lunedì 15 maggio 2023

El rosario: algunos indicios históricos y espirituales.

  


Los cartujos y el rosario.


I. La oración del rosario.
II. El rosario cartujo.
III. El rosario: algunos indicios históricos y espirituales.

III. El rosario: algunos indicios históricos y espirituales.


Nos encontramos a finales de la Edad Media en Renania, región que se caracteriza por un fuerte movimiento de resurgimiento evangélico llevado a cabo –entre otras personas- por la prédica de Juan Taulero, así como por los escritos místicos del maestro Eckhart y de Enrique Suso. La Iglesia atraviesa por la crisis del Gran Cisma (1370-1417) mientras que Francia e Inglaterra contienden una guerra que durará cien años (1339-1453). En este panorama de intenso contraste, de fervor y de grandes aflicciones, las almas sienten la necesidad de interiorizar y de personalizar al máximo el evangelio. El apego y la devoción a Cristo y a su santa Madre se vuelven entonces muy importantes. Los cristianos, hombres y mujeres, religiosos y laicos, buscan una religión del corazón en la que la humanidad de Cristo se halle en el centro. Es en este contexto que aparecerán los primeros indicios de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que se desarrollará más plenamente algunos siglos después.  

Volviendo al tiempo de la Cartuja de san Albano de Trèves (1398), un joven llamado Adolfo de Essen será el autor del primer escrito que recomiende el rezo de cincuenta Ave Maria sostenidos por la meditación en el nacimiento y vida de Jesús. Esta forma de oración repetitiva, que ayudó y sostuvo a la devoción del corazón, es conocida en todo lugar en donde se busca una oración a Dios que sea continua. Los Salmos se expresan de esta manera; y la “Oración de Jesús”, de los monjes del desierto, nació de esta misma necesidad de ayudar al corazón mediante una breve oración vocal que fuera repetida continuamente. Es en la época de Adolfo que se comenzó a practicar el primer rosario, en donde se decía el Ave Maria bajo su forma breve, deteniéndose en “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Y nuestro autor deja bien en claro que esta oración no adquiere toda su belleza sino gracias a la meditación en la vida de Jesús; insistiendo, a la vez, en que durante tal meditación se evite toda fantasía o embellecimiento innecesario y que tienda a alejarnos del evangelio. Finalmente, recomienda encarecidamente que quien rece [este rosario] se esfuerce por conformar su vida según los misterios en los que ha meditado. Como vemos, se trata de una oración eminentemente personal a la vez que cálida y, sobre todo, en línea con el camino espiritual de los cartujos.

Hacia el final de si vida, Adolfo pudo testimoniar lo siguiente:

¡De ninguna manera podría ayudarme si Dios no se hubiese hecho hombre! No sabría dónde ni cómo buscar a Dios. Es por eso que aprecio tanto la naturaleza humana y la vida terrestre de Cristo. 

Y Adolfo no guardó para sí lo que había descubierto. Pues compartiría la gracia recibida mediante el rezo de su rosario con la duquesa Margarita de Baviera [-Straubing], joven mujer que estuvo a punto de perder su cordura debido a la difícil situación eclesial y política que le tocó vivir, así como por la infidelidad de su esposo [Juan I de Borgoña]. Apoyándose en el rezo del rosario, Margarita poco a poco recobró su fe; a tal punto que el duque Carlos II constató que “su esposa [de Juan] comenzó a adquirir una práctica tan espontánea, viva y perseverante del rosario, que apareció de pronto transformada y poseyendo de forma cada vez más perfecta las virtudes de la vida de Cristo”. Margarita misma, situada de esa manera en el camino de la sanación interior, comenzó a difundir la práctica del rosario entre los nobles de su corte y entre la sencilla gente que estaba a su servicio y en el de su marido. Su acción en favor del rosario fue, ciertamente, determinante y duradera.

Durante aquellos años entró a la cartuja de Trèves un joven estudiante: Domingo de Prusia. Estando física y psíquicamente exhausto debido a haber llevado una disipada vida, Domingo pensó que estaba cerca de su muerte. Su admisión se dio con dificultad; el monje encargado de acompañarlo tuvo duros momentos junto a él. El ya citado Adolfo, convertido entonces en prior, le hizo saber de su nueva manera de rezar y le dijo: “¡No existe un hombre tan corrompido que no logre una seria rectificación de su conducta tras rezar este rosario durante un año!”. Y efectivamente, Domingo llegó hasta a personalizar un poco más su rezo: a cada Ave Maria le añadió una frase de su cosecha que le recordaba un determinado momento de la vida de Jesús. Por ejemplo, al 9° Ave Maria le agregó: “a quien presentaste en el templo de Dios, su Padre”. Estas adiciones evangélicas, puestas por escrito, se difundieron luego a través de un millar de copias mientras Domingo todavía estaba vivo.    

Cuando la práctica de este rosario, que era muy personal, comenzó a ser más conocido en Baviera, Bélgica y el norte de Francia, se fueron formando grupos para rezarlo en común. De ahí provienen las cofradías del rosario, las cuales influenciarán profundamente la vida espiritual de los cristianos de fines de la Edad Media. Siempre en evolución constante, es en el seno de tales cofradías que el rosario gradualmente adquirió la forma que aun en la actualidad conocemos: al igual que los 150 Salmos, se rezan 150 Ave Maria (agrupados en decenas), en medio de los cuales se recuerdan los 15 misterios en total, que son los gozosos, dolorosos y gloriosos.

La leyenda que atribuye el nacimiento del rosario al fundador de la Orden de los Predicadores, se basa en una confusión entre Domingo de Prusia y santo Domingo de Guzmán; y la misma no aparece sino hasta 1460.

Si el Santo Padre [Juan Pablo II] recomienda con firmeza que los cristianos de nuestros tiempos recen el rosario, es porque esta forma de oración nos prepara gradualmente para leer y meditar el evangelio con los ojos y el corazón de María, quien obtiene su más grandioso placer cuando conduce a sus hijos a un conocimiento cada vez más profundo de Jesús.

Nessun commento:

Posta un commento