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venerdì 6 settembre 2013

Nessuna obbiezione


CAPITOLO X
ISPIRAZIONE DIVINA PER REDIGERE QUESTO SCRITTO

Mi pareva così fuori di proposito pubblicare questo scrit­to, che non sapevo rassegnarmi ad ubbidire alla voce della coscienza. Differii dunque fino all'Esaltazione della S. Croce e, proprio in quel giorno, durante la S. Messa, proposi a me stessa d'applicarmi ad un altro lavoro, quando Nostro Signo­re trionfò delle mie resistenze: « Sta sicura, mi disse, che non uscirai dalla prigione del corpo, prima d'avermi pagato que­sto debito fino all'ultima sillaba».

Siccome poi andavo ruminando che già avevo fatto fruttificare i doni di Dio a vantaggio del prossimo, se non con lo scritto, almeno con le parole, il Signore m'oppose quan­to avevo sentito leggere in quella stessa notte, dopo Mattu­tino: « Se il Salvatore avesse voluto rivelare la sua dottrina soltanto a' suoi contemporanei, avrebbe pronunciato discor­si senza ispirare scrittori sacri: ma i suoi insegnamenti furo­no scritti, affinchè possano servire a beneficio di un più grande numero di persone ». Aggiunse Gesù: « Non accetto nessuna obbiezione: voglio che i tuoi scritti siano per gli ultimi tempi, [che sono questi che viviamo adesso] nei quali diffonderò le mie grazie su numero­sissime anime, una conferma evidente della mia divina te­nerezza ».

Dopo aver ascoltato queste parole, rimasi oppressa, pen­sando che mi sarebbe difficile, per non dire impossibile, tradurre esattamente in linguaggio umano le cose suesposte, e presentarle al pubblico senza pericolo di scandalo.

Il Signore, per vincere la mia pusillanimità, parve far ca­dere su di me una pioggia torrenziale, ne fui scossa e, pove­ra creatura qual sono, m'inchinai verso terra, come una pian­ticella tenera e fragile, incapace di assorbire quell'acqua. Af­ferrai nel frattempo, il suono di alcune parole importanti, che però il mio intelletto non riusciva a comprendere. Più preoccupata che mai, andavo chiedendo a me stessa quello che ciò volesse dire, quando Tu, o mio Gesù, con l'abituale tenerezza, volesti alleggerire il mio cruccio e riconfortarmi l'animo, dicendomi: « Poichè quest'abbondante pioggia ti rie­sce inutile, ti applicherò al mio divin Cuore per versare in te, a poco a poco, quello di cui abbisogni. Agirò con dolcezza e soavità, secondo la misura delle tue forze ».

In realtà, o mio Dio, dopo d'aver constatato gli effetti della tua promessa, posso dichiarare che l'hai adempita per­fettamente. Infatti ogni mattina all'ora più adatta, Tu m'ispi­ravi qualcuna di queste pagine. Agivi con tale dolcezza e pre­cisione che, senza nessun sforzo da parte mia, scrivevo cose che fino allora non avevo mai ricordato, e che si presenta­vano con tale nitidezza al mio pensiero come se da lungo tempo le avessi fisse nella memoria.

Però meco agivi con grande discrezione; infatti, dopo aver scritto un certo numero di pagine, mi era impossibile, anche applicando tutte le forze della mente, tracciare una so­la di quelle parole che, al mattino seguente, a me si presen­tavano con tanta abbondanza e senza la minima difficoltà. Con questo metodo Tu moderavi e dirigevi la mia foga natu­rale, insegnandomi che « non bisogna abbandonarsi all'azio­ne al punto di trascurare la contemplazione ». In ogni occasione ti mostravi geloso della salvezza della mia anima e, pur permettendomi di gustare talvolta i giocondi amplessi di Rachele, non mi privasti mai della gloriosa fecondità di Lia.

Possa lo giungere, o mio Dio, a piacerti perfettamente, unendo, per farti contento, le due forme di vita attiva e contemplativa.

sabato 20 luglio 2013

Domingo XVI Tiempo Ordinario. - C - San Lucas 10, 38-42. // 21 de Julio 2013 //



"MARTA, MARTA, TE PREOCUPAS 
POR MUCHAS COSAS"






Al punto comprendo que se trata de Magdalena porque como primera cosa, veo que trae un vestido rosa-lila, color de malva. Nada de adornos preciosos. Su cabellera se la ha amarrado tras de la nuca. Parece más joven de cuando llevaba mundanal vida. No tiene esa mirada desvergonzada de "pecadora", ni siquiera la abatida de cuando escuchaba la parábola de la oveja, ni la avergonzada y llorosa de cuando estuvo en la sala del fariseo... Su mirada ahora es tranquila, limpia como la de un niño, su sonrisa serena.

MAGDALENA LANZA UN GRITO DE ALEGRÍA.
"¡YA VINO, MARTA!
 NOS DIJERON LA VERDAD. 
EL RABÍ ESTÁ AQUÍ" 

Está apoyada a un árbol que hay en los límites de la propiedad de Betania y mira hacia el camino. Está aguardando a alguien. Luego lanza un grito de alegría. Se vuelve a la casa y lanza otro, para que la oigan, y luego con su hermosa e inconfundible voz: "¡Ya vino, Marta! Nos dijeron la verdad. El Rabí está aquí" y corre a abrirle el pesado cancel que rechina. No da tiempo de que lo hagan los siervos. Sale al camino con los brazos extendidos, como hace un niño cuando corre al encuentro de su madre: "¡Oh, Raboni!"  y se arrodilla a los pies de Jesús, besándoselos entre el polvo del camino.
"La paz sea contigo. Vengo a descansar bajo tu techo."

EL MAESTRO Y LOS DISCÍPULOS SON RECIBIDOS 
CON MUCHO CARIÑO 
EN LA CASA DE LÁZARO EN BETANIA

"¡Oh, Maestro mío!" repite levantando su cara con una expresión de reverencia, de amor, de alegría, de júbilo.
Jesús le ha puesto la mano sobre la cabeza y parece como de nuevo la absolviera.
Se levanta y al lado de Jesús entra. Los criados y Marta han acudido. Los criados con jarras y vasos, Marta, sólo con su amor.
Los apóstoles, encalorizados, beben de las bebidas preparadas. Quieren ofrecerle a Jesús primero, pero Marta se les adelanta. Toma una taza llena de leche y se la da. Ha de saber que le gusta mucho.

"ID A AVISAR A LOS QUE CREEN, 
QUE ESTA TARDE LES HABLARÉ."

Después que los discípulos han bebido, les dice: "Id a avisar a los que creen, que esta tarde les hablaré."
Los apóstoles se desparraman en diversas direcciones.
Jesús entra en medio de las dos hermanas.
"Ven, Maestro" dice Marta. "Mientras llega Lázaro descansa, y toma algo."

MAGDALENA LAVA Y BESA LOS PIES DE JESÚS  

Entran en una habitación fresca que da al portal sombreado. Regresa Magdalena que había ido a traer una jarra de agua, y a quien sigue un criado con una palangana. Quiere lavarle personalmente los pies. Desata las sandalias polvorientas, se las da al criado para que las limpie junto con el manto. Luego mete los pies en el agua ligeramente teñida de color rosa, los seca y los besa. Luego cambia el agua, y le ofrece otra limpia a Jesús para las manos. Mientras espera al criado con las sandalias, acaricia los pies de Jesús. Antes de ponérselas, los besa, diciendo: "Santos pies que caminasteis tanto por buscarme."
Marta, bastante práctica, pregunta: "Maestro, ¿fuera de tus discípulos vendrá alguien más?"
"No sé exactamente. Pero puedes preparar para otros cinco."
Marta se va.

MAGDALENA SALE JUNTO CON JESÚS. 
CAMINAN POR SENDEROS EN MEDIO DE JARDINES,
HASTA LA FUENTE DONDE HAY PECES.

Jesús sale al jardín sombreado. Trae sólo su vestidura azul oscura. El manto, que cuidadosamente ha doblado Magdalena, se queda sobre un banco de la habitación. Magdalena sale junto con Jesús. Caminan por senderos en medio de jardines, hasta la fuente donde hay peces.
Apenas una que otra salida de los peces, o el chorrito delgadísimo y alto se eleva del grifo, turba el agua tranquilísima. Hay asientos cerca de la amplia piscina de donde salen algunos pequeños caños para irrigación, y creo que uno de ellos sea el que alimente la fuente de los peces, y los demás vayan a regar plantas o flores.
Jesús se sienta teniendo el borde de la piscina enfrente. Magdalena a sus pies, sobre la verde hierba. Al principio ninguno de los dos habla. Se ve que Jesús goza del silencio y del lugar fresco. Magdalena se siente dichosa de contemplarlo.
Jesús juega con el agua. Mete sus dedos, la peina, luego mete toda la mano. "¡Qué bella es esta agua pura!"
Magdalena: "¿Te gusta mucho, Maestro?"
"Sí, porque está muy limpia. Mira, no tiene trazas de fango. El agua está tan pura que parece no haya nada. Podemos leer las palabras que se dicen los pececillos..."
"Como se lee en el fondo de las almas puras. ¿No es así, Maestro?" y da un suspiro.

"¿DÓNDE ESTÁN LAS ALMAS PURAS, MAGDALENA? 
ES MÁS FÁCIL QUE UN MONTE CAMINE 
QUE NO UN HOMBRE SEPA MANTENERSE PURO
 CON LAS TRES CLASES DE PUREZA.

"¿Dónde están las almas puras, Magdalena? Es más fácil que un monte camine que no un hombre sepa mantenerse puro con las tres clases de pureza. Muchas cosas rodean al adulto, fermentan a su alrededor, y no siempre puede impedirse que le penetren. No tenemos más que a los niños que tienen un alma angelical, una alma que ignora lo que puede convertirse en fango. Por esto los amo mucho. Veo en ellos un reflejo de la Pureza infinita. Son los únicos que traen consigo un recuerdo de los cielos.

MI MADRE 
ES LA MUJER DE ALMA DE NIÑO. 

MUCHO MÁS. 
ES LA MUJER CON ALMA ANGELICAL, 
COMO LO FUE EVA 
CUANDO SALIÓ DE LAS MANOS DEL PADRE


MI MADRE
 ES MÁS PURA QUE EL PRIMER LIRIO
 QUE PERFUMÓ LOS VIENTOS. 

SU PERFUME DE VIRGEN INVIOLADA 
LLENA CIELOS Y TIERRA, 

Y AL PERCIBIRLO EN POS DE ÉL 
IRÁN LOS BUENOS
 EN EL CORRER DE LOS SIGLOS.



Mi Madre es la Mujer de alma de niño. Mucho más. Es la Mujer con alma angelical, como lo fue Eva cuando salió de las manos del Padre. ¿Puedes imaginar como habrá sido el primer lirio que floreció en el jardín terrenal? Son tan bellos, como estos que besa el agua. ¡Pero el primero que salió de las manos del Creador! ¿Era flor? ¿Era diamante? ¿Eran pétalos u hojas de plata finísima? Y sin embargo mi Madre es más pura que el primer lirio que perfumó los vientos. Su perfume de Virgen inviolada llena cielos y tierra, y al percibirlo en pos de él irán los buenos en el correr de los siglos.

EL PARAÍSO ES 
LUZ, PERFUME, ARMONÍA. 

PERO SI EN ÉL
 EL PADRE
 NO GOZASE AL CONTEMPLAR A LA TODA HERMOSA 
QUE HACE DE LA TIERRA UN PARAÍSO, 
SI ESTE TUVIERA ALGÚN QUE CARECER DEL LIRIO VIVO 
EN CUYO SENO ESTÁN 
LOS TRES PISTILOS DE FUEGO DE LA DIVINA TRINIDAD, 
SU LUZ, SU PERFUME, SU ARMONÍA, 
SU ALEGRÍA PADECERÍAN MENGUA. 

LA PUREZA DE MI MADRE 
SERÁ LA PIEDRA PRECIOSA DEL PARAÍSO.

El paraíso es luz, perfume, armonía. Pero si en él el Padre no gozase al contemplar a la Toda Hermosa que hace de la tierra un paraíso, si este tuviera algún que carecer del Lirio vivo en cuyo seno estás los tres pistilos de fuego de la Divina Trinidad, su luz, su perfume, su armonía, su alegría padecerían mengua. La pureza de mi Madre será la piedra preciosa del Paraíso. ¡Y qué inmenso es! ¿Qué dirías de un rey que tuviese una sola piedra preciosa en su tesoro? ¿Aunque fuese la joya por excelencia?.

DESPUÉS QUE LA DOCTRINA VERDADERA Y SANTA 
LA CONOZCAN LOS HOMBRES, 

DESPUÉS QUE MI MUERTE 
HAYA DEVUELTO LA GRACIA A LOS HOMBRES, 

PODRÁN LOS ADULTOS CONQUISTAR LOS CIELOS, 
QUE DE OTRO MODO NO,...

¿SERÁ EL PARAÍSO SÓLO DE LOS PEQUEÑUELOS? 
¡OH, NO! 

CONVIENE SER COMO ELLOS, 
PERO TAMBIÉN PARA LOS ADULTOS 
ESTÁ ABIERTO EL REINO.

Cuando habré abierto las puerta del reino de los cielos... -no suspires, para esto he venido- muchas almas de justos y de niños entrarán, sombra de candor, detrás de la púrpura del Redentor. Pero serán pocospara poblar de joyas los cielos y convertirse en ciudadanos de la eterna Jerusalén. Y luego... después que la doctrina verdadera y santa la conozcan los hombres, después que mi muerte haya devuelto la gracia a los hombres, podrán los adultos conquistar los cielos, que de otro modo noporque la pobre vida humana es un fango que mancha. ¿Será el paraíso sólo de los pequeñuelos? ¡Oh, no! Conviene ser como ellos, pero también para los adultos está abierto el reino.

¿VES ESTA AGUA? 
PARECE LÍMPIDA. 

PERO OBSERVA: 
BASTA CON QUE CON UNA CAÑA 
LA REMUEVA EN EL FONDO QUE SE ENTURBIA 

PERO SI SACO LA CAÑA, 
TORNA EL AGUA A SER PURA, A SER LÍMPIDA Y BELLA.

EL JUNCO: EL PECADO. 

LO MISMO SUCEDE CON LAS ALMAS, 
EL ARREPENTIMIENTO ES LO QUE LAS LIMPIA, 
CRÉEME..."

Como pequeñuelos... ¡He aquí la pureza! ¿Ves esta agua? Parece límpida. Pero observa: basta con que con una caña la remueva en el fondo que se enturbia. Se ve el fango, el lodo. La clara agua, se pone amarilla, nadie bebería de ella. Pero si saco la caña, torna el agua a ser pura, a ser límpida y bella. El junco: el pecado. Lo mismo sucede con las almas, el arrepentimiento es lo que las limpia, créeme..."

LLEGA MARTA ANSIOSA: 
"¿TODAVÍA ESTÁS AQUÍ,  MARÍA? 
¡Y YO TAN AFANADA!...

Llega Marta ansiosa: "¿Todavía estás aquí,  María? ¡Y yo tan afanada!... Pasa el tiempo. Pronto vendrán los convidados y hay mucho quehacer. Las criadas están haciendo el pan, los siervos despellejando y cociendo la carne. Yo estoy preparando las mesas, las bebidas. Todavía falta la fruta. Hay que preparar el agua de menta y de miel..."
Magdalena escucha sí y no las quejas de su hermana. Con una sonrisa de felicidad sigue mirando a Jesús, sin moverse de su lugar.
Marta acude a Jesús: "¡Maestro, mira cómo estoy de acalorada! ¿Te parece justo que sea la única en quebrarme los huesos? Dile que me ayude." Marta está turbada.
Jesús la mira con una sonrisa mitad dulce, mitad un poco irónica, mejor dicho, un poco burlona.
Marta repite: "Lo digo en serio, Maestro. Mira ¡qué vida tan descansada y ociosa tiene, mientras yo me muero de fatiga! ¡Y aquí!..."

DEJA QUE SE ASEGURE. 
CON ESTA COSA "NUEVA" DEBE OLVIDAR EL PASADO 
Y CONQUISTARSE LO ETERNO... 
QUE NO SE CONSIGUE SÓLO CON EL TRABAJO, 
SINO TAMBIÉN CON LA ADORACIÓN. 

QUIEN HAYA DADO UN PAN AL APÓSTOL 
Y AL PROFETA TENDRÁ RECOMPENSA, 

PERO 
DOBLE TENDRÁ 
QUIEN SE OLVIDE DE COMER POR AMAR, 
PORQUE MÁS QUE EL CUERPO VALE EL ESPÍRITU, 
PORQUE SUS VOCES SON MÁS PODEROSAS 
QUE LAS DEL OTRO. 

TE AFANAS POR MUCHAS COSAS, MARTA. 
ESTA POR UNA SOLA. 
LA QUE BASTA A SU CORAZÓN Y SOBRE TODO A SU SEÑOR 
Y A TU SEÑOR. 

IMITA A TU HERMANA. 

ELLA HA ESCOGIDO LA MEJOR PARTE, 
QUE JAMÁS SE LE QUITARÁ. 

CUANDO LOS CIUDADANOS DEL REINO 
NO TENDRÁN NECESIDAD DE VIRTUDES, 
LA ÚNICA QUE RESTARÁ SERÁ 

LA CARIDAD, 

Y PARA SIEMPRE. 

LA ÚNICA, CUAL SOBERANA.

Jesús se pone serio y le responde: "No está de ociosa, Marta. Muestra su amor. Antes sí que era una ociosa. Y tú lloraste tanto por esa ociosidad indigna. Tus lágrimas me impulsaron a que cuanto antes la salvara y la entregara a tu casto amor. ¿Quieres que no ame a su Salvador? ¿Quisieras verla lejos de aquí para que no te viera trabajar, lejos también de Mí? ¿Tendré que decir que esta (y le pone una mano sobre la cabeza) que vino de lejos, te ha sobrepujado en el amor? ¿Tengo que decir que esta que no conocía ni una palabra de bien, es ahora una maestra en la ciencia del amor? ¡Déjala en su tranquilidad! ¡Estuvo muy enferma! Ahora está convaleciendo al beber lo que le da fuerzas. Se vio tan atormentada... ahora, despertada de su pesadilla, miraa su alrededor, se mira a sí misma y ve que es nueva, y un mundo nuevo. Deja que se asegure. Con esta cosa"nueva" debe olvidar el pasado y conquistarse lo eterno... que no se consigue sólo con el trabajo, sino también con la adoración. Quien haya dado un pan al apóstol y al profeta tendrá recompensa, pero doble tendrá quien se olvide de comer por amar, porque más que el cuerpo vale el espíritu, porque sus voces son más poderosas que las del otro. Te afanas por muchas cosas, Marta. Esta por una sola. La que basta a su corazón y sobre todo a su Señor y a tu Señor.  Despreocúpate de las cosas inútiles. Imita a tu hermana. Ella ha escogido la mejor parte, que jamás se le quitará. Cuando los ciudadanos del reino no tendrán necesidad de virtudes, la única que restará será la caridad, y para siempre. La única, cual soberana. Magdalena ha escogido esta y esta será su escudo y su bordón. Con esta, como sobre alas de algún ángel, llegará a mi cielo."

Marta baja la cabeza mortificada y se va.

"Mi hermana te ama mucho y se muere por honrarte..." dice por excusarla.

MARTA SE PONDRÁ MÁS LIMPIA 
CON LAS PALABRAS QUE LE HE DICHO... 

TÚ... 

POR LA SINCERIDAD DE TU ARREPENTIMIENTO.

"Lo sé y recibirá su recompensa, pero hay que pulirle, como se va limpiando esta agua, su mentalidad humana. ¡Mira cómo se ha ido limpiando mientras hablábamos! Marta se pondrá más limpia con las palabras que le he dicho... Tú... por la sinceridad de tu arrepentimiento.

"NO, 
PORQUE ME HAS PERDONADO, MAESTRO. 

MI ARREPENTIMIENTO NO HUBIERA SIDO SUFICIENTE 
PARA LAVAR MI GRAN PECADO..."

"No, porque me has perdonado, Maestro. Mi arrepentimiento no hubiera sido suficiente para lavar mi gran pecado..."

"BASTABA 
Y BASTARÁ A TUS HERMANAS QUE TE IMITARÁN. 

A TODOS LOS POBRES ENFERMOS DEL ESPÍRITU.

 EL ARREPENTIMIENTO SINCERO 
ES UN FILTRO QUE DEPURA; 

EL AMOR 
ES LA SUSTANCIA QUE PRESERVA 
DE TODA CONTAMINACIÓN. 

ESTA ES LA RAZÓN 
POR LA QUE LOS ADULTOS PECADORES 
PODRÁN VOLVER A SER INOCENTES COMO NIÑOS 
Y ENTRAR TAMBIÉN EN MI REINO.

"Bastaba y bastará a tus hermanas que te imitarán. A todos los pobres enfermos del espíritu. El arrepentimiento sincero es un filtro que depura; el amor es la sustancia que preserva de toda contaminación.Esta es la razón por la que los adultos pecadores podrán volver a ser inocentes como niños y entrar también en mi reino. Vamos ahora adentro, para que Marta no sufra mucho. Llevémosle la sonrisa de un Amigo y de una hermana."
VII.  447-451

COR MARIAE IMMACULATUM
INTERCEDE PRO NOBIS!
A. M. D. G. et B.V.M.

Domenica 21 Luglio 2013, XVI Domenica Tempo Ordinario - Anno C



"Prendete, prendete quest’opera e ‘non sigillatela’, ma leggetela e fatela leggere"
Gesù (cap 652, volume 10), a proposito del
"Evangelo come mi è stato rivelato"
di Maria Valtorta



Domenica 21 Luglio 2013, XVI Domenica  del Tempo Ordinario - Anno C

Dal Vangelo di Gesù Cristo secondo Luca 10,38-42.
Mentre erano in cammino, entrò in un villaggio e una donna, di nome Marta, lo accolse nella sua casa.
Essa aveva una sorella, di nome Maria, la quale, sedutasi ai piedi di Gesù, ascoltava la sua parola;
Marta invece era tutta presa dai molti servizi. Pertanto, fattasi avanti, disse: «Signore, non ti curi che mia sorella mi ha lasciata sola a servire? Dille dunque che mi aiuti».
Ma Gesù le rispose: «Marta, Marta, tu ti preoccupi e ti agiti per molte cose,
ma una sola è la cosa di cui c'è bisogno. Maria si è scelta la parte migliore, che non le sarà tolta».
Traduzione liturgica della Bibbia


Corrispondenza nel "Evangelo come mi è stato rivelato" di Maria Valtorta : Volume 6 Capitolo 377 pagina 127.

1Comprendo subito che si è ancora intorno alla figura della Maddalena, perché la vedo per prima cosa in una semplice veste di un rosa lilla come è il fiore della malva. Nessun ornamento prezioso, i capelli sono semplicemente raccolti in trecce sulla nuca. Sembra più giovane di quando era tutta un capolavoro di toletta. Non ha più l’occhio sfrontato di quando era la «peccatrice», e neppure lo sguardo avvilito di quando ascoltava la parabola della pecorella, e quello vergognoso e lucido di pianto di quando era nella sala del Fariseo... Ora ha un occhio quieto, tornato limpido come quello di un bambino, e un riso pacato vi risplende.

Ella è appoggiata ad un albero presso il confine della proprietà di Betania e guarda verso la via. Attende. Poi ha un grido di gioia. Si volge verso la casa e grida forte per essere udita, grida con la sua splendida voce vellutata e passionale, in- confondibile: «Giunge!... Marta, ci hanno detto giusto. Il Rabbi è qui!», e corre ad aprire il pesante cancello che stride. Non dà tempo ai servi di farlo e esce sulla via a braccia tese, come fa un bambino verso la mamma, e con un grido di gioia amorosa: «O Rabboni** mio!» (io scrivo “Rabboni” perché vedo che il Vangelo porta cosi. Ma tutte le volte che ho sentito la Maddalena chiamarlo, mi è parso dicesse “Rabbomi”, con l’emme e non l’enne), e si prostra ai piedi di Gesù, baciandoglieli fra la polvere della via.
«Pace a te, Maria. Vengo a riposare sotto il tuo tetto».
«O Maestro mio!» ripete Maria levando il volto con una espressione di riverenza e d’amore che dice tanto... È ringraziamento, è benedizione, è gioia, è invito ad entrare, è giubilo perché Egli entra...
Gesù le ha messo la mano sul capo e pare l’assolva ancora.

2Maria si alza e, a fianco di Gesù, rientra nel recinto della proprietà. Sono corsi intanto servi e Marta. I servi con anfore e coppe. Marta col suo solo amore. Ma è tanto.
Gli apostoli, accaldati, bevono le fresche bevande che i servi mescono. Vorrebbero darla a Gesù per il primo. Ma Marta li ha prevenuti. Ha preso una coppa piena di latte e l’ha offerta a Gesù. Deve sapere che gli piace molto.
Dopo che i discepoli si sono ristorati, Gesù dice loro: «Andate ad avvertire i fedeli. A sera parlerò loro».
Gli apostoli si sparpagliano in diverse direzioni non appena fuori dal giardino.
Gesù inoltra fra Marta e Maria.
«Vieni, Maestro» dice Marta. «Mentre giunge Lazzaro, riposa e prendi ristoro».
Mentre pongono piede in una fresca stanza che dà sul portico ombroso, ritorna Maria che si era allontanata a passo rapido. Torna con una brocca d’acqua, seguita da un servo che porta un bacile. Ma è Maria che vuole lavare i piedi di Gesù. Ne slaccia i sandali polverosi e li dà al servo, perché li riporti puliti insieme al mantello, pure dato perché fosse scosso dal polverume. Poi immerge i piedi nell’acqua, che qualche aroma fa lievemente rosea, li asciuga, li bacia. Poi cambia l’acqua e ne offre di monda a Gesù, per le mani. E mentre attende il servo coi sandali, accoccolata sul tappeto ai piedi di Gesù, glieli accarezza e, prima di mettergli i sandali, li bacia ancora dicendo: «Santi piedi che avete tanto camminato per cercarmi!».
Marta, più pratica nel suo amore, va all’utile umano e chiede: «Maestro, oltre i tuoi discepoli chi verrà?».
E Gesù: «Non so ancora di preciso. Ma puoi preparare per altri cinque oltre gli apostoli».
Marta se ne va.

3Gesù esce nel fresco giardino ombroso. Ha semplicemente la sua veste azzurro cupo. Il mantello, ripiegato con cura da Maria, resta su una cassapanca della stanza. Maria esce insieme a Gesù.
Vanno per vialetti ben curati, fra aiuole fiorite, sin verso la peschiera che pare uno specchio caduto fra il verde. L’acqua limpidissima è appena rotta, qua e là, dal guizzo argenteo di qualche pesce e dalla pioggiolina dello zampillo esilissimo, alto e centrale. Dei sedili sono presso l’ampia vasca che pare un laghetto e dalla quale partono piccoli canali di irrigazione. Credo anzi che uno sia quello che alimenta la peschiera e gli altri, più piccoli, quelli di scarico adibiti ad irrigare.
Gesù siede su un sedile messo proprio contro il margine della vasca. Maria gli si siede ai piedi, sull’erba verde e ben curata. In principio non parlano. Gesù gode visibilmente del silenzio e del riposo nel fresco del giardino. Maria si bea di guardarlo.
Gesù gioca con l’acqua limpida della vasca. Vi immerge le dita, la pettina separandola in tante piccole scie e poi lascia che tutta la mano sia immersa in quella pura freschezza. «Come è bella quest’acqua limpida!» dice.
E Maria: «Tanto ti piace, Maestro?».
«Sì, Maria. Perché è tanto limpida. Guarda. Non ha una traccia di fango. Vi è acqua, ma è tanto pura che pare non vi sia nulla, quasi non fosse elemento ma spirito. Possiamo leggere sul fondo le parole che si dicono i pesciolini...».
«Come si legge in fondo alle anime pure. Non è vero, Maestro?», e Maria sospira con un rimpianto segreto.

4Gesù sente il sospiro represso e legge il rimpianto velato da un sorriso, e medica subito la pena di Maria.
«Le anime pure dove le abbiamo, Maria? È più facile che un monte cammini che non una creatura sappia mantenersi pura delle tre purità. Troppe cose intorno ad un adulto si agitano e fermentano. E non sempre si può impedire che penetrino nell’interno. Non vi sono che i bambini che abbiano l’anima angelica, l’anima preservata, dalla loro innocenza, dalle cognizioni che possono mutarsi in fango. Per questo li amo tanto. Vedo in loro un riflesso della Purezza infinita. Sono gli unici che portino seco questo ricordo dei Cieli.
La Mamma mia è la Donna dall’anima di bambino. Più ancora. Ella è la Donna dall’anima di angelo. Quale era Eva uscita dalle mani del Padre. Lo pensi, Maria, cosa sarà stato il primo giglio fiorito nel terrestre giardino? Tanto belli anche questi che fanno guida a quest’acqua. Ma il primo, uscito dalle mani del Creatore! Era fiore o era diamante? Erano petali o fogli d’argento purissimo? Eppure mia Madre è più pura di questo primo giglio che ha profumato i venti. E il suo profumo di Vergine inviolata empie Cielo e Terra, e dietro ad esso andranno i buoni nei secoli dei secoli. Il Paradiso è luce*, profumo e armonia. Ma se in esso non si beasse il Padre nel contemplare la Tutta Bella che fa della Terra un paradiso, ma se il Paradiso dovesse in futuro non avere il Giglio vivo nel cui seno sono i tre pistilli di fuoco della divina Trinità, luce, profumo e armonia, letizia del Paradiso sarebbero menomati della metà. La purezza della Madre sarà la gemma del Paradiso.
Ma è sconfinato il Paradiso! Che diresti di un re che avesse una gemma sola nel suo tesoro? Anche fosse la Gemma per eccellenza? Quando Io avrò aperto le porte del Regno dei Cieli... - non sospirare, Maria, per questo Io son venuto - molte anime di giusti e di pargoli entreranno, scia di candore, dietro alla porpora del Redentore. Ma saranno ancora pochi per popolare di gemme i Cieli e formare i cittadini della Gerusalemme eterna. E dopo... dopo che la Dottrina di verità e santificazione sarà conosciuta dagli uomini, dopo che la mia Morte avrà ridato la Grazia agli uomini, come potrebbero gli adulti conquistare i Cieli, se la povera vita umana è continuo fango che rende impuri? Sarà dunque allora il mio Paradiso solo dei pargoli? Oh! no! Come pargoli occorre saper divenire. Ma anche agli adulti è aperto il Regno. Come pargoli... Ecco la purezza.
Vedi quest’acqua? Pare tanto limpida. Ma osserva: basta che Io con questo giunco ne smuova il fondale che ecco si intorbida. Detriti e fango affiorano. Il suo cristallo si fa giallognolo e nessuno ne beverebbe più. Ma se Io levo il giunco, la pace ritorna e l’acqua torna poco a poco limpida e bella. Il giunco: il peccato. Così delle anime. Il pentimento, credilo, è ciò che depura...».

5Sopraggiunge Marta affannata: «Ancora qui sei, Maria? Ed io che mi affanno tanto!... L’ora passa. I convitati presto verranno e vi è tanto da fare. Le serve sono al pane, i servi scuoiano e cuociono le carni. Io preparo stoviglie, mense e bevande. Ma ancora sono da cogliere le frutta e preparare l’acqua di menta e miele...».
Maria ascolta sì e no le lamentele della sorella. Con un sorriso beato continua a guardare Gesù, senza muoversi dalla sua posizione.
Marta invoca l’aiuto di Gesù: «Maestro, guarda come sono accaldata. Ti pare giusto che sia io sola a sfaccendare? Dille Tu che mi aiuti». Marta è veramente inquieta.
Gesù la guarda con un sorriso per metà dolce e per metà un poco ironico, meglio, scherzoso.
Marta ci si inquieta un poco: «Dico sul serio, Maestro. Guardala come ozia mentre io lavoro. Ed è qui che vede…».


Gesù si fa più serio: «Non è ozio, Marta. È amore. L’ozio era prima. E tu hai tanto pianto per quell’ozio indegno. Il tuo pianto ha messo ancor più ala al mio andare per salvarmela e rendertela al tuo onesto affetto. Vorresti tu contenderla di amare il suo Salvatore? La preferiresti allora lontana di qui per non vederti lavorare, ma lontana anche da Me? Marta, Marta! Devo dunque dire che costei (e Gesù le pone la mano sul capo), venuta da tanto lontano, ti ha sorpassata nell’amore? Devo dunque dire che costei, che non sapeva una parola di bene, è ora dotta nella scienza dell’amore? Lasciala alla sua pace! È stata tanto malata! Ora è una convalescente che guarisce bevendo le bevande che la fortificano. È stata tanto tormentata... Ora, uscita dall’incubo, guarda intorno a sé e in sé, e si scopre nuova e scopre un mondo nuovo. Lascia che se ne faccia sicura. Con questo suo “nuovo” deve dimenticare il passato e conquistarsi l’eterno… Non sarà conquistato questo unicamente col lavoro, ma anche con l’adorazione. Avrà ricompensa chi avrà dato un pane all’apostolo e al profeta. Ma doppia ne avrà chi avrà dimenticato anche di cibarsi per amarmi, perché più grande della carne avrà avuto lo spirito, il quale avrà avuto voci più forti di quelle degli anche leciti bisogni umani. Tu ti affanni di troppe cose, Marta. Costei di una sola. Ma è quella che basta al suo spirito e soprattutto al suo e tuo Signore. Lascia cadere le cose inutili. Imita tua sorella. Maria ha scelto la parte migliore. Quella che non le sarà mai più tolta. Quando tutte le virtù saranno superate, perché non più necessarie ai cittadini del Regno, unica resterà la carità. Essa resterà sempre. Unica. Sovrana. Ella, Maria, ha scelto questa, e questa si è presa per suo scudo e bordone. Con questa, come su ali d’angelo, verrà nel mio Cielo».

6Marta abbassa la testa mortificata e se ne va.
«Mia sorella ti ama molto e si cruccia per farti onore…» dice Maria per scusarla.
«Lo so, e ne sarà ricompensata. Ma ha bisogno di esser depurata, come si è depurata quest’acqua, del suo pensare umano. Guarda, mentre parlavamo, come è tornata limpida. Marta si depurerà per le parole che le ho detto. Tu… tu per la sincerità del tuo pentimento…».
«No, per il tuo perdono, Maestro. Non bastava il mio pentirmi a lavare il mio grande peccato...».
«Bastava e basterà alle tue sorelle che ti imiteranno. A tutti i poveri infermi dello spirito. Il pentimento sincero è filtro che depura; l’amore, poi, è sostanza che preserva da ogni nuova inquinazione. Ecco perciò che coloro che la vita fa adulti e peccatori potranno tornare innocenti come pargoli ed entrare come essi nel Regno mio. Andiamo ora alla casa. Che Marta non resti troppo nel suo dolore. Portiamole il nostro sorriso di Amico e di sorella».


7Dice Gesù:
«Il commento non occorre. La parabola dell’acqua è commento all’operazione del pentimento nei cuori.
Hai così il ciclo della Maddalena* completo. Dalla morte alla Vita. È !a più grande risorta del mio Vangelo. È risorta da sette morti. È rinata. L’hai vista, come pianta da fiore, alzare dal fango lo stelo del suo nuovo fiore sempre più in alto, e poi fiorire per Me, olezzare per Me, morire per Me. L’hai vista peccatrice, poi assetata che si accosta alla Fonte, poi pentita, poi perdonata, poi amante, poi pietosa sul Corpo ucciso del suo Signore, poi serva della Madre, che ama perché Madre mia; infine penitente sulle soglie del suo Paradiso.
Anime che temete, imparate a non temere di Me leggendo la vita di Maria di Magdala. Anime che amate, imparate da lei ad amare con serafico ardore. Anime che avete errato, imparate da lei la scienza che rende pronti al Cielo.
Vi benedico tutti per darvi aiuti a salire. Va’ in pace».

Estratto di "l'Evangelo come mi è stato rivelato" di Maria Valtorta ©Centro Editoriale Valtortiano http://www.mariavaltorta.com/

AVE MARIA!

lunedì 27 maggio 2013

San Filippo Neri


San Filippo Neri, Sacerdote

Firenze, 1515 - Roma, 26 maggio 1595

L'uomo che sarebbe stato chiamato "l'Apostolo della città di Roma" era figlio di un notaio fiorentino di buona famiglia. Ricevette una buona istruzione e poi fece pratica dell'attività di suo padre; ma aveva subito l'influenza dei domenicani di san Marco, dove Savonarola era stato frate non molto tempo prima, e dei benedettini di Montecassino, e all'età di diciott'anni abbandonò gli affari e andò a Roma. Là visse come laico per diciassette anni e inizialmente si guadagnò da vivere facendo il precettore, scrisse poesie e studiò filosofia e teologia. A quel tempo la città era in uno stato di grande corruzione, e nel 1538 Filippo Neri cominciò a lavorare fra ? g?ovam della città e fondò una confraternita di laici che si incontravano per adorare Dio e per dare aiuto ai pellegrini e ai convalescenti, e che gradualmente diedero vita al grande ospizio della Trinità. Filippo passava molto tempo in preghiera, specialmente di notte e nella catacomba di san Sebastiano, dove nel 1544 sperimentò un'estasi di amore divino che si crede abbia lasciato un effetto fisico permanente sul suo cuore. Nel 1551 Filippo Neri fu ordinato prete e andò a vivere nel convitto ecclesiastico di san Girolamo, dove presto si fece un nome come confessore; gli fu attribuito il dono di saper leggere nei cuori. Ma la sua occupazione principale era ancora il lavoro tra i giovani. 

Sopra la chiesa fu costruito un oratorio in cui si tenevano conferenze religiose e discussioni e si organizzavano iniziative per il soccorso dei malati e dei bisognosi; là, inoltre, furono celebrate per la prima volta funzioni consistenti in composizioni musicali su temi biblici e religiosi cantate da solisti e da un coro (da qui il nome "oratorio"). San Filippo era assistito da altri giovani chierici, e nel 1575 li aveva organizzati nella Congregazione dell'Oratorio; per la sua società (i cui membri non emettono i voti che vincolano gli ordini religiosi e le congregazioni), costruì una nuova chiesa, la Chiesa Nuova, a santa Maria "in Vallicella". Diventò famoso in tutta la città e la sua influenza sui romani del tempo, a qualunque ceto appartenessero, fu incalcolabile. 
Ma san Filippo non sfuggì alle critiche e all'opposizione: alcuni furono scandalizzati dall'anticonvenzionalità dei suo discorsi, delle sue azioni e dei suoi metodi missionari. Egli cercava di restituire salute e vigore alla vita dei cristiani di Roma in modo tranquillo, agendo dall'interno; non aveva una mentalità clericale, e pensava che il sentiero della perfezione fosse aperto tanto ai laici quanto al clero, ai monaci e alle monache. Nelle sue prediche insisteva più sull'amore e sull'integrità spirituale che sulle austerità fisiche, e le virtù che risplendevano in lui venivano trasmesse agli altri: amore per Dio e per l'uomo, umiltà e senso delle proporzioni, gentilezza e gaiezza - "riso" è una parola che compare spesso quando si tratta di san Filippo Neri.


Patronato: Giovani
Etimologia: Filippo = che ama i cavalli, dal greco
Martirologio Romano: Memoria di san Filippo Neri, sacerdote, che, adoperandosi per allontanare i giovani dal male, fondò a Roma un oratorio, nel quale si eseguivano letture spirituali, canti e opere di carità; rifulse per il suo amore verso il prossimo, la semplicità evangelica, la letizia d’animo, lo zelo esemplare e il fervore nel servire Dio. 



San Filippo Neri nasce a Firenze il 21 luglio 1515, e riceve il battesimo nel "bel san Giovanni" dei Fiorentini il giorno seguente, festa di S. Maria Maddalena. 

La famiglia dei Neri, che aveva conosciuto in passato una certa importanza, risentiva allora delle mutate condizioni politiche e viveva in modesto stato economico. Il padre, ser Francesco, era notaio, ma l'esercizio della sua professione era ristretto ad una piccola cerchia di clienti; la madre, Lucrezia da Mosciano, proveniva da una modesta famiglia del contado, e moriva poco dopo aver dato alla luce il quarto figlio. 

La famiglia si trovò affidata alle cure della nuova sposa di ser Francesco, Alessandra di Michele Lenzi, che instaurò con tutti un affettuoso rapporto, soprattutto con Filippo, il secondogenito, dotato di un bellissimo carattere, pio e gentile, vivace e lieto, il "Pippo buono" che suscitava affetto ed ammirazione tra tutti i conoscenti.
Dal padre, probabilmente, Filippo ricevette la prima istruzione, che lasciò in lui soprattutto il gusto dei libri e della lettura, una passione che lo accompagnò per tutta la vita, testimoniata dall'inventario della sua biblioteca privata, lasciata in morte alla Congregazione romana, e costituita di un notevole numero di volumi. La formazione religiosa del ragazzo ebbe nel convento dei Domenicani di San Marco un centro forte e fecondo. Si respirava, in quell'ambiente, il clima spirituale del movimento savonaroliano, e per fra Girolamo Savonarola Filippo nutrì devozione lungo tutto l'arco della vita, pur nella evidente distanza dai metodi e dalle scelte del focoso predicatore apocalittico. 

Intorno ai diciotto anni, su consiglio del padre, desideroso di offrire a quel figlio delle possibilità che egli non poteva garantire, Filippo si recò da un parente, avviato commerciante e senza prole, a San Germano, l'attuale Cassino. Ma l'esperienza della mercatura durò pochissimo tempo: erano altre le aspirazioni del cuore, e non riuscirono a trattenerlo l'affetto della nuova famiglia e le prospettive di un'agiata situazione economica.

Lo troviamo infatti a Roma, a partire dal 1534. Vi si recò, probabilmente, senza un progetto preciso. Roma, la città santa delle memorie cristiane, la terra benedetta dal sangue dei martiri, ma anche allettatrice di tanti uomini desiderio di carriera e di successo, attrasse il suo desiderio di intensa vita spirituale: Filippo vi giunse come pellegrino, e con l'animo del pellegrino penitente, del "monaco della città" per usare un'espressione oggi di moda, visse gli anni della sua giovinezza, austero e lieto al tempo stesso, tutto dedito a coltivare lo spirito. 

La casa del fiorentino Galeotto Caccia, capo della Dogana, gli offrì una modesta ospitalità - una piccola camera ed un ridottissimo vitto - ricambiata da Filippo con l'incarico di precettore dei figli del Caccia. Lo studio lo attira - frequenta le lezioni di filosofia e di teologia dagli Agostiniani ed alla Sapienza - ma ben maggiore è l'attrazione della vita contemplativa che impedisce talora a Filippo persino di concentrarsi sugli argomenti delle lezioni. 
La vita contemplativa che egli attua è vissuta nella libertà del laico che poteva scegliere, fuori dai recinti di un chiostro, i modi ed i luoghi della sua preghiera: Filippo predilesse le chiese solitarie, i luoghi sacri delle catacombe, memoria dei primi tempi della Chiesa apostolica, il sagrato delle chiese durante le notti silenziose. Coltivò per tutta la vita questo spirito di contemplazione, alimentato anche da fenomeni straordinari, come quello della Pentecoste del 1544, quando Filippo, nelle catacombe si san Sebastiano, durante una notte di intensa preghiera, ricevette in forma sensibile il dono dello Spirito Santo che gli dilatò il cuore infiammandolo di un fuoco che arderà nel petto del santo fino al termine dei suoi giorni. 

Questa intensissima vita contemplativa si sposava nel giovane Filippo ad un altrettanto intensa, quanto discreta nelle forme e libera nei metodi, attività di apostolato nei confronti di coloro che egli incontrava nelle piazze e per le vie di Roma, nel servizio della carità presso gli Ospedali degli incurabili, nella partecipazione alla vita di alcune confraternite, tra le quali, in modo speciale, quella della Trinità dei Pellegrini, di cui Filippo, se non il fondatore, fu sicuramente il principale artefice insieme al suo confessore P. Persiano Rosa.
A questo degnissimo sacerdote, che viveva a san Girolamo della Carità, e con il quale Filippo aveva profonde sintonie di temperamento lieto e di impostazione spirituale, il giovane, che ormai si avviava all'età adulta, aveva affidato la cura della sua anima. Ed è sotto la direzione spirituale di P. Persiano che maturò lentamente la chiamata alla vita sacerdotale. Filippo se ne sentiva indegno, ma sapeva il valore dell'obbedienza fiduciosa ad un padre spirituale che gli dava tanti esempi di santità. A trentasei anni, il 23 maggio del 1551, dopo aver ricevuto gli ordini minori, il suddiaconato ed il diaconato, nella chiesa parrocchiale di S. Tommaso in Parione, il vicegerente di Roma, Mons. Sebastiano Lunel, lo ordinava sacerdote. 

Messer Filippo Neri continuò da sacerdote l'intensa vita apostolica che già lo aveva caratterizzato da laico. Andò ad abitare nella Casa di san Girolamo, sede della Confraternita della Carità, che ospitava a pigione un certo numero di sacerdoti secolari, dotati di ottimo spirito evangelico, i quali attendevano alla annessa chiesa. Qui il suo principale ministero divenne l'esercizio del confessionale, ed è proprio con i suoi penitenti che  Filippo iniziò, nella semplicità della sua piccola camera, quegli incontri di meditazione, di dialogo spirituale, di preghiera, che costituiscono l'anima ed il metodo dell'Oratorio. Ben presto quella cameretta non bastò al numero crescente di amici spirituali, e Filippo ottenne da "quelli della Carità" di poterli radunare in un locale, situato sopra una nave della chiesa, prima destinato a conservare il grano che i confratelli distribuivano ai poveri.
Tra i discepoli del santo, alcuni - ricordiamo tra tutti Cesare Baronio e Francesco Maria Tarugi, i futuri cardinali - maturarono la vocazione sacerdotale, innamorati del metodo e dell'azione pastorale di P. Filippo. Nacque così, senza un progetto preordinato, la "Congregazione dell'Oratorio": la comunità dei preti che nell'Oratorio avevano non solo il centro della loro vita spirituale, ma anche il più fecondo campo di apostolato. Insieme ad altri discepoli di Filippo, nel frattempo divenuti sacerdoti, questi andarono ad abitare a San Giovanni dei Fiorentini, di cui P. Filippo aveva dovuto accettare la Rettoria per le pressioni dei suoi connazionali sostenuti dal Papa. E qui iniziò tra i discepoli di Filippo quella semplice vita famigliare, retta da poche regole essenziali, che fu la culla della futura Congregazione.
Nel 1575 Papa Gregorio XIII affidò a Filippo ed ai suoi preti la piccola e fatiscente chiesa di S. Maria in Vallicella, a due passi da S. Girolamo e da S. Giovanni dei Fiorentini, erigendo al tempo stesso con la Bolla "Copiosus in misericordia Deus" la "Congregatio presbyterorm saecularium de Oratorio nuncupanda". Filippo, che continuò a vivere nell'amata cameretta di San Girolamo fino al 1583, e che si trasferì, solo per obbedienza al Papa, nella nuova residenza dei suoi preti, si diede con tutto l'impegno a ricostruire in dimensioni grandiose ed in bellezza la piccola chiesa della Vallicella.
Qui trascorse gli ultimi dodici anni della sua vita, nell'esercizio del suo prediletto apostolato di sempre: l'incontro paterno e dolcissimo, ma al tempo stesso forte ed impegnativo, con ogni categoria di persone, nell'intento di condurre a Dio ogni anima non attraverso difficili sentieri, ma nella semplicità evangelica, nella fiduciosa certezza dell'infallibile amore divino, nella letizia dello spirito che sgorga dall'unione con Dio. Si spense nelle prime ore del 26 maggio 1595, all'età di ottant'anni, amato dai suoi e da tutta Roma di un amore carico di stima e di affezione. 
La sua vita è chiaramente suddivisa in due periodi di pressoché identica durata: trentasei anni di vita laicale, quarantaquattro di vita sacerdotale. Ma Filippo Neri, fiorentino di nascita - e quanto amava ricordarlo! - e romano di adozione - tanto egli aveva adottato Roma, quanto Roma aveva adottato lui! - fu sempre quel prodigio di carità apostolica vissuta in una mirabile unione con Dio, che la Grazia divina operò in un uomo originalissimo ed affascinante. 
"Apostolo di Roma" lo definirono immediatamente i Pontefici ed il popolo Romano, attribuendogli il titolo riservato a Pietro e Paolo, titolo che Roma non diede a nessun altro dei pur grandissimi santi che, contemporaneamente a Filippo, aveva vissuto ed operato tra le mura della Città Eterna. Il cuore di Padre Filippo, ardente del fuoco dello Spirito, cessava di battere in terra in quella bella notte estiva, ma lasciava in eredità alla sua Congregazione ed alla Chiesa intera il dono di una vita a cui la Chiesa non cessa di guardare con gioioso stupore. Ne è forte testimonianza anche il Magistero del Santo Padre Giovanni Paolo II che in varie occasioni ha lumeggiato la figura di san Filippo Neri e lo ha citato, unico dei santi che compaiano esplicitamente con il loro nome, nella Bolla di indizione del Grande Giubileo del 2000.



Fonte:
www.oratoriosanfilippo.org

Cor Mariae Immaculatum intercede pro nobis