sabato 6 febbraio 2016

El primer engaño y el segundo


CONSIDERACIÓN 23 (1)
Engaños que el enemigo sugiere al pecador
 PUNTO 1

Imaginemos que un joven, reo de pecados graves, se ha
confesado y recuperado la divina gracia. El demonio nuevamente
le tienta para que reincida en sus pecados. Resiste
aún el joven; mas pronto vacila por los engaños
que el enemigo le sugiere. «¡Oh hermano mío!—-Te diré—,
¿qué quieres hacer? ¿Deseas perder por una vil
satisfacción esa excelsa gracia de Dios, que has
reconquistado, y cuyo valor excede al del mundo entero?
¿Vas a firmar tú mismo tu sentencia de muerte eterna,
condenándote a padecer para siempre en el infierno?»
«No---me responderá—, no quiero condenarme, sino
salvar mi alma. Aunque hiciere ese pecado, le confesaré
luego...» Ved el primer engaño del tentador. ¡Confesarse
después! ¡Pero entre tanto se pierde el alma!
 Dime: si tuvieses en la mano una hermosa joya de
altísimo precio, ¿la arrojarías al río, diciendo: mañana la
buscaré con cuidado y espero encontrarla? Pues en tu
mano tienes esa joya riquísima de tu alma, que Jesucristo
compró con su Sangre; la arrojas voluntariamente al infierno,
pues al pecar quedas condenado, y dices que la
recobrarás por la confesión.

 Pero ¿y si no la recobras? Para recuperarla es menester
verdadero arrepentimiento, que es un don de Dios, y
Dios puede no concedértele. ¿Y si llega la muerte y te
arrebata el tiempo de confesarte?

 Aseguras que no dejarás pasar ni una semana sin
confesar tus culpas. ¿Y quién ha ofrecido darte esa
semana? Dices que te confesarás mañana. ¿Y quién te
promete ese día? El día de mañana—dice San Agustín—
no te le ha prometido Dios; tal vez te le concederá, tal vez 
no (2) como acaeció a muchos, que fueron sanos de
noche a dormir en sus camas y amanecieron muertos. ¡ A
cuántos, en el acto mismo de pecar, hizo morir el Señor,
y los mandó al infierno! Y si hiciese lo propio contigo,
¿cómo podrías remediar tu eterna perdición?

 Persuádete, pues, de que con ese engaño de decir
«después me confesaré», el demonio ha llevado al
infierno millares y millares de almas. Porque difícilmente
se hallará pecador tan desesperado que quiera
condenarse a sí mismo. Todos, al pecar, pecan con
esperanza de reconciliarse después con Dios. Por eso
tantos infelices se han condenado y hecho imposible su
remedio.
*
 Quizá digas que no podrás resistir a la tentación que
se te ofrece. Este es el segundo engaño que te sugiere el
enemigo, haciéndote creer que no tienes fuerza para combatir
y vencer tus pasiones. En primer lugar, menester es
que sepas que, como dice el Apóstol (2 Co., 10, 13): Dios
es fiel y no permite que seamos tentados con violencia
superior a nuestro poder.

 Además, si ahora no confías en resistir, ¿cómo tienes
esperanza de lograrlo después, cuando el enemigo no
cese de inducirte a nuevos pecados y sea para ti más
fuerte que antes y tú más débil? Si piensas que no
puedes ahora extinguir esa llama, ¿cómo crees que la
apagarás luego, cuando sea mucho más violenta?...
Afirmas que Dios te ayudará. Mas su auxilio poderoso te
le da ya ahora; ¿por qué no quieres valerte de él para
resistir? ¿Esperas, acaso, que Dios ha de aumentarte su
auxilio y su gracia cuando tú hayas acrecentado tus
culpas?

 Y si deseas mayor socorro y fuerzas, ¿por qué no se
los pides a Dios? ¿Dudas, tal vez, de la fidelidad del Se-
ñor, que prometió conceder lo que se le pidiere? (Mt., 7,
7). Dios no olvida sus promesas. Acude a Él y te dará la 
fuerza que necesitas para resistir a la tentación. Dios,
como nos dice el Concilio de Trento, no manda cosas imposibles.

 Al dar el precepto, quiere que hagamos lo que pudié-
remos, con el auxilio actual que nos comunica; y si este
auxilio no nos bastare para resistir, nos exhorta a que se
lo pidamos mayor, que pidiéndole como se debe, nos le
concederá (Ses., 6, c. 13).

(1) Aunque muchos pensamientos incluidos en esta
meditación han sido ya considerados en las
precedentes, es útil, sin embargo, compendiarlos
y reunirlos aquí, a fin de combatir los engaños
usuales de que el demonio suele valerse para
lograr que los pecadores reincidan en sus culpas.
(2) Crastinum Deus non promisit; fortasse dabit,
fortasse non dabit. en sus culpas.

 SÚPLICA
¿Y por haber sido Vos, ¡oh Dios mío!, tan benévolo para
conmigo, he sido yo tan ingrato con Vos? Como a porfía,
Señor, apartaba me yo de Vos, y Vos me buscabais. Me
colmabais de bienes, y yo os ofendía.
¡ Oh Señor mío! Aunque sólo fuese por la bondad con
que me habéis tratado, debiera yo estar enamorado de
Vos, porque a medida que yo acrecentaba las culpas, me
aumentabais Vos la gracia para que me enmendase.
¿Acaso he merecido yo la luz con que ilumináis mi alma?
 Gracias os doy, Dios mío, con todo mi corazón, y espero
que os las daré eternamente en el Cielo, pues los
méritos de vuestra preciosísima Sangre me infunden consoladora
esperanza de salvación, fundada en la inmensa
misericordia que habéis conmigo usado. 

Espero, entre tanto, que me daréis fuerzas para no haceros
traición, y propongo que con el auxilio de vuestra
gracia preferiré mil veces la muerte a ofenderos más. Basta
con lo mucho que os ofendí. En la vida que me resta
quiero entregarme a vuestro amor. ¿Cómo no amar a un
Dios que murió por mí, y me ha sufrido con tanta paciencia,
a pesar de las ofensas que le hice?...

Arrepiéntome de todo corazón, Dios de mi alma, y quisiera
morir de dolor... Y si en la vida pasada me aparté
de Vos, ahora os amo sobre todas las cosas, más que a
mí mismo… Eterno Padre, por los merecimientos de Jesucristo,
socorred a un miserable pecador que desea amaros...

 María, mi esperanza, ayudadme Vos, y alcanzadme la
gracia de que acuda siempre a vuestro divino Hijo y a
Vos, no bien el enemigo me induzca a cometer nuevos
pecados. 


AVE MARIA!

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