumbres todos los términos de la filosofía, y con la gracia de su semblante hace desaparecer toda la gentileza de su cuerpo. El esposo se halla tan enamorado de ella, no sólo por estos dotes tan sobresalientes, sino que aun sin ellos se ve tan preso de su amor, que excede en esta pasión a los más locos amantes que jamás se hayan conocido.
Y después de hallarse abrasado de un amor tan grande, no falta quien le diga que aquella maravillosa doncella a quien él tanto ama, está para ser esposa de un hombre bajo y humilde, de vil nacimiento, imperfecto en su cuerpo y el más inicuo de todos los mortales. ¿Te parece que puedo yo haberte manifestado una pequeña parte de mi dolor? ¡Y que basta esto para darte cumplida una tal imagen!
Por lo que toca a la tristeza, me parece que sí; porque sólo para este efecto la he tomado.
Pero para mostrarte, además de esto, la grandeza de mi temor y de mi susto, pasemos nuevamente a otra descripción.
Hay un ejército compuesto de infantería, de caballería, y de soldados de marina. El mar está cubierto de número de naves, llenos los campos y las cimas de los montes de escuadrones de soldados a pie y a caballo. Brilla con los reflejos del Sol el metal de las armas, y por los rayos que desde arriba se despiden, vibran su resplandor los yelmos y los escudos. Se levanta hasta el cielo el ruido de las lanzas y el relincho de los caballos. No se descubre el mar, ni la tierra, sino que por todas partes aparece cobre y acero. Para hacer frente a estos, se ponen en orden los enemigos, hombres feroces e inhumanos, y está ya para comenzarse la batalla.
Si en esta disposición, se arrebatase de improviso a un joven de aquéllos que se han criado en el campo, y que no saben de otra cosa que de la zampoña y del callado, se le vistiese todo de hierro, y se le pasease alrededor de todo el campo, se le mostrasen los escuadrones y sus conductores, los ballesteros, honderos, centuriones, oficiales, soldados de armas pesadas, los caballos, los flecheros, las naves, sus capitanes, los soldados armados que se hallan amontonados sobre ellas y el gran número de máquinas que mantienen sobre sí las naves. Se le presentase después, puesto ya en orden de batalla, todo el ejército de los enemigos y ciertos semblantes espantosos, con la extraña y diversa figura, el aparato de las armas y su multitud infinita, los valles, los profundos precipicios, y despeñaderos de los montes. Se le hiciese ver, además de esto, por la parte de los enemigos, su caballería, que por medio de ciertos encantos vuela por el aire y lleva hombres armados. Finalmente, se le diese a entender toda la fuerza y todos los modos de aquel engaño: se le contasen las calamidades de la guerra, la nube de los dardos, la lluvia de saetas, y aquella gran oscuridad y tinieblas, aquella noche tenebrosísima que forma el gran número de flechas que caen de todas partes, y que con su espesura quitan los rayos del sol; el polvo, que impide la vista de los ojos, no menos que las tinieblas, los arroyos de sangre, los lamentos del que cae, y los clamores del que se mantiene en pie aún fuerte, los montones de cadáveres, las ruedas teñidas de sangre, y los caballos con los jinetes precipitados en tierra por la multitud de los muertos, el suelo cubierto confusamente de todas estas cosas mezcladas: sangre, picas, arcos, dardos, uñas de caballos, cabezas humanas, brazos y piernas cortadas, cuellos y pechos atravesados, sesos pegados a las espadas, la punta de un dardo quebrado y que tiene como ensartado un ojo de un hombre.
Si después se pasase a hacerle saber los sucesos de una batalla naval, unas naves ardiendo en medio del mar, otras anegadas juntamente con los soldados, el ruido de las aguas, el clamor de los marineros, el gritar de los soldados, la espuma de las olas teñidas con la sangre, y que entra en los navíos por todas partes, los cadáveres, unos sobre los tablados, otros sumergidos, otros nadando sobre las aguas, otros arrojados a las orillas, y otros dentro de las mismas olas, cubiertos de tal suerte, que parece quieren cortar el camino a las naves.
Y después de haberle informado de todos los sucesos trágicos de la guerra por menor, se le explicasen los males de la esclavitud y la servidumbre, que es aun más dura que la misma muerte.
Y habiéndole dicho todas estas cosas, se le mandase que sin perder tiempo montase un caballo y que se pusiese a mandar todo aquel ejército. ¿Crees tú que este joven podría sufrir, ni aun la relación sola de todo lo dicho, y que a primera vista no quedaría desmayado?

XIII.
No creas que pretendo yo aquí exagerar esto con mi oración, ni juzgues que son grandes las cosas que dejo dichas; porque encerrados en este cuerpo como en una cárcel, no podemos ver nada de las cosas invisibles. Verías ciertamente una batalla mucho mayor, y más terrible, si pudieras ver con tus ojos los tenebrosos escuadrones del demonio y el furioso combate. Allí no hay cobre, ni hierro, ni caballos, ni carros, ni ruedas, ni fuego, ni dardos, ni otras cosas de esta clase, que son visibles, sino otras máquinas mucho más espantosas. No necesitan estos enemigos de coraza, ni de escudo, ni de espadas, ni de picas; pero basta sólo la vista de aquel ejército abominable para poner en consternación un alma no es muy generosa, y que además de su propia fortaleza, no goce de una particular y gran protección divina.
Y si fuese posible, que despojado de este cuerpo, o aunque fuese dentro de él, pudieras ver claramente con seguridad y sin temor toda la disposición de su ejército, y la guerra que nos hace, verías, no arroyos de sangre, ni cuerpos muertos, sino tantos cadáveres de almas, y heridas tan graves, que toda aquella descripción y aparato de guerra que poco antes me has oído, la tendrías por una niñería, y más bien por un juguete que por guerra. Tan grande es el número de los que cada día quedan heridos; ni las heridas ocasionan un mismo género de muerte; antes bien es tan grande la diferencia que hay entre una y otra, cuanta es la distancia que se nota entre el cuerpo y el alma. Cuando el alma ha recibido una herida, y ha caído, no queda como el cuerpo, sin sentimiento; sino que aquí es atormentada y afligida de la mala conciencia, y después cuando sale de este mundo, según lo pide el juicio, es entregada a un castigo eterno. Y si alguno no siente dolor de las heridas que recibe del demonio, se hace el mal mucho más grave por una tal insensibilidad. Aquél que no siente el golpe de la primera herida, fácilmente recibe la segunda, y después la tercera; pues el maligno no deja de combatirnos en tiempo alguno hasta el último aliento, cuando encuentra el alma descuidada y que desprecia las primeras heridas.
Y si quieres informarte del modo con que dispone sus asaltos, los encontrarás muy fuertes y variados. No hay alguno que sepa tantos géneros de engaños y ardides, como aquel espíritu inmundo, consistiendo en esto su mayor poder; ni alguno puede tener con sus más fieros enemigos enemistad tan grande, como la que tiene aquel maligno con la naturaleza humana.
Y si alguno quiere saber con cuánto ardor nos combate, sería cosa ridícula el pretender compararlo con los hombres. Si haciendo elección de las bestias más feroces y crueles, quisiere ponerlas al lado de su furor, las hallará en su comparación más apacibles y mansas; tan grande es la indignación que respira, cuando asalta a nuestras almas.
Aquí entre nosotros es breve el tiempo de la batalla, y en este corto espacio se dan muchas treguas porque la noche que sobreviene, el cansancio de proseguir el alcance, el tiempo de tomar alimento, y otras muchas ocasiones que naturalmente ocurren, suelen dar entretanto al soldado algún reposo para poder despojarse de las armas, respirar un rato, recobrarse con la comida y bebida, y tomar nuevamente sus primeras fuerzas con otros accidentes semejantes.
Pero habiendo de pelear contra este maligno, nunca es lícito dejar las armas, ni se puede tomar el sueño, para estar libre por todas partes de sus heridas. Una de dos cosas ha de suceder necesariamente; o caer y perderse despojado de las armas, o haber de estar siempre armado y en centinela; porque él está siempre con su armada acechando sin interrupción alguna nuestros descuidos, aplicando mayor cuidado a nuestra perdición, que el que ponemos nosotros en nuestra salud.
Y el no ser visto por nosotros, y sus asaltos improvisos (cosas que son la causa de infinitos males al que no está en continua vigilia) hacen más dudoso el suceso de esta guerra que el de aquélla.
¿Y querías tú que yo fuese aquí el conductor de los soldados de Cristo? Esto sería servir de capitán al demonio. Si el que tiene obligación de poner en orden a los otros, y de pertrecharlos bien, es el más impérito de todos y el más débil; y por falta de ciencia entrega a los que le están encomendados, éste sirve de capitán más bien al demonio que a Cristo.
¿Pero por qué suspiras? ¿por qué lloras? mis cosas al presente no son dignas de llanto, sino antes bien de gozo y de alegría.
Pero no así las mías, respondió Basilio, sino dignas de eternas lágrimas. Apenas he podido conocer hasta ahora, en qué males me has metido. Yo vine a ti, para saber cómo debía responder, y qué debía decir en tu nombre a los que te acusan; y tú me envías, habiendo puesto sobre mí, en vez de un cuidado otro mayor. Yo ya no me cuido de hablar en tu defensa con aquéllos; sino cómo he de poder responder yo a Dios en defensa mía y de mis males. Te ruego, pues, y te pido, si tienes algún cuidado de mis cosas, si hay algún consuelo en Cristo, si algún alivio en nuestro amor, si hay entrañas y sentimientos de compasión (pues sabes que tú mismo, más que todos, me has conducido a este peligro) dame la mano, y con aquellas palabras, y hechos que sean eficaces para corregirme, no quieras, ni por un breve espacio de tiempo, abandonarme; antes bien ahora mejor que antes, hazme participante de tu conversación.
Crisóstomo: Sonriéndome yo al oír esto: ¿qué auxilio, le dije, podré yo darte, y qué socorro en un peso tan grave de cosas? Pero pues tú lo quieres así, ten buen ánimo y confianza, amado mío, porque yo no dejaré de asistirte y de consolarte, y no omitiré cosa alguna, según mis fuerzas, todo aquel tiempo que te permitieren respirar aquellos cuidados que suelen nacer de aquí.
Dicho esto, y llorando mucho más amargamente, se puso en pie; y yo abrazándole, y aplicando mis labios a su cabeza, le acompañaba, exhortándole a llevar generosamente lo que le había sucedido. Yo confío, le dije, en Jesucristo, el cual te ha llamado y destinado al gobierno de sus ovejas, que de este ministerio conseguirás tan gran confianza, que aun cuando peligremos nosotros, nos recibirás en tu eterno tabernáculo.

 

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