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mercoledì 9 maggio 2018

EL SANTO DE ASIS

Fundador de la Orden de los franciscanos, 
mejor: frailes menores
Por SCTJM
 

"Ninguna otra cosa hemos de hacer sino ser solícitos en seguir la voluntad de Dios y en agradarle en todas las cosas." 
San Francisco de Asís

 

Vida de San FranciscoNació en Asís (Italia), en el año 1182. Después de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Fundó una
Orden de frailes y su primera seguidora mujer, Santa Clara que funda las Clarisas, inspirada por El.

Un santo para todosCiertamente no existe ningún santo que sea tan popular como él, tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación de sus contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y la obediencia con la pureza y fuerza de un testimonio radical.
Llegó a ser conocido como el Pobre de Asís por su matrimonio con la pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, un alma que se nutría de las verdades de la fe católica y que se había entregado enteramente, no sólo a Cristo, sino a Cristo crucificado.

Nacimiento y vida familiar de un caballeroFrancisco nació en Asís, ciudad de Umbría, en el año 1182. Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante. El nombre de su madre era Pica y algunos autores afirman que pertenecía a una noble familia de la Provenza. Tanto el padre como la madre de Francisco eran personas acomodadas.
Pedro Bernardone comerciaba especialmente en Francia. Como se hallase en dicho país cuando nació su hijo, la gente le apodó "Francesco" (el francés), por más que en el bautismo recibió el nombre de Juan.

En su juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le interesaban mucho, sino el divertirse en cosas vanas que comúnmente se les llama "gozar de la vida". Sin embargo, no era de costumbres licenciosas y era muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios.

Hallazgo de un tesoroCuando Francisco tenía unos 20, estalló la discordia entre las ciudades de Perugia y Asís, y en la guerra, el joven cayó prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco la soportó alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad, en la que el joven probó una vez más su paciencia, fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir en el ejército de Galterío y Briena, en el sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche vio en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas, sobre las cuales se hallaba grabado el signo de la cruz y le pareció oír una voz que le decía que esas armas le pertenecían a él y a sus soldados.

Francisco partió a Apulia con el alma ligera y la seguridad de triunfar, pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto, ciudad del camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al amo y no al siervo". El joven obedeció. Al principio volvió a su antigua vida, aunque tomándola menos a la ligera. La gente, al verle ensimismado, le decían que estaba enamorado. "Sí", replicaba Francisco, "voy a casarme con una joven más bella y más noble que todas las que conocéis". Poco a poco, con mucha oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio.

Aunque ignoraba lo que tenía que hacer para ello, una serie de claras inspiraciones sobrenaturales le hizo comprender que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Paseándose en cierta ocasión a caballo por la llanura de Asís, encontró a un leproso. Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna. Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el paso al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa natural a los leprosos, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió su vida. Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad de entrega, un "sí" que distingue a los santos de los mediocres.

San Buenaventura nos dice que después de este evento, Francisco frecuentaba lugares apartados donde se lamentaba y lloraba por sus pecados. Desahogando su alma fue escuchado por el Señor. Un día, mientras oraba, se le apareció Jesús crucificado. La memoria de la pasión del Señor se grabó en su corazón de tal forma, que cada vez que pensaba en ello, no podía contener sus lágrimas y sollozos.

"Francisco, repara mi Iglesia, pues ya ves que está en ruinas"A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los enfermos en los hospitales. Algunas veces regalaba a los pobres sus vestidos, otras, el dinero que llevaba. Les servía devotamente, porque el profeta Isaías nos dice que Cristo crucificado fue despreciado y tratado como un leproso. De este modo desarrollaba su espíritu de pobreza, su profundo sentido de humildad y su gran compasión. En cierta ocasión, mientras oraba en la iglesia de San Damián en las afueras de Asís, le pareció que el crucifijo le repetía tres veces: "Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas".

El santo, viendo que la iglesia se hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor quería que la reparase; así pues, partió inmediatamente, tomó una buena cantidad de vestidos de la tienda de su padre y los vendió junto con su caballo. Enseguida llevó el dinero al pobre sacerdote que se encargaba de la iglesia de San Damián, y le pidió permiso de quedarse a vivir con él. El buen sacerdote consintió en que Francisco se quedase con él, pero se negó a aceptar el dinero. El joven lo depositó en el alféizar de la ventana. Pedro Bernardone, al enterarse de lo que había hecho su hijo, se dirigió indignado a San Damián. Pero Francisco había tenido buen cuidado de ocultarse.

Renuncia a la herencia de su padre Al cabo de algunos días pasados en oración y ayuno, Francisco volvió a entrar en la población, pero estaba tan desfigurado y mal vestido, que la gente se burlaba de él como si fuese un loco. Pedro Bernardone, muy desconcertado por la conducta de su hijo, le condujo a su casa, le golpeó furiosamente (Francisco tenía entonces 25 años), le puso grillos en los pies y le encerró en una habitación.

La madre de Francisco se encargó de ponerle en libertad cuando su marido se hallaba ausente y el joven retornó a San Damián. Su padre fue de nuevo a buscarle ahí, le golpeó en la cabeza y le conminó a volver inmediatamente a su casa o a renunciar a su herencia y pagarle el precio de los vestidos que le había tomado. Francisco no tuvo dificultad alguna en renunciar a la herencia, pero dijo a su padre que el dinero de los vestidos pertenecía a Dios y a los pobres.


Su padre le obligó a comparecer ante el obispo Guido de Asís, quien exhortó al joven a devolver el dinero y a tener confianza en Dios: "Dios no desea que su Iglesia goce de bienes injustamente adquiridos". Francisco obedeció a la letra la orden del obispo y añadió: "Los vestidos que llevo puestos pertenecen también a mi padre, de suerte que tengo que devolvérselos". Acto seguido se desnudó y entregó sus vestidos a su padre, diciéndole alegremente: "Hasta ahora tú has sido mi padre en la tierra. Pero en adelante podré decir: “Padre nuestro, que estás en los cielos”.' Pedro Bernardone abandonó el palacio episcopal "temblando de indignación y profundamente lastimado".

El Obispo regaló a Francisco un viejo vestido de labrador, que pertenecía a uno de sus siervos. Francisco recibió la primera limosna de su vida con gran agradecimiento, trazó la señal de la cruz sobre el vestido con un trozo de tiza y se lo puso.

Llamado a la renuncia y a la negaciónEnseguida, partió en busca de un sitio conveniente para establecerse. Iba cantando alegremente las alabanzas divinas por el camino real, cuando se topó con unos bandoleros que le preguntaron quién era. El respondió: "Soy el heraldo del Gran Rey". Los bandoleros le golpearon y le arrojaron en un foso cubierto de nieve. Francisco prosiguió su camino cantando las divinas alabanzas. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como si fuese un mendigo. Cuando llegó a Gubbio, una persona que le conocía le llevó a su casa y le regaló una túnica, un cinturón y unas sandalias de peregrino. Francisco los usó dos años, al cabo de los cuales volvió a San Damián.
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Para reparar la iglesia, fue a pedir limosna en Asís, donde todos le habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las burlas y el desprecio de más de un mal intencionado. El mismo se encargó de transportar las piedras que hacían falta para reparar la iglesia y ayudó en el trabajo a los albañiles. Una vez terminadas las reparaciones en la iglesia de San Damián, Francisco emprendió un trabajo semejante en la antigua iglesia de San Pedro. Después, se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, que pertenecía a la abadía benedictina de Monte Subasio. Probablemente el nombre de la capillita aludía al hecho de que estaba construida en una reducida parcela de tierra.

La Porciúncula se hallaba en una llanura, a unos cuatro kilómetros de Asís y, en aquella época, estaba abandonada y casi en ruinas. La tranquilidad del sitio agradó a Francisco tanto como el título de Nuestra Señora de los Ángeles, en cuyo honor había sido erigida la capilla.

Francisco la reparó y fijó en ella su residencia. Ahí le mostró finalmente el cielo lo que esperaba de él, el día de la fiesta de San Matías del año 1209.
En aquella época, el evangelio de la misa de la fiesta decía: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado... Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente... No poseáis oro ... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ...He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos..." (Mat.10 , 7-19). Estas palabras penetraron hasta lo más profundo en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el hábito que dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de lana burda de los pastores y campesinos de la región. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia con tal energía, que sus palabras hendían los corazones de sus oyentes. Cuando se topaba con alguien en el camino, le saludaba con estas palabras: "La paz del Señor sea contigo".

Dones extraordinariosDios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros. Cuando pedía limosna para reparar la iglesia de San Damián, acostumbraba decir: "Ayudadme a terminar esta iglesia. Un día habrá ahí un convento de religiosas en cuyo buen nombre se glorificarán el Señor y la universal Iglesia". La profecía se verificó cinco años más tarde en Santa Clara y sus religiosas. Un habitante de Espoleto sufría de un cáncer que le había desfigurado horriblemente el rostro. En cierta ocasión, al cruzarse con San Francisco, el hombre intentó arrojarse a sus pies, pero el santo se lo impidió y le besó en el rostro. El enfermo quedó instantáneamente curado. San Buenaventura comentaba a este propósito: "No sé si hay que admirar más el beso o el milagro".

Nueva orden religiosa y visita al PapaFrancisco tuvo pronto numerosos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. El primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís. Al principio Bernardo veía con curiosidad la evolución de Francisco y con frecuencia le invitaba a su casa, donde le tenía siempre preparado un lecho próximo al suyo. Bernardo se fingía dormido para observar cómo el siervo de Dios se levantaba calladamente y pasaba largo tiempo en oración, repitiendo estas palabras: "Deus meus et omnia" (Mi Dios y mi todo). Al fin, comprendió que Francisco era "verdaderamente un hombre de Dios" y enseguida le suplicó que le admitiese corno discípulo.


Desde entonces, juntos asistían a misa y estudiaban la Sagrada Escritura para conocer la voluntad de Dios. Como las indicaciones de la Biblia concordaban con sus propósitos, Bernardo vendió cuanto tenía y repartió el producto entre los pobres.
Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís, pidió también a Francisco que le admitiese como discípulo y el santo les "concedió el hábito" a los dos juntos, el 16 de abril de 1209. El tercer compañero de San Francisco fue el hermano Gil, famoso por su gran sencillez y sabiduría espiritual.

En 1210, cuando el grupo contaba ya con 12 miembros, Francisco redactó una regla breve e informal que consistía principalmente en los consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con ella se fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba.

En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un Cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el Evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula. Inocencio III se mostró adverso al principio. Por otra parte, muchos cardenales opinaban que las órdenes religiosas ya existentes necesitaban de reforma, no de multiplicación y que la nueva manera de concebir la pobreza era impracticable.

El cardenal Juan Colonna alegó en favor de Francisco que su regla expresaba los mismos consejos con que el Evangelio exhortaba a la perfección. Más tarde, el Papa relató a su sobrino, quien a su vez lo comunicó a San Buenaventura, que había visto en sueños una palmera que crecía rápidamente y después, había visto a Francisco sosteniendo con su cuerpo la basílica de Letrán que estaba a punto de derrumbarse. Cinco años después, el mismo Pontífice tendría un sueño semejante a propósito de Santo Domingo. Inocencio III mandó, pues, llamar a Francisco y aprobó verbalmente su regla; enseguida le impuso la tonsura, así como a sus compañeros y les dio por misión predicar la penitencia.

La PorciúnculaSan Francisco y sus compañeros se trasladaron provisionalmente a una cabaña de Rivo Torto, en las afueras de Asís, de donde salían a predicar por toda la región. Poco después, tuvieron dificultades con un campesino que reclamaba la cabaña para emplearla como establo de su asno. Francisco respondió: "Dios no nos ha llamado a preparar establos para los asnos", y acto seguido abandonó el lugar y partió a ver al abad de Monte Subasio. En 1212, el abad regaló a Francisco la capilla de la Porciúncula, a condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. El santo se negó a aceptar la propiedad de la capillita y sólo la admitió prestada. En prueba de que la Porciúncula continuaba como propiedad de los benedictinos, Francisco les enviaba cada año, a manera de recompensa por el préstamo, una cesta de pescados cogidos en el riachuelo vecino.

Por su parte, los benedictinos correspondían enviándole un tonel de aceite. Tal costumbre existe todavía entre los franciscanos de Santa María de los Ángeles y los benedictinos de San Pedro de Asís.
Alrededor de la Porciúncula, los frailes construyeron varias cabañas primitivas, porque San Francisco no permitía que la orden en general y los conventos en particular, poseyesen bienes temporales. Había hecho de la pobreza el fundamento de su orden y su amor a la pobreza se manifestaba en su manera de vestirse, en los utensilios que empleaba y en cada uno de sus actos. Acostumbraba llamar a su cuerpo "el hermano asno", porque lo consideraba como hecho para transportar carga, para recibir golpes y para comer poco y mal. Cuando veía ocioso a algún fraile, le llamaba "hermano mosca", porque en vez de cooperar con los demás echaba a perder el trabajo de los otros y les resultaba molesto.

Poco antes de morir, considerando que el hombre está obligado a tratar con caridad a su cuerpo, Francisco pidió perdón al suyo por haberlo tratado tal vez con demasiado rigor. El santo se había opuesto siempre a las austeridades indiscretas y exageradas. En cierta ocasión, viendo que un fraile había perdido el sueño a causa del excesivo ayuno, Francisco le llevó alimento y comió con él para que se sintiese menos mortificado.

Somete la carne a las espinas; Dios le otorga sabiduríaAl principio de su conversión, viéndose atacado por violentas tentaciones de impureza, solía revolcarse desnudo sobre la nieve. Cierta vez en que la tentación fue todavía más violenta que de ordinario, el santo se disciplinó furiosamente; como ello no bastase para alejarla, acabó por revolcarse sobre las zarzas y los abrojos.
Su humildad no consistía simplemente en un desprecio sentimental de sí mismo, sino en la convicción de que "ante los ojos de Dios el hombre vale por lo que es y no más". Considerándose indigno del sacerdocio, Francisco sólo llegó a recibir el diaconado. Detestaba de todo corazón las singularidades. Así cuando le contaron que uno de los frailes era tan amante del silencio que sólo se confesaba por señas, respondió disgustado: "Eso no procede del espíritu de Dios sino del demonio; es una tentación y no un acto de virtud." Dios iluminaba la inteligencia de su siervo con una luz de sabiduría que no se encuentra en los libros. Cuando cierto fraile le pidió permiso para estudiar, Francisco le contestó que si repetía con devoción el "Gloria Patri", llegaría a ser sabio a los ojos de Dios y él mismo era el mejor ejemplo de la sabiduría adquirida en esa forma.

Sobre la pobreza de espíritu, Francisco decía: "Hay muchos que tienen por costumbre multiplicar plegarias y prácticas devotas, afligiendo sus cuerpos con numerosos ayunos y abstinencias; pero con una sola palabrita que les suena injuriosa a su persona o por cualquier cosa que se les quita, enseguida se ofenden e irritan. Estos no son pobres de espíritu, porque el que es verdaderamente pobre de espíritu, se aborrece a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla".

La NaturalezaSus contemporáneos hablan con frecuencia del cariño de Francisco por los animales y del poder que tenía sobre ellos. Por ejemplo, es famosa la reprensión que dirigió a las golondrinas cuando iba a predicar en Alviano: "Hermanas golondrinas: ahora me toca hablar a mí; vosotras ya habéis parloteado bastante". Famosas también son las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejillo que no quería separarse de él en el Lago Trasimeno y del lobo de Gubbio amansado por el santo. Algunos autores consideran tales anécdotas como simples alegorías, en tanto que otros les atribuyen valor histórico.

Aventura de amor con DiosLos primeros años de la orden en Santa María de los Ángeles fueron un período de entrenamiento en la pobreza y la caridad fraternas. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajo suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta; pero el fundador les había prohibido que aceptasen dinero. Estaban siempre prontos a servir a todo el mundo, particularmente a los leprosos y menesterosos.

San Francisco insistía en que llamasen a los leprosos "mis hermanos cristianos" y los enfermos no dejaban de apreciar esta profunda delicadeza. Les decía a los frailes: ¨Todos los hermanos procuren ejercitarse en buenas obras, porque está escrito: 'Haz siempre algo bueno para que el diablo te encuentre ocupado'. Y también, 'La ociosidad es enemiga del alma'. Por eso los siervos de Dios deben dedicarse continuamente a la oración o a alguna buena actividad.¨
El número de los compañeros del santo continuaba en aumento, entre ellos se contaba el famoso "juglar de Dios", fray Junípero; a causa de la sencillez del hermanito Francisco solía repetir: "Quisiera tener todo un bosque de tales juníperos". En cierta ocasión en que el pueblo de Roma se había reunido para recibir a fray Junípero, sus compañeros le hallaron jugando apaciblemente con los niños fuera de las murallas de la ciudad. Santa Clara acostumbraba llamarle "el juguete de Dios".

Santa Clara Clara había partido de Asís para seguir a Francisco, en la primavera de 1212, después de oírle predicar. El santo consiguió establecer a Clara y sus compañeras en San Damián, y la comunidad de religiosas llegó pronto a ser, para los franciscanos, lo que las monjas de Prouille habían de ser para los dominicos: una muralla de fuerza femenina, un vergel escondido de oración que hacía fecundo el trabajo de los frailes.
Evangeliza a los mahometanos
En el otoño de ese año, Francisco, no contento con todo lo que había sufrido y trabajado por las almas en Italia, resolvió ir a evangelizar a los mahometanos. Así pues, se embarcó en Ancona con un compañero rumbo a Siria; pero una tempestad hizo naufragar la nave en la costa de Dalmacia. Como los frailes no tenían dinero para proseguir el viaje, se vieron obligados a esconderse furtivamente en un navío para volver a Ancona. Después de predicar un año en el centro de Italia (el señor de Chiusi puso entonces a la disposición de los frailes un sitio de retiro en Monte Alvernia, en los Apeninos de Toscana), San Francisco decidió partir nuevamente a predicar a los mahometanos en Marruecos. Pero Dios tenía dispuesto que no llegase nunca a su destino: el santo cayó enfermo en España y, después, tuvo que retornar a Italia. Ahí se consagró apasionadamente a predicar el Evangelio a los cristianos.

La humildad y obedienciaSan Francisco dio a su orden el nombre de "Frailes Menores" por humildad, pues quería que sus hermanos fuesen los siervos de todos y buscasen siempre los sitios más humildes. Con frecuencia exhortaba a sus compañeros al trabajo manual y, si bien les permitía pedir limosna, les tenía prohibido que aceptasen dinero. Pedir limosna no constituía para él una vergüenza, ya que era una manera de imitar la pobreza de Cristo. Sobre la excelsa virtud de la humildad, decía: "Bienaventurado el siervo a quien lo encuentran en medio de sus inferiores con la misma humildad que si estuviera en medio de sus superiores. Bienaventurado el siervo que siempre permanece bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente el que, por cada culpa que comete, se apresura a expiarlas: interiormente, por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra". El santo no permitía que sus hermanos predicasen en una diócesis sin permiso expreso del Obispo. Entre otras cosas, dispuso que "si alguno de los frailes se apartaba de la fe católica en obras o palabras y no se corregía, debería ser expulsado de la hermandad". Todas las ciudades querían tener el privilegio de albergar a los nuevos frailes, y las comunidades se multiplicaron en Umbría, Toscana, Lombardia y Ancona.

Crece la ordenSe cuenta que en 1216, Francisco solicitó del Papa Honorio III la indulgencia de la Porciúncula o "perdón de Asís". El año siguiente, conoció en Roma a Santo Domingo, quien había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia en la época en que Francisco era "un gentilhombre de Asís". San Francisco tenía también la intención de ir a predicar en Francia. Pero, como el cardenal Ugolino (quien fue más tarde Papa con el nombre de Gregorio IX) le disuadiese de ello, envió en su lugar a los hermanos Pacífico y Agnelo. Este último había de introducir más tarde la Orden de los frailes menores en Inglaterra. El sabio y bondadoso cardenal Ugolino ejerció una gran influencia en el desarrollo de la Orden. Los compañeros de San Francisco eran ya tan numerosos, que se imponía forzosamente cierta forma de organización sistemática y de disciplina común. Así pues, se procedió a dividir a la Orden en provincias, al frente de cada una de las cuales se puso a un ministro, "encargado del bien espiritual de los hermanos; si alguno de ellos llegaba a perderse por el mal ejemplo del ministro, éste tendría que responder de él ante Jesucristo". Los frailes habían cruzado ya los Alpes y tenían misiones en España, Alemania y Hungría.
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El primer capítulo general se reunió, en la Porciúncula, en Pentecostés del año de 1217. En 1219, tuvo lugar el capítulo "de las esteras", así llamado por las cabañas que debieron construirse precipitadamente con esteras para albergar a los delegados. Se cuenta que se reunieron entonces cinco mil frailes. Nada tiene de extraño que en una comunidad tan numerosa, el espíritu del fundador se hubiese diluido un tanto. Los delegados encontraban que San Francisco se entregaba excesivamente a la aventura y exigían un espíritu más práctico. Es que así les parecía lo que en realidad era una gran confianza en Dios.


El santo se indignó profundamente y replicó: "Hermanos míos, el Señor me llamó por el camino de la sencillez y la humildad y por ese camino persiste en conducirme, no sólo a mí sino a todos los que estén dispuestos a seguirme... El Señor me dijo que deberíamos ser pobres y locos en este mundo y que ése y no otro sería el camino por el que nos llevaría. Quiera Dios confundir vuestra sabiduría y vuestra ciencia y haceros volver a vuestra primitiva vocación, aunque sea contra vuestra voluntad y aunque la encontréis tan defectuosa".
Francisco les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de recomendarles que cumplieran lo más exactamente posible todo lo que manda el Santo Evangelio.

El mayor privilegio: no gozar de privilegio algunoRecorría campos y pueblos invitando a la gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre: 'El Amor no es amado". La gente le escuchaba con especial cariño y se admiraba de lo mucho que sus palabras influían en los corazones para entusiasmarlos por Cristo y su Verdad. Sus palabras eran reflejo de su vida en imitación a Jesús, decía:
"El que ama verdaderamente a su enemigo no se apena de las injurias que éste le provoca, sino que sufre por amor de Dios a causa del pecado que arrastra el alma que lo ofendió. Y le manifiesta su amor con obras".

A quienes le propusieron que pidiese al Papa permiso para que los frailes pudiesen predicar en todas partes sin autorización del obispo, Francisco repuso: "Cuando los obispos vean que vivís santamente y que no tenéis intenciones de atentar contra su autoridad, serán los primeros en rogaros que trabajéis por el bien de las almas que les han sido confiadas. Considerad como el mayor de los privilegios el no gozar de privilegio alguno..." Al terminar el capítulo, San Francisco envió a algunos frailes a la primera misión entre los infieles de Túnez y Marruecos, y se reservó para sí la misión entre los sarracenos de Egipto y Siria. En 1215, durante el Concilio de Letrán, el Papa Inocencio III había predicado una nueva cruzada, pero tal cruzada se había reducido simplemente a reforzar el Reino Latino de oriente. Francisco quería blandir la espada de Dios.
San Francisco se fue a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya, los franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa.

Misionero ante el SultánEn junio de 1219, se embarcó en Ancona con 12 frailes. La nave los condujo a Damieta, en la desembocadura del Nilo. Los cruzados habían puesto sitio a la ciudad, y Francisco sufrió mucho al ver el egoísmo y las costumbres disolutas de los soldados de la cruz. Consumido por el celo de la salvación de los sarracenos, decidió pasar al campo del enemigo, por más que los cruzados le dijeron que la cabeza de los cristianos estaba puesta a precio. Habiendo conseguido la autorización del delegado pontificio, Francisco y el hermano Iluminado se aproximaron al campo enemigo, gritando: "¡Sultán, Sultán!". Cuando los condujeron a la presencia de Malek-al-Kamil, Francisco declaró osadamente: "No son los hombres quienes me han enviado, sino Dios todopoderoso.

Vengo a mostrarles, a ti y a tu pueblo, el camino de la salvación; vengo a anunciarles las verdades del Evangelio". El Sultán quedó impresionado y rogó a Francisco que permaneciese con él. El santo replicó: "Si tú y tu pueblo estáis dispuestos a oír la palabra de Dios, con gusto me quedaré con vosotros. Y si todavía vaciláis entre Cristo y Mahoma, manda encender una hoguera; yo entraré en ella con vuestros sacerdotes y así veréis cuál es la verdadera fe". El Sultán contestó que probablemente ninguno de los sacerdotes querría meterse en la hoguera y que no podía someterlos a esa prueba para no soliviantar al pueblo.
Cuentan que el Sultán llegó a decir: "Si todos los cristianos fueran como él, entonces valdría la pena ser cristiano". Pero el Sultán, Malek-al-Kamil, mandó a Francisco que volviese al campo de los cristianos. Desalentado al ver el reducido éxito de su predicación entre los sarracenos y entre los cristianos, el Santo pasó a visitar los Santos Lugares. Ahí recibió una carta en la que sus hermanos le pedían urgentemente que retornase a Italia.

La crisis del acomodamiento lleva a clarificar la reglaDurante la ausencia de Francisco, sus dos vicarios, Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, habían introducido ciertas innovaciones que tendían a uniformar a los frailes menores con las otras órdenes religiosas y a encuadrar el espíritu franciscano en el rígido esquema de la observancia monástica y de las reglas ascéticas. Las religiosas de San Damián tenían ya una constitución propia, redactada por el cardenal Ugolino sobre la base de la regla de San Benito. Al llegar a Bolonia, Francisco tuvo la desagradable sorpresa de encontrar a sus hermanos hospedados en un espléndido convento. El Santo se negó a poner los pies en él y vivió con los frailes predicadores. Enseguida mandó llamar al guardián del convento franciscano, le reprendió severamente y le ordenó que los frailes abandonasen la casa.

Tales acontecimientos tenían a los ojos del Santo las proporciones de una verdadera traición: se trataba de una crisis de la que tendría que salir la Orden sublimada o destruida. San Francisco se trasladó a Roma donde consiguió que Honorio III nombrase al cardenal Ugolino protector y consejero de los franciscanos, ya que el purpurado había depositado una fe ciega en el fundador y poseía una gran experiencia en los asuntos de la Iglesia. Al mismo tiempo, Francisco se entregó ardientemente a la tarea de revisar la regla, para lo que convocó a un nuevo capítulo general que se reunió en la Porciúncula en 1221. El Santo presentó a los delegados la regla revisada. Lo que se refería a la pobreza, la humildad y la libertad evangélica, características de la Orden, quedaba intacto. Ello constituía una especie de reto del fundador a los disidentes y legalistas que, por debajo del agua, tramaban una verdadera revolución del espíritu franciscano. El jefe de la oposición era el hermano Elías de Cortona. El fundador había renunciado a la dirección de la Orden, de suerte que su vicario, fray Elías, era prácticamente el ministro general. Sin embargo, no se atrevió a oponerse al fundador, a quien respetaba sinceramente. En realidad, la Orden era ya demasiado grande, como lo dijo el propio San Francisco: "Si hubiese menos frailes menores, el mundo los vería menos y desearía que fuesen más."

Al cabo de dos años, durante los cuales hubo de luchar contra la corriente cada vez más fuerte que tendía a desarrollar la orden en una dirección que él no había previsto y que le parecía comprometer el espíritu franciscano, el Santo emprendió una nueva revisión de la regla. Después la comunicó al hermano Elías para que éste la pasase a los ministros, pero el documento se extravió y el Santo hubo de dictar nuevamente la revisión al hermano León, en medio del clamor de los frailes que afirmaban que la prohibición de poseer bienes en común era impracticable.

La regla, tal como fue aprobada por Honorio III en 1223, representaba sustancialmente el espíritu y el modo de vida por el que había luchado San Francisco desde el momento en que se despojó de sus ricos vestidos ante el obispo de Asís.

La Tercera OrdenUnos dos años antes, San Francisco y el cardenal Ugolino habían redactado una regla para la cofradía de laicos que se habían asociado a los frailes menores y que correspondía a lo que actualmente llamamos Tercera Orden, fincada en el espíritu de la "Carta a todos los cristianos", que Francisco había escrito en los primeros años de su conversión. La cofradía, formada por laicos entregados a la penitencia, que llevaban una vida muy diferente de la que se acostumbraba entonces, llegó a ser una gran fuerza religiosa en la Edad Media. En el derecho canónico actual, los terciarios de las diversas órdenes gozan todavía de un estatuto específicamente diferente del de los miembros de las cofradías y congregaciones marianas.

La representación del Nacimiento de JesúsSan Francisco pasó la Navidad de 1223 en Grecehio, en el valle de Rieti. Con tal ocasión, había dicho a su amigo, Juan da Vellita: "Quisiera hacer una especie de representación viviente del nacimiento de Jesús en Belén, para presenciar, por decirlo así, con los ojos del cuerpo la humildad de la Encarnación y verle recostado en el pesebre entre el buey y el asno". En efecto, el Santo construyó entonces en la ermita una especie de cueva y los campesinos de los alrededores asistieron a la misa de medianoche, en la que Francisco actuó como diácono y predicó sobre el misterio de la Natividad. 
Se le atribuye haber comenzado en aquella ocasión la tradición del "belén" o "nacimiento". Nos dice Tomás Celano en su biografía del Santo: "La Encarnación era un componente clave en la espiritualidad de Francisco. Quería celebrar la Encarnación en forma especial. Quería hacer algo que ayudase a la gente a recordar al Cristo Niño y cómo nació en Belén".

San Francisco permaneció varios meses en el retiro de Grecehio, consagrado a la oración, pero ocultó celosamente a los ojos de los hombres las gracias especialísimas que Dios le comunicó en la contemplación. El hermano León, que era su secretario y confesor, afirmó que le había visto varias veces durante la oración elevarse tan alto sobre el suelo, que apenas podía alcanzarle los pies y, en ciertas ocasiones, ni siquiera eso. 

Los EstigmasAlrededor de la fiesta de la Asunción de 1224, el Santo se retiró a Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. Llevó consigo al hermano León, pero prohibió que fuese alguien a visitarle hasta después de la fiesta de San Miguel. Ahí fue donde tuvo lugar, alrededor del día de la Santa Cruz de 1224, el milagro de los estigmas, del que hablamos el 17 de septiembre. Francisco trató de ocultar a los ojos de los hombres las señales de la Pasión del Señor que tenía impresas en el cuerpo; por ello, a partir de entonces llevaba siempre las manos dentro de las mangas del hábito y usaba medias y zapatos.

Sin embargo, deseando el consejo de sus hermanos, comunicó lo sucedido al hermano Iluminado y a algunos otros, pero añadió que le habían sido reveladas ciertas cosas que jamás descubriría a hombre alguno sobre la tierra.

En cierta ocasión en que se hallaba enfermo, alguien propuso que se le leyese un libro para distraerle. El Santo respondió: "Nada me consuela tanto como la contemplación de la vida y Pasión del Señor. Aunque hubiese de vivir hasta el fin del mundo, con ese solo libro me bastaría". Francisco se había enamorado de la santa pobreza, mientras contemplaba a Cristo crucificado y meditaba en la nueva crucifixión que sufría en la persona de los pobres.

El santo no despreciaba la ciencia, pero no la deseaba para sus discípulos. Los estudios sólo tenían razón de ser como medios para un fin y sólo podían aprovechar a los frailes menores, si no les impedían consagrar a la oración un tiempo todavía más largo y si les enseñaban más bien, a predicarse a sí mismos que a hablar a otros. Francisco aborrecía los estudios que alimentaban más la vanidad que la piedad, porque entibiaban la caridad y secaban el corazón. Sobre todo, temía que la señora Ciencia se convirtiese en rival de la dama Pobreza. Viendo con cuánta ansiedad acudían a las escuelas y buscaban los libros sus hermanos, Francisco exclamó en cierta ocasión: "Impulsados por el mal espíritu, mis pobres hermanos acabarán por abandonar el camino de la sencillez y de la pobreza".
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En sus escritos, esto es lo que el Santo nos dejó dicho sobre la vigilancia del corazón: “Cuidémonos mucho de la malicia y astucia de Satanás, el cual quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y anda dando vueltas buscando adueñarse del corazón del hombre y, bajo la apariencia de alguna recompensa o ayuda, ahogar en su memoria la palabra y los preceptos del Señor, e intenta cegar el corazón del hombre mediante las actividades y preocupaciones mundanas, y fijar allí su morada”.

Antes de salir de Monte Alvernia, el Santo compuso el "Himno de alabanza al Altísimo". Poco después de la fiesta de San Miguel bajó finalmente al valle, marcado por los estigmas de la Pasión y curó a los enfermos que le salieron al paso.

La hermana MuerteLas calientísimas arenas del desierto de Egipto afectaron la vista de Francisco hasta el punto de estar casi completamente ciego. Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes sufrimientos que parecía que la copa se había llenado y rebalsado. Fuertes dolores debido al deterioro de muchos de sus órganos (estómago, hígado y el bazo), consecuencias de la malaria contraida en Egipto. En los más terribles dolores, Francisco ofrecía a Dios todo como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación de las almas. Era durante su enfermedad y dolor donde sentía la mayor necesidad de cantar.

Su salud iba empeorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaban, y casi había perdido la vista. En el verano de 1225 estuvo tan enfermo, que el cardenal Ugolino y el hermano Elías le obligaron a ponerse en manos del médico del Papa en Rieti. El Santo obedeció con sencillez. De camino a Rieti fue a visitar a Santa Clara en el convento de San Damián. Ahí, en medio de los más agudos sufrimientos físicos, escribió el "Cántico del hermano Sol" y lo adaptó a una tonada popular para que sus hermanos pudiesen cantarlo. 

Después se trasladó a Monte Rainerio, donde se sometió al tratamiento brutal que el médico le había prescrito, pero la mejoría que ello le produjo fue sólo momentánea. Sus hermanos le llevaron entonces a Siena a consultar a otros médicos, pero para entonces el Santo estaba moribundo. En el testamento que dictó para sus frailes, les recomendaba la caridad fraterna, los exhortaba a amar y observar la santa pobreza, y a amar y honrar a la Iglesia. Poco antes de su muerte, dictó un nuevo testamento para recomendar a sus hermanos que observasen fielmente la regla y trabajasen manualmente, no por el deseo de lucro, sino para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. "Si no nos pagan nuestro trabajo, acudamos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta". 

Cuando Francisco volvió a Asís, el Obispo le hospedó en su propia casa. Francisco rogó a los médicos que le dijesen la verdad, y éstos confesaron que sólo le quedaban unas cuantas semanas de vida. "¡Bienvenida, hermana Muerte!", exclamó el Santo y acto seguido, pidió que le trasportasen a la Porciúncula. Por el camino, cuando la comitiva se hallaba en la cumbre de una colina, desde la que se dominaba el panorama de Asís, pidió a los que portaban la camilla que se detuviesen un momento y entonces volvió sus ojos ciegos en dirección a la ciudad e imploró las bendiciones de Dios para ella y sus habitantes. 

Después mandó a los camilleros que se apresurasen a llevarle a la Porciúncula. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, Francisco envió a un mensajero a Roma para llamar a la noble dama Giacoma di Settesoli, que había sido su protectora, para rogarle que trajese consigo algunos cirios y un sayal para amortajarle, así como una porción de un pastel que le gustaba mucho. 


Felizmente, la dama llegó a la Porciúncula antes de que el mensajero partiese. Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios que nos ha enviado a nuestra hermana Giacoma! La regla que prohibe la entrada a las mujeres no afecta a nuestra hermana Giacoma. Decidle que entre". 
El Santo envió un último mensaje a Santa Clara y a sus religiosas, y pidió a sus hermanos que entonasen los versos del "Cántico del Sol" en los que alaba a la muerte. Enseguida rogó que le trajesen un pan y lo repartió entre los presentes en señal de paz y de amor fraternal diciendo: "Yo he hecho cuanto estaba de mi parte, que Cristo os enseñe a hacer lo que está de la vuestra”. Sus hermanos le tendieron por tierra y le cubrieron con un viejo hábito. Francisco exhortó a sus hermanos al amor de Dios, de la pobreza y del Evangelio, "por encima de todas las reglas", y bendijo a todos sus discípulos, tanto a los presentes como a los ausentes.
Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión del Señor según San Juan. Francisco había pedido que le sepultasen en el cementerio de los criminales de Colle d'lnferno. En vez de hacerlo así, sus hermanos llevaron al día siguiente el cadáver en solemne procesión a la iglesia de San Jorge, en Asís. Ahí estuvo depositado hasta dos años después de la canonización. En 1230, fue secretamente trasladado a la gran basílica construida por el hermano Elías.

El cadáver desapareció de la vista de los hombres durante seis siglos, hasta que en 1818, tras 52 días de búsqueda, fue descubierto bajo el altar mayor, a varios metros de profundidad. El Santo no tenía más que 44 o 45 años al morir. No podemos relatar aquí ni siquiera en resumen, la azarosa y brillante historia de la Orden que fundó. Digamos simplemente que sus tres ramas: la de los frailes menores, la de los frailes menores capuchinos y la de los frailes menores conventuales forman el instituto religioso más numeroso que existe actualmente en la Iglesia. Y, según la opinión del historiador David Knowles, al fundar ese instituto, San Francisco "contribuyó más que nadie a salvar a la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media".

¡San Francisco de Asís: pídele a Jesús que lo amemos tan intensamente como lo lograste amar tú! 


La Porciúncula, en la Basílica de Nuestra Señora de los ÁngelesLa Porciúncula es un pueblo y a la misma vez una iglesia localizada aproximadamente a tres-cuartos de milla de la ciudad de Asís en Italia. El pueblo ha progresado alrededor de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue precisamente en esta Basílica que San Francisco de Asís recibió su vocación en el año 1208. San Francisco vivió la mayor parte de su vida en este lugar. En el año 1211, San Francisco logró una estadía permanente en este pueblo cerca de Asís, gracias a la generosidad de los Benedictinos, los cuales le donaron la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles o la Porciúncula, considerada como “una pequeña parte” de esas tierras. 

Un día mientras San Francisco estaba arrodillado en la capilla de San Damián, sintió que Cristo le habló desde el crucifijo y le dijo: “Reconstruye mi Iglesia que esta en ruinas.” El se tomó estas palabras literalmente y empezó a reconstruir varias Iglesias. No fue hasta un tiempo después que San Francisco comprendió que el mensaje principal de Cristo era que construyera y fortaleciera espiritualmente la Iglesia de Cristo. Así fue que el Santo comenzó a trabajar en la restauración de las iglesias de San Damián, San Pedro Della Spina y Santa Maria de los Ángeles o de la Porciúncula.

Al lado del humilde santuario de la Porciúncula, fue edificado el primer convento Franciscano, con la construcción de unas cuantas pequeñas chozas o celdas de paja y barro, cercadas con un seto. Este acuerdo fue el comienzo de la Orden Franciscana. La Porciúncula fue también el lugar donde San Francisco recibió los votos de Santa Clara. El 3 de Octubre de 1226, muere San Francisco, y en su lecho de muerte, le confía el cuidado y protección de la capilla a sus hermanos. 

Un poco después del año 1290, la capilla, la cual media aproximadamente 22 pies por 13 ½ pies fue ampliamente engrandecida para poder acomodar a la cantidad de peregrinos que venían a visitarla. Más tarde, los edificios alrededor del santuario fueron destruidos por orden de Pio V (1566-72), excepto la celda en la cual murió San Francisco. Luego, estos fueron reemplazados por una gran Basílica, estilo contemporáneo. El nuevo edificio fue erigido sobre su celda y sobre la capilla de la Porciúncula. La Basílica ahora tiene tres naves y un circulo de capillas que se extienden a lo largo de la longitud de los costados. 

La Basílica forma una cruz latina de 416 pies de largo por 210 pies de ancho. Un pedazo del altar de la capilla es de la Anunciación, la cual fue pintada por un sacerdote en el año 1393. Uno todavía puede visitar la celda donde murió San Francisco. Detrás de la sacristía se encuentra el sitio donde el santo, durante una tentación se dice, que se revolcó en un arbusto de brezo, el cual después se convirtió en un rosal sin espinas. Fue precisamente durante esa misma noche del 2 de Agosto, que el Santo recibió la “Indulgencia de la Porciúncula.” Hay una representación del recibimiento de esta indulgencia en la fachada de la capilla de la Porciúncula. 

Se cuenta que una vez, en el año 1216, mientras Francisco estaba en la Porciúncula, en oración y en contemplación, se le apareció Cristo y le ofreció que le pidiera el favor que el quisiera. En el centro del corazón de San Francisco siempre estaba la salvación de las almas. El soñaba en que su amada Porciúncula fuese un santuario donde muchos se pudieran salvar, entonces le pidió al Señor que le concediera una indulgencia plenaria ( o sea, una completa remisión de todas las culpas), para que todos aquellos que vinieran a visitar la pequeña capilla, una vez que se hubieran arrepentido de sus pecados y confesado, pudieran obtenerla. Nuestro Señor accedió a su petición con la condición de que el Papa ratificará la indulgencia. 

San Francisco se fue de inmediato hacia Perugia con uno de sus hermanos en busca del Papa Honorio III. Este, a pesar de alguna oposición de la Curia, ante este favor nunca antes escuchado dio su aprobación a la Indulgencia, limitándola a poder recibirla solamente una vez al año. Posteriormente, el Papa la confirmó y fijo la fecha del 2 de Agosto como el día para alcanzar esta indulgencia. En Italia, es comúnmente conocida como “el perdón de Asís” o la “indulgencia de la Porciúncula”. Este es el recuento tradicional de la historia. 

Todos los fieles católicos pueden alcanzar la indulgencia plenaria el 2 de Agosto (o en otro día que haya sido declarado o asignado por el ordinario local para el beneficio de los fieles), bajo las debidas disposiciones (confesión sacramental, santa comunión, y rezar por las intenciones del Santo Padre). Estas condiciones pueden cumplirse unos días antes o después del día en que se gana la indulgencia. También tienen que visitar la iglesia devotamente y rezar el Padrenuestro y el Credo. La Indulgencia se aplica a la Catedral de la Diócesis, y a la co-catedral (si es que existe alguna), aunque no sean parroquiales, y también las iglesias quasi-parroquiales. Para alcanzar esta indulgencia, como cualquier indulgencia plenaria, los fieles tienen que estar libres de cualquier apego al pecado, aún al pecado venial. Donde se desea este apego, la indulgencia es parcial. 


Otros escritos

AMDG et DVM 

mercoledì 15 gennaio 2014

San Francisco de Asís


J. Joergensen:
San Francisco de Asís


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Capítulo II

EL DERECHO DE PREDICAR

Un día se hallaba Francisco en Asís, en casa del Obispo Guido. Sin duda había ido, según costumbre suya, a demandar consejo al que él miraba como «padre y señor de las almas» (TC 19); pero también es probable que fuera en busca de alguna limosna; porque en verdad las circunstancias por las que atravesaban los hermanos eran asaz penosas. A su vuelta de las misiones encontraron cuatro nuevos compañeros: Felipe Longo, Juan de San Constancio, Bárbaro y Bernardo de Vigilancio, a los cuales se agregó otro que Francisco llevaba de Rieti, llamado Ángel Tancredi, joven caballero a quien el Santo había conquistado en una calle de dicha ciudad, dirigiéndole el siguiente amoroso reproche: «Tancredi, bastante tiempo has llevado ya esa espada y esas espuelas; es menester que trueques el cinturón por la cuerda, la espada por la cruz y las espuelas por el polvo y el barro de los caminos; sígueme y te armaré caballero del ejército de Cristo».1
No se trataba, pues, de alimentar a tres o cuatro, como antes, sino a un grupo ya numeroso de compañeros. En un principio los habitantes de Asís, llevados de la admiración respetuosa que la vista de los hermanos les causaba, suministraban lo necesario a su manutención; pero ahora empezaban a cansarse, instigados sobre todo por los propios parientes de los hermanos, que no cesaban de perseguirlos, haciéndoles severos cargos de que «habían abandonado los bienes que poseían para abrazar un estado en que tenían que subsistir y regalarse a costa de lo ajeno».
Duplicado el número de ellos, se vieron forzados a abandonar la cabaña de la Porciúncula y a trasladarse a una casucha arruinada, distante de aquélla camino como de veinte minutos, sita en un lugar llamado Rivotorto (por lavuelta que allí daba cierto arroyuelo) y perteneciente, como otras del mismo género que había en dicho sitio, a los Crucígeros de San Salvador de los Muros. De esta Orden había sido miembro Fray Morico; por donde se supone que a su influencia se debió el que Francisco obtuviese la necesaria autorización para instalarse allí con su cofradía.2
Esta cabaña, o tugurium, de Rivotorto era de tan estrechas dimensiones, que Francisco se vio obligado, para evitar toda confusión y desorden, a escribir el nombre de cada uno en la muralla frente al respectivo lugar (1 Cel 44; TC 55). De iglesia ni de capilla no había que hablar; todos oraban delante de una gran cruz de madera que habían puesto a la entrada del tugurio (LM 4,3). Por descontado, Francisco no veía mal alguno en tan extrema pobreza, antes le agradaba sobremanera, entre otras razones porque de allí tenía camino expedito para ir, siguiendo el curso del torrente, a unas cuevas de la falda del Subasio, que se dirían hechas para la oración y que Francisco llamaba, a causa de su estrechez, sus «cárceles», carceri.
De todo esto, como era natural, se hablaba mucho en Asís y estaba bien enterado el Obispo. Muchas veces este varón excelente trató de disuadir a Francisco de aquella manera de vida que a sus ojos era demasiado rigurosa, pareciéndole de estricta necesidad que los hermanos poseyeran algunos bienes, al menos los indispensables para proveer a su cuotidiano sustento: sin duda, la mendicidad voluntaria le chocaba, como le acontece a todo hombre que mira las cosas por su lado natural y ordinario.
Pero Francisco era en este punto intransigente, sabiendo, como sabía (y el conde León Tolstoi ha venido a corroborarlo), que la posesión de una propiedad personal, por pequeña que sea, constituye siempre un obstáculo para la realización de la perfecta vida cristiana. El día aquel se trataba este punto entre ambos amigos, y Francisco vino a declarar resueltamente al Obispo: «Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo» (TC 35).
El propio Obispo estaba a la sazón dando buena prueba de cuán verdaderas eran las palabras de Francisco, porque se hallaba en pleito con los Crucígeros y con la abadía benedictina del monte Subasio; y así fue que no tuvo nada que replicar a la terminante respuesta de Francisco. Ya que no podía levantarse hasta la sublimidad del ideal de su joven protegido, comprendió, al menos, que carecía del derecho de estorbar por ningún medio su realización.
Por lo demás, no era cierto tampoco que la mendicidad fuese para los hermanos la única fuente de entradas, y si no, abramos el Testamento de Francisco por aquella parte donde narra los comienzos de la Orden:
«Después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó. Y aquellos que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener; y estaban contentos con una túnica, forrada por dentro y por fuera, el cordón y los paños menores. Y no queríamos tener más.
»Los clérigos decíamos el oficio como los otros clérigos; los laicos decían los Padrenuestros; y muy gustosamente permanecíamos en las iglesias pobrecillas y desamparadas. Y éramos iletrados y súbditos de todos. Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el buen ejemplo y para rechazar la ociosidad. Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta. El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz» (Test 14-23).
Estas palabras, escritas por la propia mano del Santo, contienen todo el programa de vida que observaban los hermanos en la Porciúncula y en Rivotorto. Francisco no quería otra cosa que lo que había querido antes el mismo Jesucristo, es a saber, que sus seguidores poseyeran las menos cosas posibles, que se ganaran el sustento con el trabajo de sus manos y que, éste no bastando, recurrieran a ajeno auxilio; que evitasen cuidados inútiles, absteniéndose de allegar bienes superfluos; que fuesen como las aves del cielo, libres de los lazos que atan a la tierra; que, en fin, ocupasen la vida entera en dar a Dios continuas gracias por sus favores y alabanzas continuas por las maravillas de su poder. «Como peregrinos y forasteros en este mundo»: he ahí el ideal de Francisco de Asís y la expresión que nunca se le caía de la boca. Quería, dice Celano, que todas las cosas de este mundo cantaran la peregrinación y el destierro: «Este hombre odiaba no sólo la ostentación de las casas, sino que detestaba profundamente que hubiese muchos y exquisitos enseres. Nada quería, en las mesas y en las vasijas que recordase el mundo, para que todas las cosas que se usaban hablaran de peregrinación, de destierro» (2 Cel 60).
Tales máximas concuerdan de todo en todo con las prescripciones que Francisco escribió para sus frailes en la primera Regla:
«Todos los hermanos, en cualquier lugar en que se encuentren en casa de otros para servir o trabajar, no sean mayordomos ni cancilleres, ni estén al frente de las casas en que sirven; ni acepten ningún oficio que engendre escándalo o cause detrimento a su alma; sino que sean menores y súbditos de todos los que están en la misma casa. Y los hermanos que saben trabajar, trabajen y ejerzan el mismo oficio que conocen, si no es contrario a la salud del alma y puede realizarse con decoro... Pues dice el apóstol: "El que no quiere trabajar, no coma"; y en otra parte: "Cada uno permanezca en el arte y oficio en que fue llamado". Y por el trabajo podrán recibir todas las cosas necesarias, excepto dinero. Y cuando sea necesario, vayan por limosna como los otros pobres. Y séales permitido tener las herramientas e instrumentos convenientes para sus oficios» (1 R 7,1-9).
«El Señor manda en el Evangelio: "Mirad, guardaos de toda malicia y avaricia"; y también: "Guardaos de la solicitud de este siglo y de las preocupaciones de esta vida". Por eso, ninguno de los hermanos, donde quiera que esté y adondequiera que vaya, en modo alguno tome ni reciba ni haga que se reciba pecunia o dinero, ni con ocasión del vestido ni de libros, ni como precio de algún trabajo, más aún, con ninguna ocasión, a no ser por manifiesta necesidad de los hermanos enfermos; porque no debemos estimar y reputar de mayor utilidad la pecunia y el dinero que los guijarros... Guardémonos, por tanto, los que lo dejamos todo, de perder por tan poca cosa el reino de los cielos. Y si en algún lugar encontramos dinero, no nos preocupemos de él más que del polvo que hollamos con los pies... Con todo, en caso de manifiesta necesidad de los leprosos, los hermanos pueden pedir limosna para ellos. Guárdense mucho, no obstante, de la pecunia para provecho propio» (1 R 8).
«Todos los hermanos empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo, y recuerden que ninguna otra cosa del mundo entero debemos tener, sino que, como dice el Apóstol: "Teniendo alimentos y con qué cubrirnos, estamos contentos con eso". Y deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos. Y cuando sea necesario, vayan por limosna. Y no se avergüencen, sino más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo omnipotente..., no se avergonzó. Y fue pobre y huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen y sus discípulos. Y cuando la gente les ultraje y no quiera darles limosna, den gracias de ello a Dios; porque a causa de los ultrajes recibirán gran honor ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo. Y sepan que el ultraje no se imputa a los que lo sufren, sino a los que lo infieren. Y la limosna es herencia y justicia que se debe a los pobres y que nos adquirió nuestro Señor Jesucristo» (1 R 9,1-8).
Con tales y otras semejantes palabras exhortaba Francisco a sus amigos a perseverar en la vida pobre y rigurosa que habían abrazado. A veces servían en los hospitales, otras ayudaban a los campesinos en sus cosechas, y nunca su salario era otra cosa que el pan cuotidiano con algunos sorbos de agua de la fuente vecina. «Durante el día iban a las casas de los leprosos o a otros lugares decorosos y quienes sabían hacerlo trabajaban manualmente, sirviendo a todos humilde y devotamente. Rehusaban cualquier oficio del que pudiera originarse escándalo; más bien, ocupados siempre en obras santas y justas, honestas y útiles, estimulaban a la paciencia y humildad a cuantos trataban con ellos» (1 Cel 39). Estas palabras de Celano nos dan la práctica de las citadas prescripciones de la primera Regla. Lo mismo trae Bartolomé de Pisa en su libro de las Conformidades, donde leemos: «Francisco exigía de sus hermanos que, a su ejemplo, se dedicasen al servicio de los leprosos y demás enfermos cuya vista causa horror al mundo». Las Florecillas citan asimismo muchos ejemplos que manifiestan la caridad de los frailes con los enfermos y leprosos. Por la Crónica de los XXIV Generales sabemos también que algunos frailes llegaron a quejarse de que el Santo «los distrajese de la oración por ocuparlos en cuidar leprosos». Finalmente, la Crónicade Eccleston habla de cierto fraile que «moraba con San Francisco en un hospital».
Pero a menudo les faltaba el trabajo, y entonces todas las puertas se les cerraban en Asís, poniendo a durísima prueba su esperanza y afligiendo por honda manera el corazón de Francisco. ¡Cuántas veces estos extremos de penuria estarían a punto de vencer la constancia de nuestros penitentes en el tugurio de Rivotorto, sobre todo en las tristes horas de lluvia, en que el agujereado techo que medio los cubría se llovía todo y, sin embargo, se veían obligados a permanecer debajo de él, porque los caminos se cubrían de barro y escarcha, haciéndose intransitables; y no tenían un pedazo de pan que comer, ni certidumbre alguna de que los hermanos que habían salido a pedirlo se lo trajeran; ni tenían fuego con que fomentar los ateridos miembros, ni menos libros para distraerse con su lectura! ¿Quién nos podrá asegurar que en esas horas sombrías y glaciales del invierno umbriano (que es corto, pero recio y penoso) ninguno de los compañeros de Francisco sintiera en su pecho la voz de la rebelión contra aquella, a ojos mundanos, descabellada aventura, resolviendo volver las espaldas a aquella cueva siniestra y a la compañía de aquellos insensatos y tornar a Asís, donde, ¡ay!, en otro tiempo tenían casa, y huerto, y dinero, y posesiones y comodidades que habían abandonado en favor de los pobres? No hay duda de que para más de alguno sonaría la hora del desaliento y de la final derrota. Sin embargo, la verdad es que los biógrafos no nos hablan sino de una sola defección, la de Juan Capella; todos los demás, refiere la leyenda, se mantuvieron firmes en su propósito, comiendo raíces de nabos en cuenta de pan: y al fin triunfaron. Porque la opinión pública, tan largo tiempo adversa, se rindió, por fin, y empezó a mirarlos con cierta admiración, que no tardó en trocarse en absoluta confianza y estima en vista de su perseverancia y piedad no desmentidas. Los viajeros que de noche pasaban por frente al tugurio de Rivotorto, oían sus rezos y plegarias; durante el día trabajaban en el hospital, o dondequiera que se les ofrecía decente ocupación. «Para evitar la ociosidad, ayudaban en las faenas del campo a pobres labradores, y éstos les daban pan por amor de Dios», dice el Espejo de Perfección (EP 55h). No obstante su extremada pobreza, siempre tenían alguna cosa que dar a los que les pedían; a veces les tocaba tener que dar el capucho o una manga de su hábito. En cuanto al dinero, persistían en la inquebrantable voluntad de no tocarlo. Un hombre les dejó cierta considerable cantidad sobre el altar de la Porciúncula, y algún tiempo después la encontró intacta a la orilla del camino en un montón de basuras.
Pero lo que sobre todo llamaba la atención era el amor más que de madre con que se trataban. Una vez dos de ellos, yendo de viaje, dieron con un loco furioso que, al verlos, se puso a tirarles piedras, sin vagar y sin compasión: entonces empezaron ellos a cambiar de lugar a cada instante, porfiando ambos por recibir las pedradas y librar de ellas el uno al otro. Si algún hermano ofendía de palabra a otro, no quedaba contento mientras no se reconciliaba con él y mientras no conseguía que le pusiese el pie sobre la boca que había osado pronunciar una palabra no envuelta en caridad cristiana. Jamás se les sorprendía gastando el tiempo en pláticas inconvenientes, mundanas o superfluas. Cuando por el camino se encontraban con una mujer, nunca la miraban a la cara, sino fijaban en el suelo los ojos y al cielo levantaban el corazón.3
Con cuánto desdén miraban las pompas del mundo, se vio claro en septiembre de 1209, cuando el emperador Otón de Brunswick atravesó el valle de Espoleto, camino de Roma, adonde iba a recibir la corona imperial de manos del Papa Inocencio III. De Asís, de Bettona, de Spello, de Isola Romanesca y otras ciudades y villas del llano y de la montaña acudieron en tropel las gentes a presenciar el espléndido cortejo; sólo los ermitaños de Rivotorto se mantuvieron en su retiro, excepto uno a quien Francisco ordenó presentarse ante el emperador para advertirle que los honores de este mundo eran transitorios e inseguros; palabras cuya verdad no tardó en experimentar el mismo emperador.4
También Francisco tenía el propósito de ir a Roma. Habiendo escrito o dictado en Rivotorto la regla de los hermanos, «con palabras breves y sencillas», como dice en su Testamento, deseaba obtener la confirmación de la Iglesia para esta regla, o forma de vida, como él gustaba de llamarla.
Tal confirmación no era todavía indispensable, porque el decreto que prohíbe fundar ninguna orden religiosa sin expresa autorización de la Santa Sede, data del concilio de Letrán, celebrado en 1215. Pero otra práctica había empezado a introducirse hacía poco: la de otorgar a los seglares el derecho de predicar, derecho antes reservado exclusivamente a Obispos y sacerdotes. Tal concesión la había alcanzado Pedro Valdo, bajo condición de someterse siempre y en todas partes a la dirección del respectivo clero. Análogo permiso habían obtenido en 1201 los hermanos Humillados, y en 1207 Durando de Huesca y sus valdenses católicos. Razón tenía, pues, Francisco para alimentar la esperanza de que Inocencio III le acogería benignamente.
Por otra parte, Francisco tenía por los Apóstoles profunda devoción, que le impulsaba irresistiblemente a visitar su tumba y la sede del sucesor de su príncipe. El ideal constantemente acariciado por el santo de Asís era restaurar la vida apostólica tal cual se describe en los Evangelios; todo debía ser del uso común entre los hermanos, «según la norma transmitida y observada por los Apóstoles»; el argumento decisivo a los ojos de Francisco era en cada caso que «así se acostumbraba en la Iglesia apostólica».5 Leyendas posteriores afirman que los santos Apóstoles Pedro y Pablo se le aparecieron mientras oraba en la iglesia de San Pedro en Roma, asegurándole en la posesión de «todo el tesoro de la pobreza».
Un día del verano de 1210 la pequeña comunidad de penitentes dejó Rivotorto y tomó el camino de Roma. Pocas noticias se han conservado de este viaje: todo lo que se sabe es que Bernardo de Quintaval, y no Francisco, hizo de superior de la comitiva durante el trayecto, y a él obedecían todos; que los santos viajeros hallaron corto el camino, porque por todo él fueron piadosamente entretenidos en devotas plegarias, cantos y pláticas espirituales; que al llegar la noche encontraban siempre, merced del Señor, oportuno asilo y todo lo necesario a su subsistencia (TC 46).
Llegados a Roma, lo primero que hicieron fue visitar a su Obispo Guido, que también había ido a la Ciudad Eterna y prometido probablemente a Francisco interceder en su favor. Es cierto que los presentó al Cardenal Juan de San Pablo,6 amigo suyo, y que por este medio se les facilitó el acceso al Papa, aunque otros historiadores pretenden que Francisco trató de llegar hasta Inocencio directamente y sin intermediario, pero que no se le permitió. Lo único históricamente cierto, al menos para nosotros, es que el Cardenal Juan, después de alojar por algunos días en su casa a los hermanos, tomó a su cargo el recomendarlos al Papa Inocencio (TC 47-49). El Obispo de Asís conocía no sólo a Francisco sino también a los otros hermanos, como afirma expresamente la Leyenda de los Tres Compañeros (n. 47). Llevado de su partidismo, Sabatier no ha querido prestar atención a este testimonio ni a otros parecidos como, por ejemplo, el de Celano, que nos dice que el obispo «honraba en todo a San Francisco y a sus hermanos y los veneraba con especial afecto» (1 Cel 32). Es cierto que, según Celano, Guido no conocía con exactitud el motivo del viaje de los frailes a Roma; pero eso no excluye en absoluto la hipótesis de un acuerdo previo, más o menos preciso, entre el Obispo y Francisco. En cualquier caso, lo cierto es que el Obispo no veía con buenos ojos la posibilidad de que los frailes tuviesen la intención de dejar la Umbría. Por tanto, no tiene ni siquiera sombra de similitud la acusación de Sabatier de que Guido puso poco empeño en ocuparse de Francisco y de su causa. El mismo Francisco nos dice, según el Espejo de Perfección: «En los primeros tiempos de mi conversión, Dios inspiró al Obispo de Asís a fin de que me aconsejara y me animara en el servicio de Cristo». En laLeyenda Mayor de San Buenaventura (3,9), cuando relata la visita de San Francisco a la curia romana, Jerónimo de Áscoli, ministro general y después papa con el nombre de Nicolás IV, intercaló un texto según el cual Inocencio III despachó indignado al siervo de Dios como si le fuera desconocido. Pero a la noche siguiente el Pontífice tuvo en sueños la visión de un arbusto que se transformaba en grandioso árbol, representando al pobre Francisco. Llegada la mañana, Inocencio ordenó que buscaran a aquel pobre, que se encontraba en el hospital de San Antonio, junto a Letrán, y dispuso que lo trajeran de inmediato a su presencia.
Sabatier reprocha al Cardenal Juan el haberse aprovechado de la estancia en su casa de Francisco y sus compañeros para informarse minuciosamente, en su calidad de representante de la Curia pontificia, de las ideas y proyectos de los nuevos cofrades. Pero, dado que el hecho fuera cierto, el reproche carece en absoluto de fundamento, porque la Iglesia atravesaba en aquel entonces por tan graves y difíciles circunstancias, que toda medida prudente venía a ser para sus jefes de todo punto obligatoria.
Es dar de la Edad Media una idea absolutamente falsa, hablar, como suele hacerse a menudo, «del poder de la Iglesia» en aquel período; y semejante expresión es todavía más inadmisible tratándose del pontificado de Inocencio III; porque, a la verdad, ni el siglo de la Reforma ni el de la Revolución han sido tan hostiles al Papa y a la Iglesia como lo fueron los primeros años del siglo XIII. Hoy día nadie se atrevería a cometer contra la persona del Papa los desacatos que tantas veces tuvo que soportar Inocencio. Él mismo refiere que el sábado santo 8 de abril de 1203, mientras iba de la iglesia de San Pedro a la de Letrán, se vio, no obstante la corona papal que llevaba sobre su cabeza, acometido del pueblo, que le llenó de ultrajes tan groseros, que su pluma se resiste a consignarlos.
Ya en 1188 el pueblo de Roma, adelantándose a los futuros terroristas franceses, había suprimido la cronología cristiana, reemplazándola por la nueva era que empezaba en la restauración del Senado romano en 1143. Repetidas veces fue Inocencio expulsado de Roma, tomada y declarada propiedad comunal la torre que él y sus hermanos construyeran para su refugio y cuyos restos imponentes llevan todavía el nombre de familia de Inocencio,Torre dei Conti. El año 1204, en los meses de mayo a octubre, presenció el Papa, encerrado en San Juan de Letrán, la horrenda devastación de Roma perpetrada por sus enemigos los Capocci, que se habían apoderado de ella.
Igual suerte corrían el poder y la autoridad de Inocencio en los escasos restos de los antiguos Estados pontificios que los Hohenstaufen se habían dignado dejar al trono de San Pedro. Para escapar al dominio temporal del Papa, las ciudades de la Italia central se rebelaban a la continua contra su supremacía espiritual, rompiendo formalmente la unidad de la Iglesia. En Orvieto, por ejemplo, los partidarios de la independencia eligieron por jefe al albigense Pedro Parenzi, que había dado muerte al podestá enviado por Inocencio. Viterbo nombró cónsules a unos herejes declarados, a despecho de todas las amenazas y prohibiciones del Papa. Narni, que había destruido la pequeña ciudad de Otrícoli, permaneció excomulgada cinco años, y no le importó un ardite tan tremendo castigo. Con la misma sangre fría la república de Orvieto desestimó las intimaciones del Papa cuando en 1209 saqueó e incendió a su vecina Acquapendente. El clero y los Obispos de Cerdeña mostraban tal hostilidad contra el Papa y su legado Blas, que en 1202 se vio éste materialmente sitiado por hambre, y poco después la gibelina Pisa arrebató al Papa la posesión de la isla.
Hasta el fruto de sus victorias se le disputaba a Inocencio sin sombra de respeto. Cuando Conrado de Ürslingen vino a Narni para hacer donación al Papa de la ciudadela de Asís, los habitantes de esta ciudad destruyeron el fuerte antes que Inocencio pudiese posesionare de él, y el Papa, lejos de pensar en castigar semejante desacato, no quiso ni entrar en Asís cuando en 1198 fue a recibir los homenajes de las ciudades umbrianas.
En los momentos precisos en que Francisco se hallaba en Roma, todo el mundo estaba en abierta rebelión política y espiritual contra la autoridad pontificia, ni más ni menos que ha acontecido tantas veces en siglos posteriores. En aquellas sectas, más o menos contagiadas de política, que pululaban entonces a través de Europa, encontramos a cada paso tipos acabados de puritanos, independientes, iluminados, radicales y francmasones. Incontables son los fundadores de sectas nuevas y heréticas que nos presenta la historia de la Iglesia en los comienzos del siglo XIII: ahí el asceta Pedro Valdo con sus «pobres de Lyon»; ahí panteístas de orgía, como David de Dinand y Orliebo de Estrasburgo; ahí los satanistas de la «familia de amor», cuyos miembros celebraban conventículos y misas negras en la misma Roma.
De todas estas sectas la de los albigenses era la más peligrosa. Por los años de 1200 la encontramos ya esparcida por toda la Europa, desde Roma hasta Londres, desde España hasta el Mar Negro, pero principalmente en las regiones que riega el Danubio en su curso inferior, en el norte de Italia, en el mediodía de Francia y en ciertos lugares de la cuenca del Rin. Estos herejes penetraban en los diversos países con distintos nombres: en las riberas del bajo Danubio se apellidaban búlgaros o publicanos; en Lombardía, patarenos o gazarenos; y en el sur de Francia, cátaros o albigenses (de la ciudad de Albi). Pero en todas partes enseñaban una misma y sola doctrina, que venía a reducirse a la resurrección del antiguo dualismo maniqueo. Los bogomiles y paulicianos búlgaros se emparentaban directamente con los sectarios de Manes.
La doctrina filosófica de los albigenses se basaba en el antiguo principio pagano de la dualidad de dioses: el dios bueno, creador de las almas, y el dios malo, creador del mundo corpóreo. Enseñaban que el hombre debía preservarse de todo lo corpóreo y rechazaban, en teoría, el matrimonio, la vida de familia y todo lo que les parecía inconciliable con la espiritualidad pura; de donde el nombre de cátaros o limpios, con que ellos mismos se llamaban, llegando algunos, en su celo fanático, hasta buscar la muerte con ciego apasionamiento. Pero la práctica del mayor número era muy otra, pues autorizaban el matrimonio, y algunos hubo como los luciferianos alemanes, cuya rigurosa continencia teórica degeneró en monstruosa carnal licencia.
Semejantes herejes tenían que ser, tanto por su doctrina filosófica como por su vida práctica, enemigos natos de la Iglesia católica, que luchaba a brazo partido por conservar firme y entera una de las bases de la civilización cristiana, es a saber, el monismo teológico, aunque por mucho tiempo no echó mano en su defensa más que de las armas espirituales. La unidad de Dios: he ahí el principio por cuyo triunfo combatía la Iglesia, y en verdad que logró salir airosa del empeño. Entre el maniqueo y el cristiano mediaba todo un abismo; porque mientras a aquél se le antojaba impura y maldita la vida, obra de un demonio la naturaleza, y el deseo de vivir detestable crimen, para éste la creación era una verdadera obra de arte, pura y santa, efecto de la voluntad creadora del supremo Amor, no siendo las manchas que la afean, sino obra exclusiva de la miseria y del pecado del hombre. Por donde se ve con cuánta razón quería Roma saber de cual lado del abismo se inclinaban Francisco y sus hermanos, y si su riguroso ascetismo provenía del orgullo cátaro o de la humildad evangélica. Esto sin contar con que los nuevos penitentes venían de Asís, circunstancia que debía necesariamente suscitar desconfianza en los ánimos católicos, por cuanto Asís era una de las comunidades italianas donde los cátaros se habían adueñado del poder público, eligiendo en 1203 a un albigense por su podestá.
Sobraban, pues, motivos para temer que fuese Francisco del mismo linaje y cepa que Pedro Valdo, cuyo ideal de vida había sido también, como el suyo, la pobreza evangélica. Aquel famoso comerciante lionés obtuvo en 1179, de Alejandro III, el permiso de predicar al pueblo la conversión y de vivir en pobreza apostólica; pero muy luego, en 1184, Lucio III se vio obligado a excomulgarle con sus compañeros, por rebeldes con la autoridad eclesiástica y renovadores del donatismo, permaneciendo dentro de la iglesia sólo unos cuantos valdenses acaudillados por el español Durando de Huesca.
No fue larga, empero, la inquisición que tuvo que hacer el Cardenal Juan para descubrir con toda evidencia que Francisco no adolecía de ninguno de los errores valdenses. Porque la existencia de un Dios único era el fundamento de la piedad de Francisco, así como lo es de toda la teología católica. Precisamente en el Concilio de Letrán de 1215 se afirmó la doctrina de la unidad de Dios contra la herejía de los cátaros.
No hay más que un solo Dios, el Dios de la creación y de la redención, el Dios de la cruz y de la gloria, el Dios de la naturaleza y de la gracia; Dios no es más que uno, como es uno el universo, como es uno el cielo; un solo Dios es alabado y bendecido en todos los dominios de la vida y del movimiento, desde el gusano de la tierra hasta el serafín glorioso, al través de las eternidades. Francisco sentía con toda la intensidad de su ser este principio esencial; lejos de ser un maniqueo renegador de la vida, la amaba entrañablemente como cristiano, no sólo en su manifestación natural con su pureza, sus bondades y encantos, su íntima dulzura, sino en toda la plenitud de la divina esencia; por donde venía a diferenciarse toto coelo de aquellos otros caracteres soberbios que se daban los nombres de puros, perfectos y elegidos, mientras en la realidad, como sucede con todos los soberbios, fluctuaban entre los dos extremos del sacrificio inútil y de la más horrenda degradación. Los cátaros que habían recibido el que llamaban «bautismo del espíritu», consolamentum, se intitulaban perfectos o elegidos. San Francisco nos da una idea muy neta de su doctrina religiosa sobre la unidad de Dios en el capítulo último de su primera Regla.
El espíritu de Francisco nada tenía de negativo ni de crítico; la única crítica que ejercía era la de sí mismo. Por este lado también difería radicalmente de Valdo y sus secuaces. Un historiador moderno ha dicho hermosamente que «Francisco predicaba la bienaventuranza; Valdo, la ley; Francisco, el amor de Cristo; Valdo, sus prohibiciones; Francisco rebosaba gozo de Dios; Valdo castigaba los pecados del mundo; Francisco reunía en torno suyo a los que anhelaban salvarse, dejando a los demás que siguiesen su camino; Valdo no hacía otra cosa que condenar a los impíos y atacar las costumbres del clero» (Schmieder).
La actitud a que se refieren las líneas que he citado es absolutamente propia y particular de Francisco de Asís y constituye su esencial diferencia de todos los otros reformadores de su tiempo, aun de aquellos que mostraban sentimientos respetuosos para con la iglesia, quienes, como Roberto de Arbrissel, por ejemplo, cedían siempre a la tentación de emplear su crítica contra los vicios ajenos, en vez de hacerla servir a extirpar los propios. Francisco advirtió desde un principio, con un tacto maravillosamente certero, que todas las reformas generales serían vanas y estériles mientras no se empezase por la reforma del individuo, y esta clara visión de las cosas le permitió llevar a cabo la renovación universal de las costumbres, que inútilmente habían intentado las excomuniones de los Papas y las acérrimas invectivas de los otros predicadores laicos; y así el mundo pudo palpar una vez más la exactitud de aquella sentencia inspirada: que Dios no se manifiesta en el fragor de la tempestad, sino en la calma del silencio y del recogimiento.
Este carácter profundamente individual de Francisco no podía escaparse a la penetración del Cardenal Juan, quien adivinó en seguida que tenía delante de sí a un hombre absolutamente despojado de sí mismo que, no por vana palabrería ni muchos menos por vana jactancia, sino con toda sencillez, decía de sí mismo y de sus proyectos: «Hemos sido enviados en ayuda de los clérigos para la salvación de las almas». E inculcaba a sus hermanos: «Así que estad sumisos a los prelados y evitad, en cuanto de vosotros dependa, un celo desordenado. Si sois hijos de la paz, ganaréis al clero y al pueblo, y esto es más agradable a Dios que ganar al pueblo sólo con escándalo del clero» (EP 54).
En consecuencia, pocos días después, el Cardenal se presentó al Papa y le habló en estos términos: «He encontrado a un varón perfectísimo que quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica, y creo que el Señor quiere reformar por su medio la fe de la santa Iglesia en todo el mundo» (TC 48). Acto seguido, los hermanos de Asís tuvieron acceso al Papa, quien mandó a Francisco exponer su programa, y cuando le hubo escuchado, contestó: «Hijo mío, la vida que tú y tus hermanos lleváis es demasiado dura. Yo no dudo que, llevados de vuestro primer entusiasmo, podáis continuar en ella; pero es menester que penséis en los que os sucederán, que acaso no tendrán el mismo celo ni la misma exaltación entusiasta que vosotros».
A esto respondió Francisco: «Señor Papa, yo me remito en todo a mi Señor Jesucristo. Él, que nos ha prometido la vida eterna y la celeste bienaventuranza, ¿cómo nos va a negar una cosa tan insignificante cual es lo poco que necesitamos para vivir sobre la tierra?»
Inocencio replicó entonces con estas palabras, en que nos parece descubrir cierta sombra de sonrisa: «Hijo mío, lo que tú dices es muy verdadero; pero no olvides que la naturaleza humana es débil y raras veces se mantiene por mucho tiempo en un mismo estado; ve, pues, hijo mío, a pedir a Dios que te revele hasta qué punto tus deseos están conformes con su voluntad».
Francisco y sus hermanos se despidieron de Inocencio y éste expuso el negocio a los Cardenales en el próximo consistorio. Muchos de aquellos experimentados varones manifestaron, como era de esperarse, vehementes dudas y opusieron objeciones contra la nueva Orden, cuyos principios les parecían fuera del alcance de las fuerzas humanas. Porque, en verdad, la Orden que Francisco quería fundar no era meramente contemplativa, es decir, no perseguía un ideal solitario, con el cual sí podía, en opinión de dichos Cardenales, conciliarse la práctica de la absoluta pobreza: el ideal de San Francisco era la vida apostólica, y señaladamente el ministerio de la predicación; y ¿cómo iban a desempeñar tan ardua tarea unos hombres que no contaban para vivir más que con un escaso e inconstante salario, o con la limosna que pedían de puerta en puerta? También los valdenses habían escrito en su programa la pobreza evangélica; pero entre ellos había legos que proveían con un trabajo a las necesidades de los predicadores. Los miembros de la secta de los Humillados, afines de los valdenses por su espíritu y aspiraciones, traían su origen de una compañía de tejedores lombardos; trabajaban según el sistema comunista: reservaban para sí lo estrictamente necesario y el resto lo distribuían entre los pobres. Tenían más semejanza con las ideas de Francisco los «Pobres Católicos», miembros de una comunidad fundada por el cátaro alemán, convertido, Bernardo Primus. Estos vivían del trabajo de sus manos, por el cual no recibían ningún dinero, sino sólo víveres y vestidos. En rigor todo esto podría practicarse en tanto que las obligaciones de la orden o de la comunidad fueran solamente la oración y el trabajo.
Pero Francisco había venido a Roma a solicitar del Papa la facultad de predicar, y si esta predicación franciscana había de ser algo más que la de los predicadores legos, era menester que se basase en estudios preparatorios, los cuales, a su vez, por someros y elementales que se les supusiese, exigían habitaciones fijas, vida común y claustral. Ahora bien, ¿cómo habría sido posible edificar claustros y mantener en ellos religiosos, fundando la orden sobre la base de una pobreza absoluta?
Las reglas de las órdenes fundadas antes imponían también a sus profesores la pobreza, mas no era en el mismo grado en que la quería profesar Francisco. Es cierto que la regla benedictina ordenaba que el que había de abrazarla «diese antes a los pobres los bienes que poseyera» (cap. 58); que San Bernardo de Claraval habla en varias de sus epístolas en términos netamente franciscanos «de la santa pobreza» y desprecia «el oro y la plata, ese pedazo de tierra blanca o roja que no debe su valor más que a la humana insensatez».7 Todo eso es verdad, pero también lo es que la existencia de un convento cisterciense como la de una abadía benedictina se funda sobre la existencia comunista del principio de la propiedad territorial. El monje no posee individualmente sino lo que el abad le concede; pero su voto de pobreza no quita que su convento posea bienes en común, antes al contrario, la propiedad material le es indispensable para que sus moradores puedan entregarse libremente a sus tareas espirituales sin cuidarse ni mucho ni poco de su corporal subsistencia.
Francisco pensaba de un modo totalmente diverso, porque estimaba que lo que Pedro y Pablo habían podido practicar y recomendar a sus respectivos discípulos era todavía posible, es a saber, anunciar al mundo el Evangelio y vivir del propio trabajo y, si éste no da, de los dones de Ia caridad pública. Los Apóstoles nunca buscaron asilo seguro y quieto entre las cuatro paredes de un claustro, y Francisco quería imitar su ejemplo, renunciando a las ventajas de que aquellos incomparables maestros carecieron.
Si bien es cierto que tales deseos de Francisco suscitaron la más fuerte oposición en el Colegio de los Cardenales, todas las objeciones se deshicieron ante la siguiente sencilla observación del Cardenal Juan Colonna: «Este hombre no pide más sino que se le permita vivir conforme al Evangelio; si nosotros damos en declarar que tal conformidad es imposible a las fuerzas humanas, por el mismo caso vendremos a establecer que la vida evangélica es impracticable, con lo que haremos gran ofensa al mismo Jesucristo, primero y único inspirador del libro sagrado». Estas palabras decidieron el triunfo en favor de Francisco, quien fue otra vez llamado a San Juan de Letrán.

En la noche que precedió a esta segunda entrevista del Santo con el Papa, fue cuando éste tuvo aquel sueño misterioso en que le pareció que, estando él en su palacio de Letrán en el ángulo llamado Speculum (por la amplia vista que se goza desde ese punto), contemplando la soberbia basílica, «cabeza y madre de todas las iglesias», consagrada a los dos Juanes, Bautista y Evangelista, he aquí que de repente observó con asombro que el enorme edificio vacilaba, que se inclinaba de un lado la torre, que los muros empezaban a crujir y que la antigua basílica de Constantino amenazaba convertirse en una informe masa de escombros. Embargado por el espanto, incapacitado para mover las manos, el Pontífice no hacía más que mirar desde su palacio el espantoso peligro; quería gritar para pedir auxilio y no podía; tiraba a juntar las manos para orar y... ¡vano empeño!
De súbito aparece en la plaza de Letrán un hombrecillo de humilde continente, vestido a la campesina, desnudos los pies y ceñida de tosca cuerda la cintura, quien al punto se dirige con toda resolución hacia el bamboleante edificio y, sin parar mientes en el riesgo que corre de ser aplastado por la gigantesca mole, aplica el hombro a una de las murallas que ya se venía al suelo. ¡Caso extraordinario! Fue aquello como si el raquítico y desmedrado auxiliador cobrase estatura y fuerzas equivalentes a la del muro desplomado; le aplicó las espaldas por la parte vecina al techo; hizo un enérgico movimiento hacia arriba y enderezó el muro, dejando toda la iglesia más firme y esbelta sobre su base que antes estaba.
Profunda sensación de alivio sintió el Papa al ver tan oportuno y eficaz remedio. Pero en el mismo instante el hombrecillo se volvió hacia él. Inocencio pudo ver que el que por modo tan maravilloso había impedido la ruina de la cabeza y madre de las iglesias no era otro que Francisco, el penitente de Asís (LM 3,10).
Cuando éste, al día siguiente, se presentó al pontífice, le hizo un discurso cuidadosamente preparado con antelación:
«Señor Papa -le dijo-, voy a contaros una alegoría. Érase una doncella muy hermosa, pero muy pobre, que moraba en lo más apartado del desierto. Un día fue a verla el rey de la comarca y, prendado de su belleza la tomó por esposa con la esperanza de que ella le daría una hermosa descendencia. Verificado el casamiento se realizaron plenamente los anhelos del rey, pues la pobre esposa le hizo padre de numerosos hijos en que ella reprodujo con creces su hermosura. Cierto día se puso a razonar consigo misma: "¿Qué voy a hacer yo con estos hijos que he dado a luz? ¿Cómo los mantendré, siendo tan pobre como soy?" Pero luego se le ocurrió una idea y llamó a sus hijos y se la comunicó, diciéndoles: "No temáis, sois hijos de un gran rey. Id, pues, a su corte que él os dará todo que habéis menester". Ellos obedecieron, y cuando llegaron a la presencia del rey, éste quedó maravillado de su belleza, y viendo que se le parecían mucho, les pregunté: "¿De quién sois hijos?". A lo que ellos respondieron que eran hijos de la pobre mujer que habitaba en medio del desierto. Entonces el rey los abrazó con gozo grande de su corazón y les dijo: "No temáis, sois mis hijos. Yo siento cada día a mi mesa una muchedumbre de forasteros: ¡con cuánto mayor gusto os acogeré a vosotros, que sois mis hijos legítimos!" Y en seguida mandó decir a la mujer del desierto que le enviase todos los niños, que él desde ese momento se encargaba de su crianza y educación».8
«Señor Papa -continuó Francisco-, yo soy esa mujer del desierto. Dios en su misericordia infinita se dignó bajarse hasta mí, y yo le he engendrado hijos en Cristo. El Rey de los reyes me ha asegurado que la vida de todos mis descendientes corre de su cuenta; porque si alimenta con tanto cuidado a los extraños, ¿con cuánto más esmero no cuidará de los de su casa? Dios concede abundancia de bienes temporales a los hombres del mundo en vista del amor que ellos tienen por sus hijos: ¡con cuánta más largueza no derramará sus dones sobre aquellos que sigan y practiquen su Evangelio y con quienes por ende El se ha comprometido a mostrarse siempre paternal!»
Tales fueron las razones de Francisco, e Inocencio comprendió que no las dictaba la sabiduría de este mundo, sino el espíritu de Dios. Volviéndose, pues, a los Cardenales que estaban presentes, dijo en tono solemne e inspirado: «En verdad, este hombre es el escogido por Dios para restaurar su Iglesia». En seguida se levantó, abrazó a Francisco y le dijo a él y a sus compañeros: «Hermanos, id con Dios y predicad a todas las gentes el Evangelio de la conversión según que Él os inspire. Cuando por la virtud del Altísimo os hayáis multiplicado, venid a mí sin temor alguno y me hallaréis dispuesto a favoreceros todavía más y a confiaros más altas empresas» (1 Cel 33; TC 51).
A estas palabras del Pontífice todos los hermanos cayeron de rodillas a sus pies y le juraron obediencia; en seguida los once la prestaron a Francisco como a su jefe. A él sólo le otorgó el Papa la licencia de predicar, pero con facultad de trasmitirla a los demás. Antes de retirarse los autorizó Inocencio para recibir la tonsura clerical, que después les confirió el Cardenal Juan y que debía ser el signo externo del permiso de predicar la palabra de Dios.9
Hecha otra visita a la tumba de San Pedro y San Pablo, Francisco y sus hermanos dejaron Roma y emprendieron la vuelta a su patria a través de la campiña romana y de las cumbres azuladas del monte Soracte. Caminaban con paso apresurado, llenos de gozo, anhelando hallarse otra vez en su medio habitual practicando de nuevo la vida y trabajos cuya consagración eclesiástica acababan de impetrar del Vicario de Jesucristo en la tierra.





NOTAS:
1) Waddingo, Ann., 1210, p. 80.- Debo agregar que la fuente de donde ha tomado Waddingo este relato es bien poco segura. Cfr. Acta SS., oct. II, p. 589, n 231.
2) San Buenaventura cuenta que, habiendo Morico enfermado gravemente en su convento de San Salvador, le sanó Francisco con sólo darle a comer un pedazo de pan empapado en el aceite de la lámpara que ardía ante el altar de la Virgen de la Porciúncula, y que, en reconocimiento de tan milagrosa curación, se agregó a la nueva orden, donde se señaló siempre por la austeridad de su vida ascética, no comiendo más que hierbas, legumbres y frutas crudas, y absteniéndose del pan, del vino, etc. (LM 4,8).
Del antiguo establecimiento de los Crucígeros en Rivotorto quedan aún dos vestigios, que son las dos capillitas de San Rufinello de Arce y Santa María Magdalena, ambas más parecidas a la Porciúncula que la gran iglesia franciscana edificada mucho más tarde con el antiguo nombre de Rivotorto.
3) 1 Cel 39-41; TC 41-45; AP 25-29. Cf. las Florecillas, cap. III, que refiere cómo Francisco se castigó un mal pensamiento que había tenido contra Fray Bernardo, mandándole que le pusiese el pie en la boca por tres veces. Más severa pena se impuso a sí mismo Fray Bárbaro por unas palabras malas que se le escaparon (2 Cel 155).
4) Algunos biógrafos modernos deducen equivocadamente, por el orden en que se desarrollan los hechos en la narración de Celano, que este episodio relativo al emperador Otón tuvo lugar después del viaje de Francisco y sus hermanos a Roma, viaje que, por este motivo, adelantan a 1209. Ahora bien, Fray Gil se unió a Francisco y a sus hermanos el 23 de abril de 1209, por lo que las dos misiones, la de las Marcas y la del valle de Rieti, fueron posteriores a esa fecha. Esas misiones duraron ciertamente algunos meses, y sabemos que, desde finales de mayo de 1209, Inocencio III dejó Roma para ir a Viterbo, de donde no regresó a Roma hasta octubre, para coronar a Otón. Por todo ello, el viaje de los frailes a Roma tuvo que ser después de la coronación del emperador. En conclusión, la fecha más probable para este viaje es el verano de 1210. Cf. Waddingo, Ann., 1210. AF III, p. 5, n. 8; y Sabatier, Vie de Saint François, p. 100, n. 1.
5) TC 43; AP 27. Francisco fue el primero en sustituir en el Breviario Romano la invocación general de «todos los Apóstoles» por la particular de «los dos Apóstoles romanos Pedro y Pablo». Véase Bernardo de Besa enAnalecta, III, p. 672.
6) Este prelado, vástago de la ilustre familia de los Colonna, había sido creado Cardenal por Celestino III (Waddingo, Ann., 1210, n. 7).
7) Ep. 103, n. 7; Ep. 141, n. 2; Serm. In Adv., IV, n. 1.
8) TC 50.- El AP 35 refiere este caso de una manera algo diversa. Cf. 2 Cel 16.
9) TC 51-52; LM 3,10; AP 36.- El P. Hilarino Felder es del sentir que esta autorización miraba sólo a la predicación moral, no a la dogmática para la cual se requería cierta formación teológica.